No es ni un alga ni una medusa

Esta mañana llamé temprano a ese grupo de criaturas que sufren mis emociones de mis días de blogs:

– Por favor, hagamos hoy los niños tortuga, es el tiempo de las mochilas. Vamos a por las mochilas que son plena actualidad.

Pero poco después, con la llegada de los periódicos, de papel, que de ese planeta vengo, llamé con urgencia a nuestro eficaz equipo de cuidadoras del “blog nuestro de cada día”.

– Perdonadme, pero hoy manda, sin género de dudas, la foto del niño en la playa…

– El de la playa turca, ¿verdad?

– Ese. Esa terrible, tremenda, dolorosa, foto del niño sobre la arena del mar Egeo…

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Porque por una sola vez, quizá por una sola para mí, una imagen valía más que mil palabras. Porque es, lo juro, para mí, que he vuelto de todas las guerras, los terremotos y las malas historias del mundo en el que vivimos, en el que a veces sobrevivimos sólo para contarlo, esa foto digo, la más estremecedora de los retratos, de este largo tiempo de contador de historias.

Ninguna como esta, mis blogueros. Ni la sacudida mortal de la bomba atómica de Hiroshima y Nagasaki, por dar un par de nombres tan sólo, ésta, después de tantos años, ha sido capaz de parar por un instante el corazón de este viejo mundo, cansado, en el que vivimos. Ni aquellas en blanco y negro de los holocaustos judíos.

Esta foto es el Evangelio, el Corán, la Biblia del tiempo en el que estamos. Aunque es un retrato en dos versiones.

Una, aquella en la que el guardacostas turco se acerca, con el chaleco que ya no le sirve para nada, y el teléfono de mano, sobre las botas nuevas, ante el asombro de lo encontrado. A veces la mar te sorprende en la marea, yo que he sido un rescatador de los tesoros oceánicos, a pie de orilla, lo sé. Hoy, la última marea, la del dolor inmenso, la del Egeo que hasta entonces, hasta hoy, sólo daba versos como yates, laureles perdidos de las cabezas de los antiguos dioses helénicos, historias de amor naufragadas.

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Nos trae, no soporto mirar la foto más que un segundo, un segundo tan sólo, uno que ha tenido que ver tantas cosas, para sentir, inmediatamente, el áspero puntero sobre la piel, del escalofrío. El niño, que no era ni medusa ni alga, de una playa que ya nunca volverá a ser la misma. Será una arena para el  amargor de la penitencia. El niño, la cara sobre la última ola, que lo ha traído de Dios sabe dónde, la camiseta roja, subida, los zapatitos, las sandalias, con las vueltas limpias, las manos, esas manos… Los ojos cerrados…

No valen dibujos de ángeles que suben desde la marea del dolor ni siquiera, ya no hay remedio para ese corazón en el que quizá vivan ya, para siempre, los esqueletos de los caballitos de mar. A estas horas no sabemos su nombre, no, sólo sabemos que es hijo del parto común de nuestro gran naufragio. Se buscará la historia de esta criatura, sabremos hasta quién no le enseñó a nadar.

En la otra fotografía hay quizá más amor que dolor, sin duda. El chiquillo, cabe la metáfora del muñeco roto pero no está el tiempo para violines, es portado, sí, portado, más que llevado, hasta no sé dónde, por el propio hombre del rostro desconocido que hace más grande a esa Turquía de la que el mundo no sabe otra cosa últimamente, que la herida abierta, de las bombas, cercana, casi fratricida.

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Sabremos ya, el nombre del niño, depositado, después, en las manos del hielo y no de la esperanza. Conoceremos el nombre de la madre que lo parió, y del barco que lo llevó engañado. Y de tantas otras pequeñas historias que configuran uno de los sucesos -suceso no, es demasiado frío- más duros de la historia. No he podido resistirme a esta atención, la sorpresa y la solidaridad. Vaya en ello, mi homenaje, perdón, nuestro homenaje, a todos los que de una u otra forma ayudan, desde su silencio efectivo, desde su anonimato heroico, sin esperar nada de nadie, sencillamente ayudando, a que este gran barrio, el planeta Tierra, sea mejor, siquiera un día, un segundo tan sólo, más solidario.

Tal vez, en esa foto de Reuters del muñeco roto, que ahora mismo cuelgo en mi biblioteca, aquí enfrente, entre los libros, incluso para llevar prendida en el pecho como un escapulario de la pinza de madera de tender la memoria inolvidable, esta imagen sobrecogedora, que ha cambiado mi vida en dos mitades.

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Hoy mi memoria no está remendada, ni cosida, ni bordada, está abierta de par en par. Pero me queda ese lejano rayo de luz de la esperanza, de que esa inmensa tragedia “que no hay sólo un niño, gritó el soldado, llorando, por el teléfono móvil, que son uno, dos, tres, cuatro, cinco…”. No, no es una medusa muerta, no, no es… un racimo de algas.

Que nos sirva a todos, y no lo digo con un acento parroquial, que no tenga el aire de un pulpito con altavoz mediático, que nos sirva para saber que ALGO HAY QUE HACER POR LOS DEMÁS.

Por eso, agradecemos tanto ese galardón que acaba de conceder la Princesa de Asturias, de la Concordia, a la orden de San Juan de Dios, que no hizo otra cosa que salvar agonizantes, del dolor, rescatar cuerpos de vidas heridas, con la sola ayuda de su hermosa locura…

Niño, sin nombre, soldado, sin apellido, gracias a los dos, por vuestra entrega y vuestro sacrificio. Mañana será otro día.

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