Gilda y el secreto de la puerta cerrada

Hace algunos años ya, y perdonen que no les de la fecha con el rigor necesario -bastaría con que acudiera al consejo de Esperanza en el archivo de ¡HOLA! para estar al día en esto-, el director me envió a Nueva York a entrevistar un  largo fin de semana a Yasmin Aga Khan, perdón, a su alteza la Princesa Yasmin- que quiere decir jazmín-, para escribir unas como si fueran sus memorias. Y allí que fue el reportero que soy al encuentro de aquella dama, preciosa, silenciosa, hermosa, exótica y neoyorquina a la vez, en uno de los más elegantes apartamentos que uno había visto en su vida. Era lógico y natural. Yasmin era, es, hija de dos leyendas.

Una, el príncipe Alí Khan, que era pesado, en una balanza especial y en oro, por sus seguidores ismaelitas, como lo fue su padre el Aga, aquel personaje mítico en su tiempo que se casó por amor, con una modistilla de París, a la que se llamó la Begum, y a la que servidor entrevistaría en isla elefantina, en la mitad del gran Nilo, donde permaneció a la vera de la tumba color rosa de su marido, el Aga, envuelta en la seda de su sari de mito.

2230 14 mayo 1987

Ese era el retrato urgente de aquella princesa oriental, riquísima  por parte de padre.

En cuanto a su madre, era la protagonista de aquella película que en cuanto al cine lo dividió, antes y después de su estreno. Gilda,  protagonizada por Rita Hayworth, que en realidad se llamaba Margarita Carmen Cansino, y después Hayworth. Y que era hija a su vez de una mujer americana y de un caballero español, apellidado Cansino, que había sido bailaor y maestro de academia de bailaores. Una de esas vidas de aventura que hacen posible después el que sus sucesores sean inicialmente, después de todo lo demás, hijos de la gloria, y de la fama.

La princesa Yasmin estaba allí, en pie, en aquel elegante salón donde tanto oriente había, los pies sobre una autentica alfombra persa, los jarrones de buena porcelana china, etc, etc…

Y ella, en pie, una rica biblioteca el fondo de la que en un momento buscó, de una forma inmediata cuando conoció mi nacimiento, que se lo dije porque Granada siempre era un pasaporte en el mundo.

– Aquí tiene uno de los libros más leídos por mí, antes también por mi mamá, El romancero gitano de Federico García Lorca, que incluso tiene anotaciones de las dos. Lo hemos leído, entero en su idioma; el español.

Le pregunté por Margarita Cansino, hija de un sevillano, y ella aceptó la historia. Es más, nos aseguró que notaba que en sus venas a veces se movía “la ardiente sangre de los gitanos españoles” y hasta levantó las manos en un intento de bailar algo así como las sevillanas. Ella me respondió.

– Mamá, con acento en la a, sigue aguantando el olvido de su propia enfermedad. La tengo cerca de mí, porque aunque después de aquel juicio con mi familia, aseguré que me quedaba con ella, hasta el final, el juez aceptó mi propuesta. Y conmigo sigue, eso sí, solo se le iluminan los ojos cuando se acerca mi hijo, su nieto, a visitarla. Entonces una extraña luz aparece en su mirada…

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Debo decir que nos traducía la Marquesa Neneta Varela; a la que recuerdo mucho y a la que envió hasta allí donde está, al final de Uruguay, donde vive, mas allá de la Costa Ballena, el filo del cabo del Diablo, este beso; Mua mua, Neneta, que sepas, que te recuerdo mucho. ¡Ay el día que tú quieras, y puedas, escribir tus memorias!

Durante aquel largo fin de semana fui reuniendo datos, recortes de periódico, portadas de revista, documentos sonoros, aparte de las grabaciones, que no sé por dónde andarán, aunque sería el hallazgo de un tesoro el encontrarlas. A ver si tengo tiempo y gana de hacerlo.

