He entrevistado a nueve premios Nobel

Se nos fue Carmen Balcells a todos un poco. Yo no tuve esa suerte, no ya de firmar con ella la gloria garantizada, un contrato, ni siquiera le di un beso en la mano a la “mamá grande”, como están diciendo que la conocían, y podían hablarle de tu. Por ejemplo, Raúl del Pozo en un magnífico, como siempre, artículo de El Mundo, última página, cuenta que un día le llevó, le llevaron, un bocadillo hasta su cama donde ya oscurecía.

Vargas Llosa, don Mario, que está en su mejor momento, le ha leído el domingo en El País, y hoy también, recordando a doña Carmen, que dio de comer dos comidas al día -desayuno y merienda- a muchos y muy buenos escritores. Que es curioso. Es hermoso el saber que a muchos de ellos, a los que hizo ricos, millonarios incluso, los sacó de las oficinas para dedicarse a escribir solamente, y escribir es un acto de solidaridad, para nosotros los que somos lectores.

Y así puedo decir que hoy, de repente, asalta mi recuerdo -lo último que me queda y menos mal que algo me queda todavía-.

Por cierto, otra vez Raúl, gracias por recordar a este viejo reportero en tu hermoso retrato de Arturo Pérez Reverte. Sigo, sigo, y así me viene a la memoria con urgencia.

Vargas Llosa, al que entrevisté una vez, hace muchos años, de blanco los dos, en su casa de Lima, cerca de la de la dama que cantaba desde el puente de La Alameda, en su blanca casa sobre los barrancos del océano para “trescientos millones”, ¡cuánto tiempo!

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Aún no era premio Nobel, pero ya apuntaba don Mario, que también ha sido reportero y que no llegó a ser presidente de su pueblo, el de Perú, porque así quiso el destino, que lo habría hecho más grande y sobre todo más culto todavía…

Charlé con Hemingway, del que hablo tanto, aquel mediodía en el diario Pueblo de la calle Narváez número 70 de Madrid, el día que le dieron el premio que llevaba su nombre al maestro Manuel Alcántara, el señor de la columna, y la última vez que le vi era sólo un reguero de sangre, de su sangre, en el techo de su casa de Idaho, en el frío de los Estados Unidos cuando cazaba los últimos osos, y también las palabras, una por una, por la que le pagaban un dólar en sus artículos.

Charlé, muchas veces, con Gabriel García Márquez, incluso antes de ser también premiado en Estocolmo, cuando iba vestido con el liqui liqui de uniforme… Primero, en aquella plaza de Cataluña, después en su casa de San Angelín, en México, y luego en aquel largo viaje desde el DF a Costa Rica, y por fin, aquel día en el aeropuerto.

– ¿De dónde vienes, hermano?

– Vengo de Macondo, Gabo…

– No te olvides de decir su nombre verdadero. Que se llama Aracataca…

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Me atropella lo vivido, pero ustedes lo merecen y a mí se me aclaran las ideas. Así que aquí está también don Pablo Neruda, mi poeta preferido, con Federico y Miguel Hernández como poco… A don Pablo, en dos lugares emblemáticos: primero, en la embajada de París, después del premio Nobel, y luego, tiempo después, en su casa frente al mar, ¡qué digo frente el mar, dentro!, sobre el Pacífico -que sólo tiene de Pacífico el nombre-, en su casa de corales, de conchas, de caballos de mar, de erizos, en Isla Negra, donde me dedicó un libro, el de Los versos del capitán, que todos hemos leído, por lo menos una vez, y en el que me puso de su propio puño y letra y en tinta violeta: “A Tico Medina que me trae España cuando viene”.

Le llevaba chorizo de Ronda, aguardiente de Rute, y siempre, siempre, una lista de pueblos españoles con nombres musicales que tanto le gustaban.

