La Cruz de Penélope

¡Qué me gusta a mí esta criatura! Con permiso de su marido, claro, que es ese enorme actor, que se llama, como ustedes saben, Javier Bardem y me gusta P, que ya ni decir su nombre entero es necesario para saber de ella, que se ha ganado a pulso la P, con mayúscula desde hace mucho tiempo.

Más, porque veo que lleva siempre, o casi siempre, al cuello esa cruz, a veces de oro, a veces de brillantes, merecidos, ganados a pulso, pero no por la moda, que se lleva mucho aún en los cuerpos más dispares, sino porque sí, porque aquella niña de Alcobendas, ha llegado a estar donde esta y no por nada heredado, sino por la sencilla razón de que se lo merece, se lo ha trabajado a tope desde que era una niña. Aquella niña que quiso siempre ser artista.

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Lo que pasa, y aquí entre nosotros, es que le venía ya en los genes, su padre, que hace poco se nos fue, era un artesano de la palabra, vendía coches, que no es fácil, y además era de sangre gitana. Y por si fuera poco, su madre, la madre de P, andaluza total, así que ya me dirán ustedes de donde vienen esos ojos, ese aire de la copla, que además, la canta y muy bien, con duende, aunque ahora sólo la dedique a sus niños, que uno se llama Leo y otra se llama Luna.

Genio y figura la de esta niña, que ha merecido todos los premios, hasta el Oscar que todo el mundo recuerda, servidor con lágrimas en los ojos, de cuando aún lloraba, que ya se me secaron los lagrimales, por cierto, que las lágrimas son saladas, como saben, aquella noche de la gloria, cuando ella, ELLA, hizo a España más grande, en aquella estampa inolvidable del Oscar, que me parece que fue en 2009, cuando iba a cumplir treinta y pocos años. Ahora, aquella dama, morena, españolísima, que subió al escenario de Los Ángeles, acaba de cumplir los cuarenta y uno, y está en la más hermosa edad de su vida. ¡La mejor sin duda! Y con todo por delante.

A mí, tanto me gusta Penélope, – que tiene el nombre porque sus padres se lo pusieron en homenaje a la hermosa canción de Serrat- que crece mi admiración tanto en la medida de sus triunfos, como en sus silencios. Le gusta la vida familiar, el paisaje de los olivos, el Madrid en el que ha crecido, esta niña que le da al barrio, de cuando, donde vino al mundo era un barrio, aunque ahora es un pueblo, que es honra y gloria de la capitalidad.

Yo supe de ella, por primera vez en aquella película, fuerte, española de la raíz a la copa, en la que ya estuvo en los brazos fuertes del que después sería su marido, Javier Bardem. ¿O es que no recuerdan ustedes aquella “Jamón, Jamón” inolvidable?

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Quiso ser bailarina de ballet, de nuevo el tronco de la sangre, y estudió a pie de obra frente al espejo de los mejores maestros del género, mucho tiempo, fue a las academias de cante, a las escuelas de actores, y en ella, habitaba a la par de la rabia por llegar, una belleza impresionante. Aquel pelo negro, su palabra encendida, su disciplina, su deseo de aprender. Siempre se la veía en el universo de las estrellas, más que como la cola de un cometa, como, ese planeta con P, de Plutón, que cuando lo hemos visto de cerca, es una gloria. Y en su sueño aquel que ya forma parte de la historia del cine:

-Y tú, niña, ¿qué es lo que quieres ser cuando seas mayor?

Sin titubear, moviendo el abanico, de sus pestañas, esos ojos, que adquieren el color de quien tiene más cerca, como ocurre en el milagro de las gatas de los emperadores de la china, según la leyenda, anticipaban:

-Yo quiero ser artista de cine, y hacer una película con Pedro Almodóvar.

Lo consiguió, ¡vaya si lo alcanzó! Tanto es así que se lo pudo agradecer ante todo el mundo del cine puesto en pie, cuando anuncio, con un temblor en la voz… Forma parte de la galería de los documentos sonoros del cine, su nombre, el nombre de su ídolo, de su sueño, convertido en realidad aquella noche del Oscar cuando gritó, más que dijo:

-¡Pedroooooooo!

La niña de Alcobendas, que tiene así nombre de cantaora, cantó como sentía. Un punto de rímel se le deslizo de los grandes ojos, como una lágrima de memoria.

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Y ahí la tenemos, una de las protagonistas de ¡HOLA!, en tantas cosas. Caminando sobre la arena, con la mano en el vientre fértil de alguno de sus dos hijos, del brazo de Javier, de la cintura con su padre, que se le acaba de ir hace bien poco por culpa del corazón, que no se puede tener tan grande, jugando con sus niños, triunfando, llorando, la Penélope, que también es el nombre de una estrella abisal, escapando, riendo, grande, grande, grande, en las Bahamas, o en el  universo, de su última película.

Hoy, la he traído hasta este blog, que insisto es más de ustedes que mío, por una sola razón, y perdonen…. Porque me ha dado la gana, que la acabo de ver a hora mismo, en una última sesión de fotos, que acabo de descubrir en una revista americana. Vive rodeada de guiones, a la sombra del árbol de los besos. Me dicen que viene ya con el tambor del estreno, su próxima película. Ni voy a dar el nombre siquiera. No hace falta. Aquí esta, aquella niña, hija de encarna, peluquera, a la que sólo le faltaba firmar su trabajo en  el hombro de las clientes.

Por cierto también, que todo hay que decirlo, que aún no he tenido el gusto, como se dice, en mi tierra y casi en la suya, de estrechar su mano o besar su mejilla, que un beso que siempre lo digo, es mejor que dos. Para agradecerle, su forma de ser, y de estar, por representarnos tan dignamente, y por que como saben, soy un viejo coleccionista de leyendas.

Y además porque quiero pedirle que me firme una fotografía, dedicada, para mis nietos que son cuatro, y han aprobado todos, un milagro, lo últimos exámenes. Será una forma, de que vean siquiera por una vez que su abuelo también estuvo un día, siquiera una hora, con una de las estrellas actrices del cine, de su tiempo.

He dicho.

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