Sabor a Gary Cooper

Porque cada persona tiene su sabor. Por eso con frecuencia insisto en cuando preguntaba más que cuando respondía, como ahora, hacía la misma pegunta.

Por ejemplo, a Arturo Fernández, y creo que no es la primera vez que lo cuento, le pregunté en su día, después de hacer aquella película con Isabel Pantoja, a la que desde aquí, si es verdad que me lee y la dejan, envío un beso, de verdad…

– Arturo, ¿a qué sabe Isabel Pantoja?

Me parece que la película era aquella Yo soy esa, de recuerdo grato para los cinéfilos de la época, y Arturo, siempre caballero, después de pensarlo diez segundos, diez, me contestó sonriente:

– Sé que me lo preguntas por lo de la película en la que yo le besaba en la boca. Sí. Isabel sabe a hierbabuena.

Vale. Era suficiente. Un señor.

Luego lo he vuelto a poner en mis entrevistas con cierta intención, más por cómo suena que por querer saber. Me explico. Últimamente te despiden, por escrito, por todo, con “un beso,  besitos, o un besazo”. Me gusta recibir este saludo aunque sea a través de las ondas, como diría un antiguo. Así que cuando yo le pregunté a Sara Montiel, que venía de Hollywood, a su vuelta de hacer Veracruz con la leyenda Gari Cooper: “¿A qué sabe Gary Cooper?”. Antonia, que era su verdadero nombre, acceso al cual teníamos muy pocos, lo pensó un instante.

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Cerca estaba Enrique Herreros, padre, realmente el que “la hizo” -artísticamente digo-, pero permaneció en silencio, como el que sabe lo que sabe pero no quiere compartirlo. Y entonces Sara, manchega listísima, entornó aquellos ojos inmensos que no necesitaban ciertamente pestañas postizas, y me puso su mano ensortijada sobre la mía, pobre reportero, para confesarme:

– Gary sabía a leyenda, que es un sabor especial.

Debo decirles a los más jóvenes que en aquella película, que ya es cartel en la filmoteca, que Gary la besó vestido de cowboy de los pies a la cabeza, aunque tuvo que bajar los hombros. Era muy alto, como pude comprobar en persona más tarde en Madrid, y Sarita era una española de mediana estatura, y la besó en la boca, que entonces era bien difícil de ver, por los tiempos que corrían.

Era una noticia. Él hacía de cowboy, siempre solo ante el peligro, valiente y decidido, y en aquella película era Sara una mexicanita preciosa que iba en un carro de la caravana distinto al verdadero héroe, que siempre iba a caballo, como un centauro con dos pistolas.

Por eso, años después, después de haberlo visto en cuantas películas hizo, por malas que fueran, que las hizo, cuando tuve la oportunidad de hacerlo, se la tenía jurada al actor. No sé por qué pasó por Madrid, y miren por dónde me avisaron de que iría a probarse ropa, un traje de chaqueta con chaleco, en una muy buena sastrería madrileña que siempre había tenido fama de ser única en Europa, y  que estaba en la calle Fuencarral, cerca de la Telefónica. Por lo visto, además, se la habían recomendado.

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Así que allí estaba servidor y su fotógrafo cuando llegó el vaquero vestido de paisano y no de uniforme, como era habitual en él: pantalones de cuero, bota media con espuelas, claro, y chaleco de piel de vaca, también con flecos, más aun, camisa dura, cinturón canana de balas fáciles de sacar y dos fundas atadas al pernil, con un revolver, eso sí, del cuarenta y cinco cada uno. La culata hacia fuera, que era eso así más fácil de desenfundar. Pero en este caso, no, que venía de Londres creo, y hacía escala entre nosotros.

Termino, que a veces me enrollo más que una persiana, o la sandalia de un romano, ahora de tanta actualidad todavía en el veranillo del membrillo de las damas.

Que le tomaron las medidas y, aunque eran muy rápidos, no era fácil acabarle el traje con chaleco en poco tiempo. Yo poco después pude comprobar que podía hacerse más rápido que nadie en aquella sastrería de Hong Kong donde me hicieron uno de combate, azul marinero, que es distinto de azul marino, con muchos bolsillos de reportero. Me lo hicieron en seis horas y me recomendaron un restaurante cercano donde daban, entre otras cosas, sesos de mono, con el mono vivo, eso sí, y perdonen el mal rato.

Hice caso. Y así tuve dos historias que contar, siempre aprovechando el tiempo, dos por uno se llama eso; una la del traje, que me ha durado más que “unos zapatos de Segarra”, como dice el dicho, y otra del restaurante del que he olvidado el nombre, cosa que es mejor para ustedes por si se les ocurre ir en un viaje a esa legendaria ciudad única en el mundo, también como el sastre que me recomendaron en aquel hotel, el Mandarín, que entre otras exquisiteces, tenía la de prestarte por el tiempo que estuvieras a un propio sentado a la puerta de tu habitación en plan yoga, todo el día y toda la noche, envuelto en una nube de incienso…

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Debo decir con urgencia que íbamos invitados por una familia filipina que estaba dispuesta a que lo pasáramos lo mejor posible.

Dicho todo esto, les cuento que en cuanto me fue posible y me fue permitido hacerle cortésmente unas preguntas, pocas y rápidas, al señor Cooper, le asalté. Sonrisa magnífica, de buena persona, la cabeza hacia adelante para escucharme con facilidad y el traductor a mano como Dios manda, si es que Dios manda cosas como ésta.

– Señor Cooper, usted trabajó en su día en aquella película, Veracruz…

Hizo un gesto vago como quien dice “sí, pero hace mucho tiempo de eso”, no obstante, respondió sonriente, educadísimo:

– Oh, sí claro, con Sarita… bellísima.

– Señor Cooper, usted tuvo el gusto de besarla como un enamorado en la cinta… permítame que le pregunte… ¿cuál era el sabor de la Montiel? ¿A qué sabía la actriz española?

Como había hecho con anterioridad la película Por quién doblan las campanas -aunque no fuera en España, pero de un hondo tema dramático trataba de nuestra Guerra Civil- yo pensaba que no había más que explicarle, aunque en ese caso su compañera era Ingrid Bergman, así que…

Gary Cooper fijó en el joven e intrépido reportero español sus ojos de color acero, sonrió como para fundir un cañón de revolver y me disparó dulcemente, suavemente, como sabía él hacerlo en las películas de amor:

– A España…

No tengo más que añadir. Si acaso desde aquí se lo dedico a su verdadera protagonista, aquella María Antonia Abad, Sara Montiel, se encuentre donde se encuentre…

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