Paulo Coelho, el penúltimo profeta

Este hombre de mediana estatura que avanza hacia mí con los brazos abiertos, como si nos conociéramos de toda la vida, que no nos conocemos -bueno, yo a él sí, porque le leo desde aquel sorprendente libro sobre el Camino de Santiago, que fue para mí como una aparición entre el mundo editorial de las sombras-, se llama Paulo Coelho y es, no he dicho el último, sino el penúltimo; por si acaso aparece otro -que siempre hace falta de cuando en cuando- y escribe de forma mágica, naturalmente sobrenatural.

Más que un fuera de serie, un enviado especial, igual espacial, que nos entretiene con cuanto escribe, que nos mantiene y nos sostiene, desde aquel libro de luz cegadora, aún en su sencillez, su humildad incluso, en el que contaba su extraordinario Camino de Santiago hace ya tantos años.

Bueno, pues este personaje, avanza hacia mí, lo dicho, me abraza y nada más mirar a mi brazo derecho -era verano-, exclama en su castellano musical entreverado con el de Brasil, donde vino al mundo hace… tampoco es necesario saberlo, porque es intemporal. Sonríe y se remanga su camiseta para indicarme:

– Un tatuaje con un barco en el brazo derecho, también yo lo llevo desde hace no sé cuánto tiempo.

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Se rompieron las trabas de todo: el idioma, el acento, el descubrimiento… y de una forma inmediata iniciamos aquella larga conversación en mi programa, entonces de América para todo el mundo, y que se llamaba así, Todamérica.

Hablamos y hablamos, y yo me sentí inundado por aquel personaje amazónico, de barba blanca como de detective de novela, sonriente, dulce, si bien con un punto amargo, que ya entonces había vendido más de cien millones de libros en setenta y tres idiomas, y se había convertido en algo más que en un novelista, como en un predicador desde la absoluta forma distinta, cercana, de entender la vida.

Todo en él es positivo, incluso lo más negativo, y es por eso que hoy está aquí, porque me acaba de llegar su último libro -por ahora tiene no sé cuántos- titulado El adulterio, donde cuenta una historia de amor-desamor a tres, y prueba de ello es la portada de la historia: tres cerezas enlazadas en su fino tallo, como si fuera un manojo mínimo, de intensidad máxima en su color, y su sabor de la mejor cosecha de los cerezales, por ejemplo, que en el valle del Tietar, tiene sembrados Ana Rosa, una de las más grandes comunicadoras, reportera reina de la mañana, con la que hace mucho tiempo trabajé, y con la que estuve aquella noche inolvidable de la boda de mi hijo mayor, Tico, en el Alcázar de los Reyes Cristianos de Córdoba.

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Bueno, siempre, siempre, el tema del canasto de cerezas, que tiras de una y salen, como en este caso, tres. Que a veces el amor no es sólo cosa de uno, el que quiere, que el otro se deja querer, a veces incluso llega al cielo de las dos, y cuando se convierte en tres, el infierno, o como poco el purgatorio está cerca.

Total, que hablamos mucho, y desde entonces tuve la sensación de que había sido clave para mí. Se me quedó como, más que un amigo o un conocimiento -como se dice habitualmente-, en una persona ex-tra-or-di-na-ria, que podía decir aquello que un día me confesó mi compadre y quinto califa del toreo, Manuel Benítez, el Cordobés:

– Compadre de mi alma, mira lo que te digo, Dios a veces le pone su mano en la cabeza a uno y le convierte en único, pero es que a mí me ha llevado en brazos.

Frase para la piedra sin género de dudas, de cuando mi compadre decía frases para la piedra, que ahora nos tiene acostumbrados a la hiedra de sus silencios.

Bueno pues Paulo Coelho es uno de esos raros seres humanos que están tocados por lo divino, y para los que lo sobrenatural, en su propia sencillez, es su forma natural de ser y de estar. Yo recuerdo mucho su libro dedicado, El vencedor está solo, una novela -muchas de él se han llevado ya al cine- dentro del mundo de un festival de cine, el de Cannes. “El éxito es un veneno irresistible” descubre Paulo, al que yo le pregunté aquel primer día, nada más empezar nuestra conversación, que a ver si la encuentro grabada:

– Tienes de nombre Pablo, que es, sin género de dudas, uno de los nombres grandes de la cristiandad, aquel apóstol tardío que se cayó del caballo y entonces cambió su vida de verdad, ¿cuántas veces te has caído tú del caballo Paulo Coelho?

– Le gustó la pregunta. Bueno, hubo feeling. Estuvimos siempre cerca, incluso hasta el final, cuando volví a asomarme a su na-tu-ra-li-dad, la de un gurú de paisano.

–  Dime Paulo, ¿cuál es la llave para abrir ese último cajón oculto del bargueño de tu alma?

– El bargueño, dices, el bargueño… ¿qué es un bargueño?

– Verás Paulo Coelho. Mira. Era un mueble riquísimo, hecho hace cinco siglos, de marfil y maderas preciosas, lleno de cajones iguales, pero, el artesano, o mejor, el artista del bargueño, guardaba para él sólo lo que era su firma, su sello, su carnet de indentidad, su huella dactilar, y de aquel cajoncillo mágico y único él se guardaba el secreto de “cómo podía abrirse”.

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Hubo un silencio, que en la radio fue tal vez demasiado largo. Y en directo. Sacó una libretilla del bolsillo del pantalón y le vi escribir: Bar-gue-ño..

Y después, me preguntó con cierto énfasis:

– ¿Me dejarás usarlo alguna vez?

– No es mío, está en muchos lugares del mundo… Es un mueble con muchos secretos dentro.

– Lo usaré, estoy seguro. Es buenísimo, en una sola palabra se dice ¡tanto!

Ahora vuelve a demostrar que está más vivo que nunca, uno de los hombres, de los seres humanos, que más importancia tiene en lo que es el consejo. La sonrisa de vivir, el futuro sin tregua. Acaba de cumplir, ajusten cuentas, si nació hace unos días el veinticuatro de agosto del cuarenta y siete, pues… el padre del alquimista ha cumplido menos de setenta años.

Pero es eterno, a veces se le ve como los ángeles, la punta de un ala, y sobre todo, mantiene su liderato de eso que responde a la definición de lo “imposible de mejorar”. Un leal compañero, en sus frases, en su forma de ser y de estar, en sus historias, que se convierten desde el primer día en que lo conoces, lo lees, en el mejor acompañante del largo peregrinaje de la vida. La mochila del pensamiento y el sentimiento juntos. Yo le tengo en aquello que me dijo aquella mañana inolvidable: “Nunca desistas de realizar algún día tu sueño por difícil que te sea el conseguirlo”

Pues en eso estoy, maestro Coelho. En eso estoy, en eso estamos.

  • Lo leí por curiosidad. Esperaba otra cosa. Bueno, “el maravillado”, no ha tenido encuentros con verdaderos filósofos; “el maravillante” o “iluminado”, no sabía ni qué es bargueño. Pero sí, tiene razón: “el éxito es un veneno irresistible”; y al prolífico hacedor de lugares comunes para amantes de la “metafísica” (nada qué ver con Kant, o Espinoza, u otro metafísico desde Aristóteles), a quien no le interesa resistirse, sino procurarse más dosis de ese “veneno”, le está negada la cura: calidad.

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