‘Soy el presidente Nixon, deme paso’

Alguien me tocó el hombro.

– Deme paso- sonó una voz a mi espalda, en un español, discutible.

Me hice a un lado rápido. Era una orden casi militar, y además, estábamos en Camp Davis, la residencia de verano del hombre más poderoso del mundo, el que más mandaba, el primero, el líder indiscutible. Casi nada. Sentí el breve escalofrió de la historia junto a mi cuello, como les cuento, y respeté la orden dada.

Al fondo, había un movimiento de hombres sordos, como llaman a los escoltas más cercanos al Jefe. Ya los había conocido antes, cuando Jackie Kennedy era Primera Dama en la Casa Blanca, sobre aquel prado verde donde había más escoltas que ardillas.

Sí. En efecto, era en persona el presidente. No podía imaginármelo. Era imposible, pero aquel hombre vestido de gris me alargó una mano enérgica, más de oficial de marines que de ejecutivo de “la casa del agua”, del Watergate. Les contaré todo en un instante, que ahora se viene a mi memoria con urgencia después de haber descubierto, anoche mismo, una serie sobre “aquel hombre del que nunca se supo todo”, según una frase creo que feliz y acertada.

2

Había acudido, servidor de ustedes, a la Casa Blanca para hacer un reportaje muy trabajado en todos los aspectos, porque yo estaba en la lista negra de la CIA desde los tiempos en los que había conocido, tratado y publicado con Fidel Castro en La Habana. Eran otros años y distintas circunstancias. Era, también entonces, jefe de reporteros del ABC y estábamos sacando adelante la hermosa aventura del ABC de las américas. Queríamos, intentábamos entonces, entrevistar al hispano único, Manuel, que era el hombre que estaba más cerca, al lado, justo al lado del hombre más fuerte, con más poder del planeta: Nixon.

Manuel era un gallego de la diáspora que había conseguido después de mucha vida dura y difícil, eficaz, llegar a ser el mayordomo personal de Nixon, su hombre más cercano, el que más sabía del hombre del que menos se sabía, y más aún, su esposa Josefina, de Zamora, era ni más ni menos que el ama de casa de la esposa del presidente Nixon, su persona de confianza, la persona que por ejemplo, cuidaba de los perros de Pat, del tocador y del botiquín más íntimo. En cuanto a su esposo, Manuel, que me parece que hace poco tiempo nos dijo adiós en su merecido y cómodo retiro de la ciudad de las balconadas de cristal, era el único ser humano en la tierra que entraba en la alcoba del presidente y en el despacho oval sin necesidad de pedir permiso, ni tocar antes a la puerta.

Y con él estábamos, con Manuel, también Josefina, con un pequeño perro de esos que se llaman de tocador, cuando, en Camp David, nos tocó en el hombro el hombre jefe del mundo en el que vivíamos. Nos hicimos una foto, claro, que luego fue portada del primer número de ABC de las américas, perdonen que no les dé fecha, pero está en las hemerotecas, como mi vida entera, y que tuvo gran resonancia periodística.

3

Nixon nos dio otra vez la mano, posó con todo el peso de su historia para la foto, que conservo todavía, y se marchó de mi vida. No del todo, las cosas como son, porque hasta donde pudo, Manuel, y también Josefina, me contaron discretamente lo que podían contar, lógico, y luego les acompañamos en su día libre para seguir contando. De esta manera, por ejemplo, llegué a  saber y  trasladar a mis lectores, como hoy lo hago con ustedes, que había días en los que el presidente Richard Nixon ordenaba a Manuel que le acompañara a dar un paseo por Washington, sin avisar a nadie, y que incluso una noche de depresión del señor Nixon, que las tenía como todo hijo de vecino, y razones tenía para ello, le pidió -Manuel en ciertas ocasiones muy privadas era el que conducía el gran automóvil blindado que les trasladaba de un sitio a otro-:

– Manuel, vamos al Congreso.

Y  fue allí donde el presidente de los Estados Unidos de América le rogó:

– Siéntese en mi sitio, Manuel, y dígame cómo lo ve todo.

– Pero señor… – ni corbata llevaba, ni el chaleco habitual, a rayas verdes y negras, de las horas privadas en el primer hogar de los norteamericanos.

Y entonces le ordenó con severidad, como a veces mandaba:

– ¡Hágalo, Manuel! Se lo ordeno… y déjeme sentarme aquí a mí, no donde están los congresistas, sino donde están aquellos a los que les permiten asistir a las sesiones. Siéntese ahí, que yo le veré como un norteamericano más…

Luego me contaba que después de aquel instante único, imposible de olvidar, se sentaron aquella misma noche en las escaleras donde un solemne Abraham Lincoln preside en piedra uno de los paseos más impresionantes del planeta…

1

Cambiaron impresiones, que es lo único que podían cambiar, y siempre, siempre en el más riguroso secreto, porque hay cosas con las que no se puede ni se debe jugar y además, yo aunque periodista, no tuve nada que ver con los dos periodistas que poco después “acabaron con la carrera política del presidente” por el Watergate, etc, etc.

La historia es la historia. El reportero se trajo la otra más pequeña historia y la anoto en su background, y hoy la recuerda. Eso sí, poco tiempo después, para ¡HOLA!, como casi siempre, visité en su casa de Miami recién alquilada a Raphael y Natalia, de gran actualidad estos días con este cantante nuestro, este fuera de serie, que no ha cumplido aún los segundos dieciocho años de su vida después del trasplante… En aquella casa preciosa junto al Mar de Florida, a la puerta en hierro, había trabajada un escudo con dos letras: RN.

El brillante matrimonio español me ofreció el secreto de aquellas iniciales.

– Hoy esas dos letras dicen Raphael y Natalia. Son nuestras iniciales en esta casa que acabamos de alquilar. Pero la verdad es que en su día fue la casa de verano del presidente de los Estados Unidos de América: Richard Nixon.

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