La noche que a poco bailo sevillanas en Hollywood con Anjelica Huston

Podría decir que las bailé, pero sería mentira, porque además había muchos testigos. Aquella noche estaban, estábamos, además de la actriz y yo, pues por ejemplo, las infantas de España, hijas del Rey: doña Elena y doña Cristina; Sophia Loren y, por no hacer muy largo el cuento -que no es cuento sino realidad, fácil de encontrar en nuestra revista, como siempre, porque allí estaba representándola un servidor- además, el encuentro fue en la casa oficial del cónsul de España en, como se dice, la meca del cine. No sé por qué fue, pero fue, y en aquellas horas mágicas tuve el honor -sí, el honor- de dar ese par de besos de la tradición en las afiladas mejillas de Anjelica Huston, aunque para ello, la verdad sea dicha, tuve que empinarme un poco.

Porque Anjelica, ni fea ni guapa aunque tenga, ella misma lo dice, fama de “patito no agraciado”, es muy alta y llevaba por si acaso el zapato de tacón de aguja. Por lo visto le habían avisado con tiempo de que las dos hijas del Rey de España eran de estatura más bien alta.

Lo cierto es que en un momento dado, con motivo quizá del vino español, buen embajador siempre, del jamón verdadero de nuestra geografía, que siempre es buen acompañante, y una guitarra cercana, teniendo en cuenta el buen hacer de Chencho Arias, el almeriense universal, buen embajador por donde vaya en la historia de España, con su corbata de lazo habitual, el éxito estaba garantizado.

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A mí, una vez que las hijas del rey don Juan Carlos hicieron lo que tenían que hacer, esto es, bailar sevillanas, casi me toca hacer lo mismo, lo que pasa es que, como buen español, tengo un gran sentido del ridículo, y me quedé sentado en un diván lejano, eso sí, llevando las palmas, que no lo hago mal teniendo en cuenta que he nacido cerca del Sacromonte granadino, donde tan buenos ratos he pasado y he aprendido tanto.

Debo decir con urgencia, que tampoco las princesas españolas, las Infantas, quedaron mal del todo, eso sí, arropadas por unos mantones de Manila, bellísimos, que de algún lado salieron y que dieron mucho juego, las cosas como son.

A mí lo que me dio es la gran oportunidad de conocer a esta mujer, ciertamente excepcional, de una enorme personalidad, con una larga copa de vino color sangre en la mano. Sus ojos eran inmensos, como su manera de ser y de estar, porque no hay que olvidar que todo o casi todo se hereda y que su padre era John Huston, uno de los personajes con más fuerza que yo he conocido a través de toda mi vida personal y profesional.

Le había entrevistado en Televisión Española, en un programa de tarde cuerpo a cuerpo, y le había visto en aquella película que dirigió, Moby Dick, en Las Palmas de Gran Canaria, donde estuve para dar cuenta del rodaje. Película formidable donde tuve la suerte de estar cerca de aquel legendario actor, en aquella película con la pata de palo, o de marfil, del capitán Ahab, interpretado por Gregory Peck. Por si fuera poco, había ido a encontrarme viviendo en México con aquel John Huston, gran bebedor, en aquella playa ignota de México donde vivía, cerca de la gloria de Puerto Vallarta y una vez visitado el puente que unía en aquella ciudad, las dos casas, la de Liz Taylor y la de su esposo bien amado, Richard Burton.

A la isla del padre de Anjelica, donde vivía con una pequeña familia de Mayas, sólo se llegaba por mar, y él tenía una hamaca, una televisión -ya entonces por cable-, una bodega en una cueva, y su excepcional talento. Me recibió por venir de España, y hablamos de muchas cosas. Fotos hay, lo que pasa, como siempre, es que no sé dónde están.

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Me habló de su hija, de la que se reía a grandes carcajadas, y me contó lo que le alegraba aquello que le dijeron una vez en España durante uno de sus viajes:

– Es tan alta que para darle un beso, hay que hacer noche en el ombligo.

