Todos somos refugiados

A ver si no. Siempre huimos de algo, siempre buscamos cobijo aunque seamos los más fuertes del mundo, aunque nos sintamos como el alto muro que nos protege, pero nos divide.

A lo largo de toda una vida, bolero, no hemos hecho otra cosa que huir. Siempre fugitivos, siempre, buscando ese lugar donde, por de pronto, por lo menos escapar, a veces huyendo de uno mismo sin poder. Ya lo decía Santa Teresa, aquella que fue llamada “la aventurera de Dios”, cuando escribía después del arrobo:

– Toda la vida escapando de mí misma sin saber que es imposible, porque yo huyo siempre conmigo.

Claro, es ley de vida. Las imágenes de estos días, de lo que está ocurriendo tan lejos, ¡pero ojo!, tan cerca. Ahí mismo, a menos de un palmo en cualquier mapa, son más que flashes en todos los medios que toman cuerpo y alma en la propia vida de uno mismo. Más que te ocupan, te preocupan. Quieres ayudar, al menos yo, sé que también usted, de la manera que sea, como sea, hoy mejor que mañana.

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Hay ya muchos más impactos de aquel niño de azul en la playa que había traído la marea de la esperanza. La historia, realmente dramática, feroz, de la mujer de la cámara, que parece ser que empuja al padre que lleva un niño en brazos, corriendo, escapando del alambre -no me atrevo a llamarle “de concertinas” porque es, no música, sino muerte-, me tortura. Como enviado especial he viajado por todo el mundo para contar la catástrofe o la escapada. Para hacer siempre la crónica de la sangre; para vivirla y después contarla. Y siempre, siempre, he apoyado a veces mi cabeza, a veces con el casco puesto en el hombro de los contadores de la verdad de los gráficos. Eran buenos y honestos; no forzaban, retrataban. Simplemente contaban lo que veían.

Sólo una vez me contaron -que yo no lo vi, con estos ojos más gordos que grandes que algún día serán ceniza, según he pedido varias veces a los míos-, que un fotógrafo desconocido, que había conseguido entrar en la ciudad destruida después de un terremoto pavoroso, sacó -después de mirar a todos lados- del bolso de las cremalleras de lona que le acompañaba siempre, con todo lo necesario dentro, siempre para escapar, una muñeca hecha un guiñapo, quizá de tanto usarla, y la colocó, que se le vieran bien las trenzas doradas, en un montón de escombros al pie de una casa destruida por el seísmo. Después recogió el engaño terrible, lo guardó en la mochila y salió de la escena, con lo que sabía “era una foto fácil de vender en el mercado de las tragedias”. Pero era algo más que una foto falsa.

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No hacen eso, nunca, los retratistas del horror, y también del honor y del dolor y del amor, al mismo tiempo. No es frecuente. Además en estas historias sólo hay que apretar el gatillo de la verdad. Incluso casi ni eso. Por eso la historia de esa mujer, que ya no está esto afortunadamente, pero a la que nunca habrá de servir como una verdad el decir “te quiero mucho”, ha removido también las conciencias del planeta.

Claro, ahora esta fugitiva, también de sí misma, consiguió la foto, sí, pero no vale. Revienta. Al menos a mí mismo, que tengo entre mis libros, aquí enfrente como el que tiene una calavera de osario o de convento. Mi retina, aquella que compramos en el Berlín soviético José María Carrascal y yo, o aquella Rolleiflex de cuando no te acompañaba el fotógrafo tan necesario. La compré en París, en una tienda de segunda mano. O mi vieja cámara de cine de 16 milímetros que estuvo en un museillo de paso, y que ahora está en la estantería de mi hijo Nacho Medina al que ya conocen de Callejeros y de Frank de la Jungla como director y acompañante.

Me viene -siempre, no sólo hoy- a la memoria, el día que íbamos a dar cuenta de la llegada de los tanques del general Dayán a Jerusalén, en la Guerra de los Seis Días. A cien periodistas, que estábamos en Tel Aviv nos subieron en coches distintos, todos protegidos, para acompañar al legendario militar tuerto, hasta llegar a lo que era, es, el muro de su historia, su religión y su pasado. Nos tocó en el lado de la estrella, no al de la media luna. Yo, como granadino, llevo en mí tres tipos de sangre heredada: la cristiana, la musulmana y la judía incluso. Pero me tocó, en este caso, el lado israelita. Iba detrás de una tanqueta erizada de ametralladoras americanas, en las que sobresalía la imagen de un compañero de guerra, finlandés, enorme de cuerpo, de valor, de amigo de la fatalidad y de la urgencia.

