Ángela Molina: La saga sigue

Hace unos días me la encontré. Llevábamos mucho tiempo sin encontrarnos, así, cuerpo a cuerpo, en el AVE de Madrid. Uno venía, otro iba, creo que para los dos, de ida o vuelta, nuestro destino era el sur.

Me acerqué a la enorme actriz y le dije mirándola a los ojos, como casi siempre:

– Ángela, amor, sigues siendo la más bella ojera de España.

No era un requiebro, no un piropo, era verdad. Creo que hasta incluso la frase no era mía del todo. Tal vez, algún día en “El perro andaluz” de México, en aquella taberna del final de la Reforma, Luis Buñuel, que la admiraba profundamente, me descubrió de la misma forma que había dicho, aquello de “tiene la cara de una virgen pagana española”.

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Cierto. Tenía, aún tiene, Ángela, esa mirada feroz y a la par oscuramente hermosa que sobresaltaba. Yo la había conocido de niña, casi en la cuna de los brazos de su madre Ángela, la matriarca de los Molina hoy. De los que quedan, artistas desde la masa de la sangre, desde que vinieron al mundo. Digo que conocí a Ángela cuando era más que una niña, un puñadito de carne morena. Estaba bien, que me acuerdo de eso, al lado de su padre, aquel Antonio Molina, que tuvo una de las gargantas más privilegiadas del mundo.

Había nacido don Antonio, que se merece el ‘don’, en un pueblo de humilde nombre en la sierra de Málaga. Era un fe-nó-me-no. Un día que me enviaron a entrevistar para El Ideal de Granada al maestro Legaza, que era de mi tierra y que tenía el estudio en la calle Infantas, muy cerca de la Telefónica. Descubrí a la vera de su piano, ensayando, a un muchachito moreno, de pelo muy rizado, guapito de cara, de muy buena figura, breve y bravo, que estaba ensayando una copla que a mí me emocionó desde el primer día: La fuente del avellano, aquel lugar romántico y oculto al pie de La Alhambra, donde íbamos de niños escribir a nuestras primerísimas novias.

“¡Qué fresquita baja hoy la fuente del avellanoooooooo!” – cantaba aquel muchacho malagueño, y su voz paraba los tranvías de la calle Montera, si es que la calle Montera tenía tranvías, que igual no los tenía…

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– Te presento a Antonio Molina – me dijo el maestro granadino dejando de tocar el piano por un instante. – No te olvides de su nombre, tiene un canario en la garganta y canta como los ángeles

Era verdad. Por ejemplo, su copla El cristo de los faroles es antológica, incluso con la base de esa guapa plaza de Córdoba, donde uno ha rezado tantas veces, se hizo una película, o aquella otra de la mina donde el cantaba “soy minero” que aún se recuerda en cualquier sitio a cualquier hora de España y de América…

Bien, pues luego, más tarde, ya la niña Ángela, en pie y decidida a ser artista, se lo dijo su madre Ángela, la bellísima matriarca, en aquella cafetería cerca del paseo Alberto Aguilera, en el Bulevar, en Madrid, que llevaba el nombre del padre, Antonio Molina…

¡Ay los recuerdos que se me amontonan en este instante en que brilla mi ya pobre memoria…!

Antonio Molina, padre que ya blanqueando su pelo, uno de sus rasgos más peculiares, cabello largo sin necesidad de brillantina, largo, rizado…

– Aquí tienes, que la niña me ha salido artista.

– Como su padre, todo se hereda, don Antonio…

Ea.

Y se tomaba un buchito de anís de Rute. Pero cuando cantaba, la voz le salía de la entraña, paraba a los pájaros en los plátanos de indias de la calle Galileo.

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Y creció Ángela. Genial Ángela Molina. Hace unos días, para una película de su padre que íbamos a presentar en el Canal 13 de Madrid, en el programa de cine de Inés Ballester, recogíamos en su casa del pueblo de Fuencarral, que era el sitio donde nació Ángela, madre, a Miguel, uno de los hijos de la familia numerosa que tuvo don Antonio. Una casa familiar, grande, un piso para cada uno, en la estricta disciplina de una familia de artistas.

¡Cómo pasa el tiempo, maldito!

Miguel, tan parecido a su padre, aventurero de la vida, actor y todo lo que se proponga, me confesó en el taxi que nos llevaba al estudio de las afueras de Madrid:

– Mi padre, que te quería mucho, lo mismo que te recuerdo de ir a la casa de mi hermana Ángela, cuando vivíamos con el fotógrafo Herve… ¿te acuerdas?

Luego en Ibiza, en plan pastoril, todos los premios del cine para Ángela. Todos. ¡Hasta en Nueva York y en Italia, que la admiraba profundamente! Ángela Molina, que acaba de cumplir sesenta años… Ella sabe que lo digo para quererla más todavía, porque ya tiene nietos, y además, porque los que vienen volverán a  levantar una, otra, familia numerosa.

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¡Cuántas veces, cuántas, portada de ¡HOLA!, cuántas veces sus confesiones! Y yo, que siempre echaba por delante que la había conocido en los brazos de su padre, dramática buena de la raza de la Mercuri, nominaciones, casi el Óscar, premio en Nueva York del cine… series de televisión, a veces ya una colaboración especial, culta de la sangre…

En fin, que me gusta ver que de pronto canta una o aparece en una serie otra, en una colaboración especial, aquel muchachote canadiense, creo, que vivía en Mallorca y que la volvió a casar…

Me gusta decir que la saga sigue, y no sólo por la fuerza musical del título. No, es que la raza de los Molina mejora. Ahora son noticia los nietos. Y esta mujer morena, de la boca delgada y los ojos de agujeros negros del cielo, pues eso, ahí está, vestida de negro, aunque vaya vestida de rojo.

Ángela Molina, ¿te acuerdas?

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