Nos dimos grandes abrazos, y en el barco de vuelta, a poco echamos por la borda aquella sopa de iguana con tropezones que nos había guisado en su isla de Robinson.

Anjelica mientras tanto iba creciendo, artísticamente digo, hasta convertirse en algo más importante, algo que no era fácil para la hija del monstruo de La reina de África, por dar tan sólo el nombre de una de sus películas. Hizo la hija del grande películas muy interesantes, otras de miedo, en el mejor sentido de la palabra, con La familia Addams como recordarán. Escribió y cantó incluso, que mejor que no lo hubiera hecho porque estos días se dice mucho aquella definición de la actriz americana:

– Tenía el rostro como un feroz ñu africano. Su figura era imposible de describir y, además, cuando cantaba y cuando hablaba incluso, lo hacía como una raqueta de tenis.

Tampoco es eso, aunque ella lo recuerda en su libro de memorias, que es por eso por lo que la actualizo: me he hecho con él en el ave puerto donde a veces encuentro algo para leer. Mientras espero el nuevo libro de Mamen Sánchez, directora de ¡HOLA! México, que prepara después de sus dos novelas con gran éxito la que habrá de llegar, que aunque sé su título no estoy autorizado para desvelar.

Lo que sí les diré es que Anjelica es una criatura tierna, de cadera perpetua, más que lista, inteligente, que en la pasarela gusta mucho y que además se nos casó varias veces sin tener mucho éxito, la verdad. Al final encontró a un escultor, discutible y discutido, que se le murió un día. Ella le ayudó mucho porque además Anjelica -que se debe escribir con j y no con g-,  antes había estado casada con otro genio de la interpretación, ni más ni menos que Jack Nicholson, al que tuve el gusto de conocer un día, poco después de aquel en el que Julio Iglesias acudiera a una subasta de vino de todo el mundo, creo que en Escocia, donde tenía Huston padre un castillo que vender; y que además estaba en juego en la subasta. Julio intentó hacerse con las altas torres de piedra del gran palacio aquel, pero eso sí, si en el precio estaba la bodega extraordinaria del monumento histórico en discusión.

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Casi estaba a punto de hacerse el trato, me lo contaría Julio en persona, dueño entonces -y sospecho que ahora- de una de las bodegas más ricas del mundo, sí, del mundo. Por cierto que la primera caja de vino, de Valladolid, Vega Sicilia por más señas, y digo el nombre porque no necesitan publicidad, ya que es uno de los vinos mejores del mundo. Se la regaló este servidor de ustedes y fue el primero de su colección increíble. Caja que tardé en pagar en cómodos plazos mensuales un año y medio. Eran otros tiempos…

Y termino.

Jack Nicholson acabó con la subasta con estas palabras:

– El castillo es para usted, Yulioo… Pero el vino se lo va a beber este, que es el marido de su hija Anjelica.

¡Ay, Anjelica! Que jamás quiso operarse la nariz, como casi todo el mundo le recomendaba. Recuerdo hoy, en esta nostálgica página, a la Anjelica de manos inmensas, más para hacer esculturas que para acariciar, y de pies larguísimos. Alta, Oscar por aquella película inolvidable que se llamó, ¿recuerdan?, El honor de los Prizzi, de gánster, claro. Libre, no ya como los pájaros, que le vendría pequeño el símil, sino como las águilas. Simpática, inteligente… ¿O lo he dicho ya más arriba?

Su libro, que está gustando mucho, donde hay un toque de tristeza, tal vez de fracaso, y mucho Hollywood, se llama Mírame bien. Se lo recomiendo mientras busco las fotos de aquella noche, en la que sobresalía la actriz por encima de todos, menos mal que sin mantón de Manila, aunque capaz de demostrar que el glamour no es la belleza total, sino cuando la inteligencia se escapa del cuerpo. Cuando transciende la originalidad, cuando se supera incluso la timidez, cuando se es grande, no sólo de esqueleto, sino de pensamiento.

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