Ha vuelto Ana Rosa Quintana, reportera

Sé que le va a gustar, si es que nos lee, que se lo lee todo, el título, que nadie usa, pero es que eso es lo que es fundamentalmente esta mujer, una de las criaturas más populares, que una cosa es ser popular y otra bien distinta, es ser fríamente famosa.

Reportera, y con mayúsculas. Acaba de demostrarlo nada más aparecer en la mágica ventana de su programa, en su triunfal retorno. No hay más que asomarse a las audiencias para comprobarlo. Pero es que además, su cercanía, su modo de hacer lo que hace, su forma de dirigir, su propia vida es un ejemplo – no le voy a pedir trabajo, porque gracias a Dios, me avío a mi manera y no me va mal del todo, y además, soy uno de los padres, que digo padres, abuelos, de la televisión en España – .

Vale.

A lo que voy, es fundamentalmente y sobre todas las cosas, reportera, porque en el año catapún, además siendo muy joven, si bien no tanto como ahora, fue mi redactora jefa de informativos en la radio Antena 3, recién abierta, y fue una capitana extraordinaria de la que aprendí mucho, aunque ya era perro viejo en el trabajo de la información.

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Le gustaba, más que mandar, aprender, y tenía olfato para buscar la noticia y para hacerla y eso se veía cuando te decía que había que hacer. Ahí está la raíz de su gran éxito periodístico, que lo que le gustaría a ella, de verdad, era el ir a hacerlo, que no es lo mismo. Y no ha dejado de ser lo que es a lo largo de toda una vida en la que hubo también alguna tristeza, que como corresponde a su nombre de pila, “espinas tienen las rosas”.

No sé cuándo cumplirá los sesenta, ni falta que nos hace, porque este año, este que estamos, desde ayer que ha regresado a su espacio vital de la mañana de todos los días, con más fuerza, más original y más reportera que nunca, ha vuelto donde solía a preguntar en el sitio, en la pelea más brillante y más actual.

No hay quien pueda con ella, ni sentada ni de pie. Conoce lo que quiere la gente y lo que la calle necesita o espera. Está en el sitio más difícil de la cuerda peligrosa y escribe muy bien. Por si fuera poco, es la presi y la jefa en todo de una de las productoras más fuertes de Europa, y encima, en los ratos libres, que eso lo sabe muy poca gente, hace un aceite de un puñado de olivos que tiene en ese paraíso cercano que es al Valle del Jerte, y que encima, consigue unas cerezas más hermosas que las que ha hecho aparecer en la portada desu último libro, Pablo Coelho, El adulterio, actualidad de la que hablábamos hace unos días.

Ana Rosa es de Usera, un barrio de clase media de Madrid donde siempre soñó con lo que llegó a conseguir, ser lo que hoy es, una periodista de los pies a la cabeza y que además es muy alta. En su tiempo, hace años, estuvo casada con otro de los grandes reporteros, Alfonso Rojo; periodista total, vaquero en sus ratos libres, que tenía una casa en el Camino de Santiago, que ordeñaba sus propias vacas y que ahora sigue siendo vaquero, pero de los del oeste americano, disparando todos los días con el plomo de su palabra, como Gary Cooper en Solo ante el peligro, ¿recuerdan?

Después, bien recuerdo sus años como corresponsal en Nueva York, y ella de esposa, de corresponsal y compañera, siempre aprendiendo de ese duro y puro oficio de la noticia, que es un arte y un calvario al mismo tiempo. Y en una casa con dos, dos cucañas, sobre un mar de cocodrilos en libertad.

Bueno, pues que ha vuelto esta maestra, ahora felizmente casada con el empresario huelvense, que es un título, Juan Muñoz y que acaba de regresar de esos días al año en los que baja a su casa del sur en Cádiz, donde se encuentra con los suyos, pero este año con la ausencia de su madre que se le acaba de ir allá donde se van las madres y que era además, su gran amiga y su durísima crítica en casi todas las ocasiones.

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En fin, que ha regresado esta señora excepcional, maestra siempre, que en su colección de joyas, que tiene las justas, ya que no es esa su pasión preferida precisamente, tiene un cuarzo que vale un potosí, como se decía antiguamente, y que es el nombre de una fascinante ciudad boliviana, en la que yo estuve y conté en su día, en la que estaban las fabulosas minas de plata de las que los españoles extraíamos, bueno, extraían ellos, nosotros anotábamos en los cuadernos castellanos, y que luego nos gastábamos en las guerras del emperador, de por ejemplo, ese Carlos V, el que curiosamente hoy vuelve a ser actualidad histórica, en la tele, donde anoche fue el estreno, y que terminó sus días en Yuste, corazón del entrañable lugar geográfico donde hoy tiene Ana Rosa el mapa geográfico de su pequeño valle donde se la puede ver con un sombrero de palma y un pantalón vaquero, velando las armas de la próxima semana.

Y perdonen por la interrupción, pero es que tengo que agradecer vivamente el que hace unos días, su ex Alfonso Rojo, además columnista de ABC, corresponsal de guerra, de los de verdad y editor heroico de ese periodista digital, al que me asomo todos los días por ver si cazo algo, y para corresponder de alguna manera a sus atenciones en el último viaje que hicimos a Filipinas, de enviados especiales, siempre me cuenta que “he sido, un buen contador de historias”.

Y perdone, porque me he ido, sin irme, del retrato que hoy hacemos de esta Ana Rosa Quintana Hortal, que acaba de sorprendernos de nuevo, en su más reciente, hoy, mañana de todas las mañanas, en la cinco, que además de hacernos saber y con un gran equipo, nos hace que eso del buenos días sea una realidad, que a veces lo decimos sin serlo.

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Bueno, pues hola de nuevo niña Ana Rosa, siempre noticia de portada en tu obra y en tu vida, título ganado a pulso que cada día te ganas con esa cuadrilla de la comunicación, y no sabes lo que como casi cordobés te agradezco eso que me dicen que dijiste a Pablo Iglesias, que se soltó la melena, en todos los aspectos, en el desayuno:

– El salmorejo vale, pero que sepas que lo que me das es de bote.

Así que te aviso que la orden del salmorejo de Córdoba, a la que tengo el honor de pertenecer, te hará este año dama, si es que ya no lo eras, porque además, si vieras como recuerdo ese día mágico que pasamos en Córdoba cuando la boda de Carmen y mi hijo Escolástico…

Gracias por tu escuela, Ana Rosa, te quiero aunque no te lo diga.

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