Sí les debo decir, y que viene a la actualidad que vivimos, que estos días se está publicando mucho que la enfermedad del Alzheimer, ese dramático mal que sufren dos enfermos, el que lo tiene y aquella persona que está más cerca del que lo tiene, su cuidador, en cuanto a que podría ser enfermedad hereditaria o contagiosa, según los últimos estudios, es por eso que estos días los medios, todos, se han ocupado de esa enfermedad, que crece  y crece y ante la que no hay aun medicina, si bien la esperanza, es lo último que se pierde.

Por eso, actualizo aquel día en la que empujé, aprovechando un descuido, cuando yo era un repostero intrépido, aquella puerta que había al fondo del apartamento de la Princesa, y que era una puerta distinta a toda. Alta y blanca, debo decirlo como de hospital, de clínica que a veces empujaba, en silencio, sin hacer ruido alguno, una dama vestida de blanco, como enfermera de película,  que llevaba, creo, como un fonendo de médico colgado del cuello sobre un nombre en azul.

La Princesa había bajado al Central Park, donde su hijo jugaba, a veces, no siempre, porque el pobre niño rico estaba muy vigilado. La angustia de su madre por un posible secuestro hacía que aparte de estar siempre en casa, le acompañara constantemente uno de esos guardaespaldas, como de las películas americanas. Era su sombra, y sospecho que también su amigo, su compañero de llevarle al colegio o al corazón de Nueva York, a patinar en los inviernos crudos de la ciudad.

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Tuve la sensación de que estaba solo en aquel momento. Así que di un salto hacia adelante, empujado por el instinto, sorteé las mesas de caoba y marfil con fotos enmarcadas en plata, y empujé aquella alta puerta al final de la sala.

¡Y allí estaba el inmenso y precioso verdadero tesoro, secreto de la princesa Yasmin Aga Khan! Tendida, en una cama de hospital, rodeada de sombras, solo una leve luz, medida, entraba por la alta ventana semicerrada, y solo el sonido inolvidable de una respiración entrecortada, suave, pero estremecedora. Ni movió el perfil siquiera, aquel como un helecho resplandeciente que solo hacía subir y bajar el cuello, en la respiración  angustiosa… Junto a ella, el largo brazo de la máquina de cristal que regulaba la medicina necesaria, y al fondo, una bomba de oxígeno blanca que vigilaba la respiración de aquella mujer de cabellos muy blancos, recogidos, que me produjo el escalofrío de lo que acababa de descubrir.

Era Rita Hayworth, aquella que fue el amor de tantos grandes, como Orson Welles, el genio, que me habló de ella porque yo le pregunté aquel día que rodaba Campanas a media noche en Castilla. Aquella a la que Glen Ford dio aquella bofetada, increíble, en la película Gilda. Y que sonó en todo el mundo.

¡Aquellos zapatos de la mujer, mágica, bellísima, con el tobillo enlazado, que aun se hacen moda, en los tiempos que vivimos! Aquella voz suya, la pierna desnuda adelante…

– Amado mio… te quiero tanto, no sabes cuánto, ni lo sabrás…

Fue una de nuestras canciones de  hace tantos años, de rebeldía de muchachos. ¡La cantamos tantas veces a nuestros primeros amores adolescentes…!

En cuanto pude, escapé de aquella traición que he contado algunas veces, sobre todo cuando he pronunciado alguna conferencia, o charla mejor dicho, sobre el tema de la enfermedad del olvido, para ayudar en lo posible a los segundos, a los que están a pie de cama, a pie de vida, esperando que quizá un día un algo, haga resucitar su memoria…

Gilda, Rita, Margarita se fue en mayo del ochenta y siete, poco tiempo después. Hoy escribo recordándola para agradecer a tantos, como su hija la princesa Yasmin, que sacrificaron parte de su libertad por estar al lado de la que les parió. Una de las razones por las que merece la pena contarlo. Yasmin sigue su vida, para mí, más importante que nunca, que nadie, madre de dos hijos, Yasmin Aga Khan, que hoy ayuda como puede a mejorar la investigación y la calidad de vida de aquellos que sufrieron lo que sufrió su madre.

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