Y de pronto, en aquel tanque en el que iba el fotógrafo, el “vikingo” como le decíamos, el reportero de la barba rubia, con un letrero de Press que no servía para nada aunque era una definición de cara a casi todo -o casi todos-; de repente apuntó su cámara hacia la entrada a Jerusalén, entre el humo…

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Nosotros cuatro íbamos detrás, en otro pequeño vehículo militar, con dos mujeres sargento, bellas, y valientes, con el lápiz de labios y la metralleta al lado. Feroces y hermosas. En silencio.

Y de pronto, insisto, de repente, de entre unas tabaibas secas de las que crecen en el desierto y dan sombra -o que sólo dan sombras a las víboras de arena-, emergió un joven, sí, era un joven, palestino, con chilaba, barba oscura, dura, pura barba de fedayín, ojos con fuego. Llevaba al brazo, como quien lleva una criatura, un enorme bazuca, un árbol de metal, color de guerra, verde muerte. Y al mismo tiempo que apareció, sin mirar siquiera, estaba el convoy en el que íbamos detenido. Hizo salir del arma, brutal, antitanque, un volcán de metralla y de fuego al mismo tiempo.

Termino. Apuntó al primer tanque y no al nuestro. Quizá quise saber quién era, para darle las gracias en su día, si era posible. El coche que iba delante, el pequeño tanque con el periscopio pegado al rostro del vikingo, salto por los aires…

Acabo de una vez. Cuando escribo de aquello que vivió un día en mí, la memoria parece que revienta y fluye y no me deja seguir si no lo cuento.

Inmediatamente después de aquel toque de guerra, se encendieron todos los visores. De la tabaiba sólo quedó un humo negro, y del vehículo delantero un monton de gelatina, sí, como una gran chuche -por enfriar el recuerdo, chuche escribo-, y entre el olor de la carne quemada, que huele igual que…

No sigo. Escalofrío. Incluso llamo por si es que dieron de nuevo el aire en este otoño, que se reparte entre el edredón y el ventilador al mismo tiempo. No es el aire, no, es la memoria…

Y de entre aquel puñado de chatarra, tan sólo intacta, la mítica, legendaria, plana, larga, pequeña, manejable… Leika del reportero. Quería retratar la victoria, pero tanto arriesgó que fue derrotado en el combate cuerpo a cuerpo. Lo cuento por contar que hay otros compañeros, valientes, verdaderos, a veces olvidados, porque no sé si debo preguntar.

Pero pregunto, que pasa eso y por ¡HOLA! se lee en tantos sitios, tan lejanos a veces:

– ¿Qué ha sido de aquellos tres periodistas, españoles los tres, que hemos perdido en Siria, que fue bella y hoy es infierno?

Sé que al mismo tiempo se negocia, se busca, se trata de saber, por lo menos, en que cloaca los tienen apresados… Por eso, en el revés de la moneda que conmueve al mundo, ese padre y ese niño, que han dado la vuelta al mundo, con la alegría, de que España por encima de otro protocolo, ha tirado de ellos, con valor, con urgencia, con solidaridad, al primer impulso…

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¿De quién huiría aquel reportero vikingo? ¿De quién escaparía  el soldado oscuro que sin casco disparaba? ¿De qué historia de amor o desamor, aquellos dos sargentos de ojos de carbón, de las que escuchábamos sus propios corazones, de tan cerca?…

Porque todos huímos, mis blogueros, pedonadme este sermón, tan diferente. Todos, también vosotros al leernos. Todos escapamos de algo, de alguien…  Yo, huyo de aquel tiempo en los que vivía historias para después contarles. Mis nietos, a lo suyo, a su máquina, a su equipo, a su tiempo. Y yo, menos mal que os tengo a vosotros, sois mi refugio. Salto las alambradas, ya sean de cemento o de alambre, y huyo, como siempre, ahora más lento, sin nadie que me lleve sobre los hombros, pero es imposible, es inútil.

Siempre quiero escapar de mí y no puedo conseguirlo. Perdonadme. Aunque sé que al final tendré refugio. Y sois vosotros los que cada día, me abrís la puerta de vuestra casa. Así que os digo, ¡HOLA! y me refugio.

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