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No es ni mucho menos un número cabalístico. No. Ni una señal de kilómetro determinado, tampoco. Sin embargo, es un número que marca un milagro, pero un  milagro cierto. Porque ese es, hoy por hoy y mañana más, el número de millones de personas que hablan el viejo idioma que es el nuestro: el castellano, el español, ya matizado de muy diversas músicas. La misma letra siempre, claro, pero peor los acentos variables, que por lo general, son enriquecedores.

Sé por qué lo digo, por qué es cierto. Durante años, trabajé para un programa de la televisión española que marcó tendencia. Fue unidor, positivo, rico, variado dentro del mismo marco. Una larga hora de los sentidos para la televisión española que se llamó Trescientos millones.

Aún hoy, sí, hoy, en el dos mil quince, puedes ir por el ancho mundo que habla nuestra lengua y encontrarás fácilmente a alguien que recordará o tu rostro o algo más hermoso como aquella música de la María Dolores Pradera cantando o de Alfredo Jiménez en su patio del barrio rosado, o hasta si me apuras, el último tango de Carlos Gardel, del que la leyenda decía que no había muerto en el accidente de avión, en el aeropuerto de Medellín, en Colombia, cuando despegaba de vuelta a Buenos Aires, “y que no había muerto porque su voz se escuchaba todavía en los últimos barrancos, como siempre, aunque no se le veía, porque estaba escondido, ya que el fuego de la catástrofe había quemado su rostro”.

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María Dolores Pradera

Hace treinta años, más o menos, ya se nos quedó corto el 300 millones. En España gustó, claro que sí, y uno se podía ir a la cama contento después de una larga vida como corresponsal de guerra y de paz, de llenar el mundo, entonces se decía hispano, con nuestros cinco sentidos, que yo siempre decía, que no eran cinco sino seis. Y lo demostraba.

Para uno, que ha conocido a los grandes gigantes de su tiempo, de mi tiempo hoy, en América, la cifra es fascinante. No sabemos de verdad lo que tenemos. No me importa lo que tengan los demás. Desde arriba de una de las carrozas aquellas de la celebración en el día de América en Nueva York, que es una visión distinta, porque ves la ciudad más universal del mundo, a veces dicen la capital del planeta, desde una dimensión diferente.

Ni desde el Empire State, donde subí más de una vez, el edificio entonces más alto del mundo, hasta cuando contábamos la historia subterránea de las alcantarillas de Manhattan, otra visión de la gran ciudad.

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Porque desde nuestra altura, aquel día íbamos, que yo recuerde, Mari Cruz Soriano, bellísima presentadora, Alfredo Amestoy, casi como mi hermano hoy, Guadalupe Enríquez, la hermosa guatemalteca que con nosotros presentaba el espectáculo semanal, la gran idea de mostrar lo nuestro, primero a nosotros mismos y después a todos los demás de todo el mundo…

Y abajo, en las avenidas, los más modestos, sí, pero los más, los muchos, los que ya manejaban la máquina de la enorme ciudad de más de veinte millones de habitantes, desde sus modestos, difíciles, multitudinarios oficios… Y ya se veía, como lo hispano, lo nuestro, crecía y crecía y se adueñaba desde su propio trabajo de lo que era la máquina que movía el corazón de la tierra… Y los mejores pintores, nuestros, en las galerías, pero las de toda América, y las leyendas, aquella sepultura del señor de la guerra del Perú que no ha sido mejorada ni por los faraones de las pirámides de Egipto…

Y creciendo, creciendo, creciendo. Ya, como poco, el número mágico. Me veo con la Rosa Calaf, la espléndida periodista corresponsal en todo el mundo en el equipo, y Pepe Domingo Castaño, y también Miguel de la Quadra a veces. Y aquel día que nos cantó en Los Andes Ima Sumac, que tenía la voz de un quetzal en libertad… Y los mejores escritores, y los políticos, y los artistas y los artesanos, y…

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Rosa Calaf

Y la revista ¡HOLA!, que tantas puertas nos abría con sólo decir su nombre, y la india aquella, boliviana, como esas que ahora parecen en la tele como luchadoras con su falda española y su bombín, que un día paré el coche allá arriba, camino de Cochabamba, para hablar un instante con aquella mujer del altiplano, sentada delante de una mantita donde vendía, a cuatro patatas, su único tesoro.

-¿Y por qué no me las vende todas?

– Sólo una a una señor, porque si se las vendo todas, ¿qué hare después con mi tiempo?

Titulé aquella crónica que luego fue libro, de todo lo que viví para ABC, Su santidad la papa.

Aquella mujer quechua que me preguntaría después cuando me marchaba en un idioma castellano único, perfecto, con su música clara y definitiva:

– Perdone caballero, pero ¿no lo habré visto yo hace unos días, en la tele mía de Santa Cruz? ¿No es usted acaso recaudador de contribuciones?

Todavía, las arpas de Paraguay están tocando el pequeño guitarrillo de caparazón de armadillo, y la vieja lengua sonando, a veces troceada, distanciada pero no extinguida, más fuerte que nunca, más necesaria que nunca cuando el mundo ya es de verdad una aldea global.

Me quedo con el número sagrado. No sé qué podré hacer con él, pero intentaré cualquier cosa, por ejemplo, hoy, poner en pie sus tres cifras. Los tres cincos. Implacables, impecables. Por eso me gusta tanto que la Reina Letizia, la nuestra, que ya ha conocido la América de nuestra lengua, incluso como compañera periodista, acuda tanto a las fechas, a las viejas piedras, en San Millán, donde nació el castellano o el puertorriqueño, o el gaucho, o el antioquense con su música de vallenato, o de arpa, o como cuando buscando a Neruda en la lejana isla del fin del mundo donde vivía, encontré aquella cruz que había resistido a los vientos, a los siglos, las tempestades….

“Hasta aquí llegó España”…

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