Felicidades, Majestad

Dado el dicho de que “todos los santos, incluso los cumpleaños, también los pésames, tienen octava”, le felicito Señora, puesto que ayer, como casi todo el mundo ha dicho, cumplió cuarenta y tres años de edad.

Debo decirle con urgencia, que le digo felicidades, aunque tal vez los que quizá deberíamos felicitarnos, que buena falta que nos hace, somos nosotros por tenerla ahí, donde la tenemos, y porque lo está haciendo  muy bien.

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Y se lo dice servidor, este viejo anarquista, cada día más, que se permite el lujo de un día, cuando el Rey padre me preguntó, después del abrazo doble a la mexicana:

– Oye, Tico, dime si es verdad, me han dicho que has dicho el otro día en no sé qué televisión, que eras republicano.

Luego, muy a su aire, abrió mucho los ojos y muy a lo Borbón, me confesó como quien oye lo que nunca habría imaginado:

– ¡Y yo sin saberlo! Eso se avisa, hombre, que nos conocemos hace mucho tiempo, y yo sin saberlo…

Con todo el respeto del mundo, le confesé mi secreto:

– Señor, no dije que era republicano, sino REIPUBLICANO, que no es lo mismo.

Se rió de buena gana. De todas maneras, a Pepe Oneto, el gran maestro del sur, que fue mi director de informativos en Antena 3, aparte de compañero y buen amigo, sé que le dijo un día, hablo del Rey don Juan Carlos, y así lo contó el periodista hace tiempo:

– ¡Hombre, la verdad es que yo también a veces me siento republicano, no creas!

Más o menos. Todo esto viene a cuento, señora mía, por la sencilla razón de que mi sentimiento de viejo luchador, que duda mucho cada día en escribir sus memorias -cosa que todos o casi todos los días me piden- ¡ha vivido uno tanto! Soy consciente de que no es fácil, aunque lo parezca, su papel, tanto en sus palabras, escasas pero certeras, siempre solidarias, como en sus silencios. Esa buena virtud que heredó de la Reina madre, doña Sofía, y que consiste en no estar, fundamentalmente, donde no es necesario estar.

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Señora. Cuarenta y tres años es una magnífica edad para estar al lado de un rey lleno de complicaciones, y las que vienen… Es un buen hombre el suyo, aseguran los expertos que muy delgado, quizá, para apoyar el joven rostro de un rey, sabio para su edad, ocupado y preocupado. Como debe ser, como debe estar. Sólo con eso es mucho ayudar. A mí no me gusta tanto cuando de usted se exalta, a veces en demasía, como corresponde tal vez a los especialistas, su belleza, casi clásica, su sonrisa, ni mucho más ni mucho menos, y sobre todo, su elegancia personal, que no sólo la tiene aceptando el consejo de sus estilista, y aquellos que la visten, sino porque eso nace con uno y basta. No se consigue, se tiene, y me gustaría, mucho, que no lo aguantara usted como un piropo andaluz.

Tengo la medalla de Asturias, inmerecida, y el premio Asturias, también de periodismo por un artículo sobre Oviedo, que es la tierra donde vino al mundo, señora. ¡Si viera cuánto trabajo me cuesta decirle, Majestad, aunque pertenezca al protocolo de la Casa, incluso no sé si se sentirá cómoda escuchándolo! Lo que sí sé es que el pueblo, el pueblo llano, digo, ha entendido la enorme responsabilidad de su cargo, y también la fabulosa sabiduría de cómo pasar de plebeya, y perdone el adjetivo, que es una gloria por otro lado para los que lo somos, a Reina, de reportera a reina -las dos erres- sin que haya habido un raro movimiento de la Corona sobre su cabeza, y más aún ahora que estamos asistiendo al espectáculo de la serie de Carlos I de España y V de Alemania, que pretende contarnos los entresijos, las aventuras de todo tipo, que hay más allá de los muros de la Corte, si bien hace ya mucho tiempo de esto. Menos mal.

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Gracias por lo que hace y cómo lo hace. Nos está ayudando mucho. Sobre todo ahora que a la Casa Real, que nunca será un reality, aunque suenen igual las dos palabras, se la ve con un  microscopio, y no antes, que si se podía ver algo era como dentro del estudio de un telescopio solar.

Felicidades doña Letizia, Reina de España, por su  trabajo, en silencio, que me consta, y que descubro sin necesidad de ser muy inteligente, su labor junto a nuestro jefe de Estado, que si bien no gobierna, reina como le corresponde a su título y su condición. Sus gestos, señora, me conmueven a veces, sus palabras, tan bien dichas, como es su oficio primario, me satisfacen. Cuando se coloca una diadema y veo que le gusta más llevar sus sandalias menorquinas o sus alpargatas de cáñamo. Me gusta mucho verla ir al cine del barrio, comer en un lugar que recuerda, mirar  a los ojos, como mira cuando tiene que mirar. Así que adelante, señora mía, doña Letizia, que tiene la difícil tarea de preparar además a su hija mayor para que sea la Reina de España en su día, cuando, según Churchill dijo, “sólo quedaran cinco reyes en el mundo”. A saber.

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El de copas, el de bastos, el de espadas, el de oros, y –decía el premier– la Reina de Inglaterra. Camino de ello lleva su graciosa Majestad. Mientras tanto que sepa, que sé de buena ley que usted lo lee casi todo, incluso esto nuestro, lo que indica claramente que quiere estar al día. Como en sus tiempos de reportera. También acepto el dicho de que su corazón está ligeramente a la izquierda, pero mi médico, mi cardiólogo, que ha tenido que hacerme la revisión que se hace a un viejo corazón cansado como el mío, me ha confirmado:

– A la izquierda, como lo tiene casi todo el mundo.

Así que le regalo este pensamiento, un día después de su aniversario, como si fuera una humilde flor de los altos valles, de su tierra, puesto que además soy, y de lo que me siento muy orgulloso, vaqueiro mayor de alzada de El Principado.

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