Jorge Javier Vázquez. La razón y la pasión

Podría decir, añadir también, la ambición, que aunque la tiene, le acompaña. Este viejo contador de historias que soy -padre, sin género de dudas de la televisión, por edad más que por otra cosa, que conoce el medio porque en él casi echo los dientes, incluso después de alguna trifulca- repite con frecuencia que Jorge Javier, en principio y por lo que más me gusta, es por el enorme escritor, novelista además de periodista que lleva dentro.

Tanto es así que después de su primer libro -que el segundo lo espero como agua de octubre-, le dije a él públicamente y luego por escrito, para que las palabras no se las lleve el viento, que es sin género de dudas nuestro Truman Capote, al que conocí en Cataluña en aquellos días en que fugitivo, siempre huyendo de sí mismo que es lo que se debe ser en el oficio, venía detrás de Ava Gardner.

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Jorge Javier, el  presentador de Sálvame -programa del que me declaro adicto sin rubor, porque Sálvame a mí también me salva-, es muchas más cosas de lo que dice su Wiki, indicador a veces tan escaso: Jorge Javier, presentador de televisión. Vale, y licenciado en Filología Hispánica, como mi hermana pequeña Loli, que sé lo que le costó llegar a conseguirlo. Pero es que además, es un creador nato y casi un héroe -como decía en los papeles militares- “de valor reconocido”. Aparte de que bajo su constante disfraz de lo que sea y como sea, ya con una flor, de papel, en el pelo, que bajando las escaleras de uno de los más brillantes decorados del planeta catódico. Culto, de eso que García Lorca llamaba “la cultura de la sangre”. Nada le es lejano a la hora de definirse sin que se le caigan los anillos o como jefe de pista de uno de los más asombrosos espectáculos a los que uno ha asistido a lo largo de toda una vida.

Con el látigo o la caricia de su gesto y su palabra, en el desplante de cuando se planta o da la espalda, Jorge Javier es un verdadero “monstruo”. Hace unos días lo volvió a demostrar des-va-ne-cién-do-se en la escena ante millones de espectadores de toda España. No se le fue la olla, no, “perdió el conocimiento, no sabía dónde estaba”, como le puede pasar a todo hijo de vecino entre los que me encuentro. Se le fue el santo al cielo. Alarma en los tendidos. España se sintió sobrecogida, era un mutis no previsto en el guión y él lo convirtió en un mutis de director de orquesta. Se excusó, un punto más pálido y pidió perdón humildemente. Después salió de cuadro arropado por el aplauso verdadero, no sólo de los suyos, presentes, sino de toda España.

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Es un gran creador que le ha puesto color a un día; y color de fruta: la naranja y el limón, y en las dos aguas se mueve con escafandra o neopreno, como un sabio de las mareas y las tormentas. En el circo de su Sálvame, que es el mayor espectáculo del mundo, los personajes ya se han convertido en clásicos y cada espectador defiende al suyo en el patio de estar, en la mesa de camilla de todas las casas. Y el guión es el propio, el que corresponde a cada uno en ese día; primero lo interpretan, después lo eternizan. Cada uno de esos grandes del medio.

Todos, todos, han hecho de sus propias vidas, las nuestras. Tienen todas las grandezas y las vilezas, las glorias y las miserias de sus propias existencias. Somos nosotros, que queremos y odiamos al mismo tiempo. El guión sólo tiene una línea inicial, pero cada uno saca a la calle a morder al perro, humano como usted y como yo, que llevan dentro; la sonrisa de la hiena, que es tan bella pero tan peligrosa; el domador de leones el talento del que lo sabe todo o casi todo, aunque se que calla más que grita, los agoreros, los enviados especiales… que se mueven con la exquisitez y al mismo tiempo la peligrosidad de quien es consciente de que se mueve en las cenizas ardientes del volcán.

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Ni una metáfora más. En su primer libro, fue para mí un festival leerlo, por eso espero el segundo con verdadera ilusión. Porque en Jorge Javier se dan las dos virtudes/defectos de los grandes, a saber, la razón y la pasión, cuando lo segundo se convierte en sinrazón. Todos los días, todos frente a un aparato que no miente, nunca, si has pasado un buen día, a veces, o una mala noche, si te han engañado aunque parezca que te han aplaudido, Jorge Javier está ahí, ahora valientemente, gastándose, quemando lo que por un lado consigue y por otro lado pierde, con su estampa de Miguel de Molina en el bolsillo, como un escapulario o una tarjeta oro. Paseando con sus galgos por su barrio elegante, merecido, conseguido sin heredar nada de nadie, siempre en la difícil cuerda del funámbulo, sobre el abismo, simplemente con el palo largo de su pasión, por encima de su poderosa intuición incluso.

Leal al cariño a su madre, consciente del amor que da a veces a cambio de nada, apareciendo y desapareciendo cuando le da la gana o cuando intuye que mejor que un púlpito, una cueva, que decía el romancero.

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Así que salgo no en su defensa, que no la necesita -y además no voy a pedirle trabajo, que estoy en esa edad en la que sólo quiero que me quieran, no que me contraten-, sino porque mi cuerpo me lo pedía, ponerme al lado ya, en este momento en que la crítica teatral ha sido con él tan dura, quizá merecidamente, pero es lo mismo. Él lo sabía y ha hecho lo que más quería hacer, que es subirse al escenario de un teatro, y en Málaga, tan sabia, tan abierta, haciendo de todo al mismo tiempo. Por eso estas cuatro letras de mi blog de hoy, en esta esquina en la que me dejan decir, como terapia, lo que quiera, siempre que merezca la pena hacerlo.

Por eso lo aplaudo y lo refrendo, siquiera por entretener nuestras tardes, contándonos la verdad de la moneda de la vida, de forma magistral, que en los otros sitios la política nos quema, nos abrasa, nos golpea, nos arrastra. Nos hace sufrir, nos perjudica. A veces, se queja Jorge Javier, y lo dice abiertamente, de que no le dan el sitio que merece. Lleva razón. Por eso ahora mismo, pido para Jorge Javier que sea reconocido, por lo menos con la medalla del valor, como poco. Y además, el título de padre de mis tardes y las de mi mujer, y las de tantos que reciben la lección diaria de “cuanto sufren, y aman, y se gritan, en esa gran camilla sixtina” donde hay de todo, como en su vida, como en mi vida.

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