Y también tuve bien cerca, aunque no le hice una sola pregunta porque no me fue posible, al premio Nobel Juan Ramón Jiménez, el de Platero y yo, de Huelva, y no le interrogué como quería porque estaba marchándose de este mundo que le había idolatrado. A través de un cristal, el cónsul de España, que entonces me lo presentó en aquella habitación final del hospital de la Universidad de Río Piedras, en San Juan de Puerto Rico. Sólo sé que me miró, volvió la cabeza, su barba blanca, los ojos febriles de siempre…

Estuve todo un día en México DF, en la calle Reforma donde vivía con Octavio Paz cuando le cayó una paloma del cielo gris, contaminado, sí, una paloma muerta, como un disparo de pluma y yo para arrancarle de su asombro le dije:

– Maestro, está claro que no es su paloma de la paz…

Por jugar como siempre a las palabras. Y entrevisté en su casa de Miraflores, dentro de un zumbar de lepidópteros y hormigas, a don Vicente Aleixandre, con su acento indiscutiblemente sevillano.

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Y a Cela, don Camilo, por supuesto. Cierro el ciclo, aunque me quedan más, estoy seguro, a ver si cuento…

Aquella noche con Cela, tan amigo de casi toda la vida, con Marina y sin Marina, en la que era entonces su casa de Guadalajara, la noche aquella en la que me presentó al ex ministro Boyer, que acudió a la fiesta con su esposa Isabel, mi buena amiga. Estaba espléndida como siempre y en un aparte, le descubrí a uno de los hombres más cultos que he conocido.

– Señor Boyer, que doble enhorabuena…

– ¿Doble por qué? Con una es suficiente.

– Doble por Isabel, claro que sí, pero además, porque es usted protagonista de una de las más asombrosas historias de amor que se conocen.

– ¿Y eso?

Le brillaban los ojos a través de las gafas. Claras.

– Porque no ha querido usted ser presidente del Gobierno en España, por eso… Por el amor de una mujer, pero esa creo que es una canción de Julio Iglesias…

– Un hecho cierto… Pero le diré una cosa, ha merecido la pena, créame.

Y es que uno está lleno de recuerdos que aquí voy dejando poco a poco, igual estoy escribiendo sin querer, pero queriendo, mis memorias, a retazos…

Me quedan más, por ejemplo, a Miguel Ángel Asturias, el premio Nobel de Guatemala al que encontré en un ático en París, sobre el Sena, junto a su esposa, que me descubrió:

– Aquí me tiene trabajando, escribiendo, con mi camisa de quetzales puesta, el ave de mi país que vive sólo si está libre…

Y buscamos la figura del premio para retratarla con él. Tardamos un buen rato, hasta que por fin la encontramos en el fondo de un armario. Así es la vida.

De todo tengo foto, de todo, así que lo dicho, a ver si las encuentro. Forman parte de mi vida. ¡He perdido tantas cosas en las mudanzas, siempre de un sitio para otro…!

  • Sr. Medina: Leerlo a Ud. es leer la historia contada en maravillosa poesía, de tantos personajes famosos de nuestra historia reciente. Simplemente recopilar todos esos encuentros y conversaciones en varios tomos, sería un bestseller y un maravilloso regalo a todos los lectores que lo admiramos tanto.

  • Estimado maestro Medina: Leí la excelente entrevista que le hizo en 1972 al Premio Nobel Miguel Ángel Asturias y que fuera nuevamente publicada dos años después, en la misma fecha de su lamentable deceso (ABC Reportaje; “Entrevista con Miguel Ángel Asturias”. Madrid : martes 11 de junio de 1974).
    Qué bien conducida, las imágenes que usted describe son elocuentes del amor que “El Gran Lengua” sentía por nuestra patria, Guatemala; sus descripciones y comentarios al margen permiten al lector no iniciado tener una buena referencia del por qué Asturias llegó a ser Premio Nobel: por su obra completa y no solo por “El Señor Presidente”.

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