Estefanía de Mónaco, ‘Su Alteza está limpiando elefantes’

De pronto, vuelve a emerger del silencio deseado. Parecía que lo que le gustaba era la alharaca, la gloria efímera pero tan hermosa, lo que podíamos llamar el oropel de la fama. Pero no era así, siempre deseó lo contrario, “como pasar desapercibida”. Pero jamás le fue posible, siempre ocurrieron cosas a su alrededor que la hicieron aparecer en la actualidad más desaforada, bueno, a veces tan cerca del escándalo.

Ahora aparece. Las revistas, las radios, las televisiones, en su casa de la Provenza, creo, Estefanía de Mónaco, perdón, su alteza la princesa Estefanía María Isabel Grimaldi, a ser posible en inglés, la han hecho sonreír, poco, pero sonreír, a los compañeros, cuando hace poco cumplió cincuenta años. Su aire atlético, de espaldas muy anchas, siempre o casi siempre, en un discreto segundo o a veces tercer plano, parece que la han hecho incluso más cercana.

estefania

Hace mucho ejercicio físico, se ocupa a veces de la cocina y se dispone a ser abuela ya mismo. Ya está preparándose para ello, sin otro maquillaje, parece ser, que aquel que el sol le regala, ese aire dorado entre el Mediterráneo y la alta montaña.

Lee, camina y prefiere las zapatillas deportivas al tacón de aguja. Camina como una campesina y no como una maniquí de los Campos Elíseos. Está en soledad, escucha música moderna y clásica, que de las dos siente. Y guarda para sí, desde aquel día de hace tantos años en los que iba con su madre, la princesa Grace, en aquel coche trágico en el que la dorada estrella de Hollywood moría, en una curva de la carretera casi alpina. Dicen que si tal, dicen que si cual, que si era Estefanía quien de verdad llevaba el coche y no su Alteza, la esposa del príncipe Rainiero, al que uno un día le dio la mano en un Baile de la Rosa en Mónaco, cuando Carolina, la irrepetible, resplandecía como Nefertiti en la corte del Faraón.

Un día hace muchos años, cuando todo el mundo la llamaba “la princesa en rebeldía”, quizá porque era un título corto, servidor acudió a un lugar de las cercanías de París, a un descampado donde las luces de la torre al fondo se había levantado un circo. El circo, cuando el circo era el circo. Estaba hasta los topes. No era para menos. Una sorprendente domadora en los carteles: Estefanía.

estefania-295

Y además, en el difícil número, más que de la mujer cañón o la trapecista de los tres saltos mortales, porque salía a lomos de un enorme elefante africano, al que además cuidaba en su recinto. Pregunté, cuando uno preguntaba, que ahora lo único y último que hace uno es responder -cuando es más fácil preguntar que responder-, si podía ser recibido por Estefanía. El joven, creo que afgano, de ojos color ceniza y turbante rojo, como cuando fui a la boda del hijo del Maharajá de Jaipur invitado por su padre, entonces embajador de la India en España, me indicó en un inglés de Oxford:

– Perdón, pero usted querrá decir que desearía encontrarse con Su Alteza la princesa Estefanía de Mónaco, ¿verdad?

Yes – respondí.

– Pues lamento comunicarle que en este momento es imposible, porque Su Alteza está trabajando.

– ¿Y?

– Su Alteza está limpiando a su elefante– no veo fácil que lo reciba aunque venga de España. Y por ¡HOLA!, que se lee en Palacio. Gracias, muchas gracias.

Y se fue con su penacho, imagino que de pluma de pavo real, auténtico como los que un día vimos en los jardines del soberbio lugar donde vivía el Sha de Persia entonces reinante.

estefania-334

Total, que no fue posible, pero sí me da pie al titular de este post de hoy, aprovechando que Estefanía de Mónaco ha roto su silencio después de largos meses de ausencia deseada. Sí se sabe a través de últimas publicaciones, que está contenta de haber cumplido los cincuenta a primeros de año y de que su fundación benéfica camina. Eso sí, ha confesado, también sin una gota de maquillaje encima, lo que se debe reseñar con urgencia en el tiempo que vivimos, y que se mantiene ágil, vibrante y con ese toque suyo de misterio que la hace fascinante, al menos para mí, que soy un buscador de tesoros imposibles, como saben.

Eso sí, nadie me va a prohibir que yo les cuente algo que viví directamente, cuerpo a cuerpo, cara a cara casi. Cuando el director de ¡HOLA!, Eduardo, hace tantos años, me mandó a entrevistar a Estefanía, ni más ni menos que donde vivía como una especie de “luna de miel” con aquel hombre guapo, maduro, cinematográfico, cuyo oficio y beneficio era el ser habitual acompañante de rutilantes estrellas de Hollywood, me perdonan que no recuerde ahora mismo su nombre. Lo que sí sé es que previa cita desde Madrid, acudí a una casa de una planta blanca que se levantaba en una de las “colinas doradas” al pie o cerca del letrero de Hollywood, que hemos visto, y hasta vivido tantas veces, como enviado especial.

Nos recibió junto a una piscina modesta, de guionista de película, junto al Tarzán, bellísimo, con el que compartía las sonrisas y sospecho que también las lágrimas, que es un título cinematográfico de buen recuerdo.

estefania-214

Por cierto, que desde hace unos días sé que hay un color de ojos especial, que es “la mirada azul piscina”. Vale. Aunque entre las piscinas que uno ha visitado, en plan trabajo, ninguna como aquella de Esther Williams, la sirena americana de largas piernas a la que hizo en su día un magnifico retrato nuestro compañero José Antonio Olivar para ¡HOLA!, naturalmente.

Me permito el secreto que deseo compartir con ustedes. Luego, después de aquel día la vi, la conté y la canté, cuando presentó un disco en las Islas Canarias, que tampoco mereció un Emmy.

Su Alteza Serenísima llevaba, por debajo de la cadera, a ver si lo digo con el cuidado necesario, un tatuaje, suficiente, era una rosa azul, exactamente donde la espalda pierde su casto nombre, que se dice. No sé si se lo habrá quitado, porque os lo dice un viejo tatuado que lleva un barco de vela en el brazo derecho, porque el tatuaje es un deseo de un día que luego dura casi toda una vida. No sé por eso si era una rosa o un capullo. Pero sí sé que entonces lo llevaba poca gente, y menos aún, elegidas princesas de la época. Igual se lo ha borrado ya. Tampoco me preocupa. Ya entonces me pareció, un dato de valor reconocido. Ahora tendría que explicárselo a sus nietos muy pronto.

Deja un comentario

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer