Jesulín, de acero y rosa

O más que de acero, de titanio incluso. Porque este torero, al que conozco bien, aunque más cuando empezaba que aún no era noticia del todo, vuelve a ser noticia por otra historia, ajena a la suya de verdad que no es el ruedo del rumor, sino el del valor que no es lo mismo, aunque a veces se acerquen los dos términos.

Por lo leído, por lo visto, por lo escuchado incluso, vuelve a pisar el otro ruedo de la noticia del corazón, porque todo parece indicar que la cosa, por llamarlo de alguna manera, no está muy bien del todo, en este momento, en la pareja matrimonial de Jesulín de Ubrique y esa criatura, que es su esposa, y a la que incluso se llama despectivamente, La Campanario, aunque ese sea su apellido de soltera.

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Vamos a ver. Yo lamento, no saben cuánto, que uno de mis hallazgos, periodísticos quiero decir, vuelva a ser actualidad por otra cuestión. No me atrevo a decir cosa ajena a su oficio de verdad, el de torero. Porque eso es lo que es Jesulín de Ubrique, al que conocí hace muchos años porque me enviaron a entrevistarlo, y fue ¡HOLA!, como ustedes saben, en su argumento, es la más importante y leída revista del mundo, y no porque estemos donde estamos haciendo este retrato, intuyo, que se trataba de algo que era el germen de una historia constante, no solo de amor, sino también de valentía como dice la copla, ya la recuerdan. Se la tarareo: Romance de valentía… etc, etc.

Don Eduardo, al que recuerdo tanto, tanto, me envió al sur donde se nos lee tanto, de siempre, a ver quién era ese nuevo torero, guapo, joven, casi un niño, que ya demuestra maneras de ser noticia. Por muchas razones, entre otras, el olfato de ese ya viejo perro reportero, que es, el sabueso que esto escribe ya en la casa.

Y ahí que me llego hasta Ubrique, al sur del sur, a una casa que ya empezaba a ser historia, y en la que según se llega a la derecha, en una de las sierras más hermosas del mundo, cerca de Grazalema, que ya conocía de antes, entre otras razones porque aunque parezca imposible dada su sitio en el mapa, es uno de los lugares donde más llueve de España. Y ahí que encuentro a un joven, largo, de piernas largas, que me abre la puerta de aquella casa que con el tiempo se convirtió en uno de los lugares de peregrinación de los “devotos” de la fiesta. Luego, mas tarde de la otra “fiesta”, la de los sentimientos.

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El muchacho, porque aún no había cumplido los veinte, tímidamente me preguntó, cuando empezábamos a “confesarnos” y cuando acababa de poner en marcha el viejo magnetófono, al que miraba en aquel salón dónde ya había alguna cabeza de toro, disecada, con más miedo, que “vergüenza” como el refrán viene diciendo.

-Pero usted cree, señor Medina, ¿que yo puedo decir algo interesante? ¡Si estoy empezando a llegar como quien dice! Y usted además es compadre de Curro Romero, y de Manuel Benítez el Cordobés, que son de los que más me gustan.

– A pesar de todo, maestro.

– No me diga maestro, que estoy aprendiendo todavía…

Me hablaba de usted, con mucho respeto. Yo a él de tú como acostumbro, además, podría ser mi hijo por su edad, y por la mía claro.

Hablamos, hablamos, hablamos, se trataba de un buen reportaje, con buenas fotos en color, porque eso es bueno, siempre, refresca las historias anterior y posterior, es una vida que empieza, interesa. Ya saben “Salud, dinero y amor, que el que tiene las tres cosas tiene la gracia de dios”.

Y en la mitad del paseo por su vida, recién, el joven torero, va y me dice:

-Es la hora de comer, maestro. ¿Qué le gustaría que nos hiciera mi madre? Pida lo que quiera que tenemos, gracias a dios, la alacena llena…

– Pues por mí fácil se lo voy a poner. ¿Hay gallinas en casa?

– Y usted qué cree, ¡un corral lleno! ¿Quiere verlas?

– No es necesario. Huevos fritos con patatas…

-¿Dos a uno? Y si quiere más, más, maestro, que hay quien se toma media docena en el desayuno.

-Lo sé, y de su oficio, Jesús.

Puede decirme Jesulín, que es mi nombre de brega.

-Dicho queda y de Ubrique por más señas, que está usted hecho de muy buena piel, torero.

-Ea

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Dio la orden en voz alta, porque me parece que la escalera estaba en el primer piso, y a continuación, va el torero y me pregunta:

-¿Hemos dado ya de mano, señor Tico?

-Nos queda mucho que hablar todavía torero, pero por mi vale. ¿Tanto tienes que hacer?

-Es que me quiero ir a juronear…

Ni entrecomillo siquiera el verbo, por que el joven diestro lo que quería era irse a cazar al campo, con su hurón, que es un como conejo, que sabe buscar a los conejos, precisamente metiéndose en sus madrigueras y sacándolos espantados. Fuera, pues, por no hacer muy largo el cuento, se les caza, a mano, con red o como sea, que tampoco quiero especificar.

El joven, aquel de las piernas largas. Dicen que al saber Luis Miguel Dominguín y sobre todo al verlo en fotografías “que era tan alto –comentó- que como toree y se arrime, nos vamos a retirar más de uno”.

Bueno, pues que se fue el niño largo a su tierra a ver qué conseguía, y que luego, dicho sea de paso, teníamos, los huevos bien fritos con ajos como manda la serranía, y en la mesa, y mientras tanto me di una vuelta por la casa que ya tenía de nombre Ambiciones, y que se ha convertido en monumento popular, y al que todos los días, aunque no estén los dueños dentro, llegan gentes de medio mundo, chinos, japoneses, coreanos, incluso, aparte de sureños nuestros, como si de una romería se tratara.

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Luego, pues todo lo demás, acertamos en ¡HOLA!, como casi siempre. Había una leyenda, en ciernes, el inicio de un montón de historias dignas del pasodoble, a veces incluso tristes, desgarradoras incluso. Jesulín se hizo un joven torero, valiente, que se arrimaba mucho en el ruedo y por qué no decirlo, en la vida misma. Se nos casó, se nos descasó, con acento en la o, dio vida a otras leyendas, grandiosas, como la de Belén Esteban que ha sido, es y va a seguir siendo, uno de los más asombrosos casos de popularidad de nuestra historia.

El toro lo cosió a cornadas, le llenó de cicatrices, y se convirtió, hasta cantando incluso, que no se lo recomiendo, en un mito, vivo, prodigioso. Un día el toro de la carretera, que es tan serio en el toreo como el más fiero de los bravos, le partió la espalda en dos mitades. Lo del acero, lo del amianto, del título, viene de eso precisamente. Le tuvieron que atar la espalda toda, con clavos, con hijos de titanio, de forma, que no sólo  sobrevivió, con vida al tremendo percance, sino que, valientemente, volvió a torear. Y bien. Se nos casó de segundas, con una mediterránea, inteligente bonita, tuvo sus hijos, cambió de casa no sé cuantas veces, y por no contarles más cosas, se hizo cazador a lo de “solo piezas grandes”, y su sala de trofeos de caza la añadió a su otra sala, de toros, por el lidiados e inolvidables.

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Podría contarles no sé cuántas cosas más, incluso más privadas, entre él y yo, hace mucho que no lo veo, pero sí les diré que sé que aunque no quiera, tiene que recordarme. Les cuento, y termino, por hoy. Espero.

Un día el joven Jesulín me descubrió que a veces le faltaba el agua en la finca y que no sabía qué hacer. Así que yo le recomendé a un zahorí, uno de esos llamados campesinos del milagro, que le iba a encontrar el agua  que guardaba su geografía. Y le conseguí a uno que conocía, y bien.

Sólo con dos varas de almendro, y un paseo inicial, aquel “buscador del oro líquido”, le dijo donde había agua, segura. Y así fue. Y Jesulín le puso el nombre del autor del encuentro al milagro. Se llama desde entonces, y sigue manando agua, y de esto hace ya no sé cuántos años, “La fuente del Cordobés”.

Mi compadre. Y sé que todo puede olvidarse, el olvido incluso, menos eso. Porque lo que es Jesulín, de Ubrique, es un cazador, como cuando empezaba. Lo demás, es historia.

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