Sean Connery: Los agentes secretos también cumplen años

Incluso en el caso de los más secretos como Sean Connery que ha soplado, aunque no hay documentos gráficos que lo acrediten -y además son muy suyos y permanecen en la misma edad en la que los vimos en el cine-, una tarta en su casa de Jamaica con ochenta y cinco velas.

Ochenta y cinco años no se cumplen todos los días, gracias a Dios, pero el almanaque es inexorable y más si está al día, y además que hay quién se encarga de renovarlo en los diccionarios de uso diario.

La verdad es que Sean, con una ene, y Connery, con dos en el apellido, es un caso de supervivencia total. Por lo pronto, permanece en nuestro recuerdo como uno de los grandes, más grandes, de todos los grandes del cine. Porque siempre lo hizo bien y tuvo tiempo para amar, y para matar, que a veces, pareciendo dos cosas distintas, vienen a ser al final lo mismo.

Y ustedes perdonen por la afirmación rotunda. Igual es producto del casi otoño que se nos avecina.

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Aparte de las disquisiciones filosóficas depresivas que a veces me acompañan, a veces, con lo que demuestro claramente mi condición humana, les diré que he entrevistado en un par de ocasiones a Sean Connery. Siempre -siempre- me fui con que el gran seductor era tan de carne y hueso como uno mismo, eso sí, adobado con lo que es el resplandor de la leyenda. Hace unos días, y en la televisión, tuve la suerte de volver a verle, ahora haciendo de aquel soldado que llegó a ser rey; pero como lo hizo junto a Michael Caine, que es uno de mis favoritos, volví a pensar que a veces el refrán es cierto, cosa que casi siempre ocurre: que unos cardan la lana y otros se llevan la fama, más o menos.

De todas formas, les puedo decir que la vez que le encontré más cercano fue cuando vivía en Marbella, en aquella casa cercana a la de la Duquesa de Alba, donde yo escribí cuerpo a cuerpo con Cayetana sus primeras memorias.

Allí por lo menos daba la sensación de ser un hombre más o menos feliz, con la Cilento, la periodista con la que se casó, atenta. Eso sí, vestido con el uniforme de “jugar al golf”, que ya saben cuál es, aunque le pidiera -que no quiso hacerlo- para ¡HOLA! que se me vistiera, no me atrevo a decir “que se disfrazara”, con el uniforme de su gran pueblo escocés, esto es: la chaqueta negra elegante, el chaleco rico, el calcetín alto y con borlas, a ser posible de lana de oveja, y esa falda corta de cuadros con imperdible, que debe dejar disfrutar de una rodilla atlética y morena, aunque sea del sol de los castillos escoceses.

No perdía yo la ilusión de verlo así algún día como rey de su pueblo, que sé que estuvo por aceptarlo en su tiempo y la verdad es que, si se presenta, igual sale con sus zapatos de hebilla y, eso sí, su sonrisa devastadora de siempre, sus largas patillas y el inicio de calva, hoy ya una realidad total, la mano puesta en un perro grande, a ser posible de los de barrilito.

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Era, es, un grandísimo actor sin género de dudas, con la voz de los héroes de hielo de las landas del norte de Europa, con una vida, eso sí, apasionante, porque aquel niño llamado de nombre de pila Thomas, vendió leche por las casas de Edimburgo, ciudad bellísima entre las bellísimas, hijo de dos obreros de la necesidad, su padre era chófer de camiones y su madre limpiaba por las casas, todas con escalones de la capital.

Sin embargo, Thomas supo lo que se hacía. He leído a Jesús Locampos, mi jefe en tantas cosas, biógrafo urgente de Connery, que actor fue, y entre otras cosas:

Bruñidor de ataúdes.

Socorrista de piscinas.

Y modelo. Hombre claro, una mirada penetrante, guapo, no bello, resultón, con cerca del uno noventa de los jugadores de baloncesto, y además, pues una musculatura sabiamente conseguida y alimentada por el ejercicio físico. Le abrieron poco a poco las puertas del teatro -tenía, tiene, voz para cualquier Shakespeare de provincias- y así llegó al cine. Y en su día, por no hacer más largo el cuento, llegó a ser el mejor intérprete, sin duda, del agente secreto más conocido de la historia del cine, incluido, creo yo, Sherlock Holmes, su casi paisano.

Recuerdo haber visitado la casa exótica de Ian Fleming en aquella isla del paraíso -que fue el creador del personaje-, y me impactó sobre todo la sencilla mesa y la vieja máquina de escribir, en la que puso en pie uno de los más grandes mitos de la historia de evasión -nunca mejor dicho- del mundo.

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En fin, de salud anduvo regular, que Dios no da con frecuencia todo a uno, y aparte de cuidarse una úlcera desde siempre, acaban de operarle de un tema de riñón complicado, y de corazón débil ¡quién lo diría! Tal vez de haberlo dado tanto en sus películas, ya de James Bond o como aquel profesor que vivía en un ático y al que nadie conocía, o como aquel otro sabio que se fue a la selva a buscar una medicina que curara a la humanidad…

Pero sobre todo, eso sí que lo recuerdo, porque fue el protagonista de aquella película en la que aparecía aquella chica espléndida que se llama, todavía, Ursula Andress, que parece que la estoy viendo, sirena emergente del propio mar, a la que tanto piropo dediqué en el diario Pueblo, que su marido entonces, aquel chico guapo que se llamaba John Derek -¿recuerdan?-, vino a buscarme a Madrid, a la calle Huertas número setenta, donde estaba el periódico, ni más ni menos que para matarme. Era muy celoso.

¡Eran aquellos años difíciles para el reporterismo! Eso sí, un buen amigo, crítico de cine, ancho y grande como un armario de tres cuerpos, Tomás García de la Puerta, me acompañó en la primera cita de cambio de opiniones. Menos mal que terminamos almorzando en Casa Rafa, que estaba y sigue en el mismo sitio de hace cincuenta años, y pudimos salir del problema, eso sí, a medio gas y con abrazos. Menos mal que la factura la pagó mi viejo amigo Mateos, el administrador del periódico, que de esta forma me salvó la vida. Después, algún año más tarde, lo pude recordar en el Sur, con aquella dama suiza, que aún conservaba el resplandor de los buenos tiempos.

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Pero el cumpleaños está ahí, y nuestro reconocimiento también, a un actor formidable, de enorme personalidad, al que casi echamos por un tema de lindes de la España que había elegido para quedarse. A mí me sigue gustando, aunque ya no se le vea más que en viejas películas y esté escondido en su fabulosa mansión de las islas jamaiquinas, creo.

Eso sí, tiene su propio campo de golf y, no hace mucho, fue elegido -sin contar con su voto, que no está para nadie- el hombre más sexy del siglo. A todos los niveles. Vale, hasta él, este campo de palabras con los agujeros necesarios, como toda vida humana, para entretener su libro de memorias, que dicen que está escribiendo.

Eso sí, a veces entorna los ojos y cree ver la puesta de sol más hermosa del mundo. La de la Costa del Sol española, al caer de la tarde… después suspira y ordena a la pintora africana -con la que me cuentan, leo, que vive en la actualidad-, que le traiga un whisky de su tierra, con hielo.

En una vitrina el título de Sir que le concedió, merecidamente, la reina doña Isabel de Inglaterra.

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