El Príncipe Alfonso de Hohenlohe, creador de la Costa del Sol

Bueno, me ajusto un poco, uno de los padres de la Costa del sol. Desde luego uno de los fundadores de Marbella, sin duda alguna. Buena gente, de sangre buena, que quiere decir que era cercano, creador, romántico, alegre, españolísimo, amigo formidable y buen contador de historias.

Viejo amigo, que ya no está entre nosotros, pero al que quieren rendir un homenaje. En ello está mi amigo el Conde Rudy, que junto a su bella esposa, a la que hace unos días visité en su casa del Marbella Club, aunque no tuve tiempo de acudir a una cita privada entre las buganvillas y el suave rumor de las olas de ese Mediterráneo, de oro de día y de plata en la noche, donde se pueden contar una por una las estrellas del cielo, aunque hubo un tiempo que había más “estrellas en el suelo que en el cielo”, y esto era cuando este lugar único, era de verdad único, sin género de dudas.

Por lo pronto está su obra, única, ejemplar en tantas cosas, en cuanto al paisaje y al paisanaje se refiere. El otro día a poco me persigno, al pasar por delante de la escultura de tamaño natural que lo recuerda en uno de los hermosos jardines, en una esquina del jardín más hermoso, o uno de los más hermosos del mundo.

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Les diré que me han dicho que por lo pronto, lo que quieren es, en este momento de yo diría de “como resurrección” de Marbella, trasladar la escultura del Príncipe, de cuerpo entero, hasta la plaza redonda que hay delante del club que el fundó, y en la misma carretera que va desde un lado a otro del Mediterráneo. Aparte, se están preparando otros actos a los que me apunto inmediatamente, porque no sólo don Alfonso fue lo que estamos diciendo, sino muchas más cosas, y entre ellas, la de agradecerle los servicios prestados a los entonces enviados especiales de las historias de glamour, que a todo el mundo gustaban.

Alfonso debió escribir sus memorias. Yo estuve cerca de hacerlas en su día, entre otras razones, porque saben que lo he contado muchas veces, que escribí las de su primera esposa, la princesa Ira, y que aunque fueron unos recuerdos, sin Ira muchas cosas. Está en la gloriosa hemeroteca de ¡HOLA!, desde entonces.

Además, y eso es lo más importante, don Alfonso de Hohenlohe nos daba la posibilidad de que conociéramos de cerca a todo aquel resplandor de iluminarias que habitaban aquella ciudad mágica, sin duda, desde aquella Debbie Reynolds en su balcón de buganvillas, hasta la Reina de Albania, o las princesas árabes que llegaban aquí, con arena del desierto en los ojos, la mirada más hermosa del mundo sin duda, porque la arena de los viejos beduinos había dado paso a una media luna luminosa e irrepetible.

Don Alfonso, con su bigotillo de Errol Flynn, o mejor, de Douglas Fairbanks, las enamoraba a todas, y daba sitio a todos aquellos resplandores que venían de fuera y de dentro. Fue un hombre trabajador que dio trabajo a muchos y que levantó, junto a un grupo de soñadores, el resplandor de un lugar en la tierra que los astronautas veían en el suelo al volver a la tierra.

Le hice no sé cuántas entrevistas, elegante, cercano, popular, sonriente, aquel hombre único, era además un gran cazador, y yo, que aunque no he cazado nunca otra cosa, con perdón, que personajes, tuve la suerte de hablar largamente con él, en Ronda, en aquel hotel, en la habitación donde escribió el poeta Rilke, por ejemplo, aquella frase de “Dad a cada uno, Señor, la muerte que necesita”, y es sorprendente el saber que Rilke murió en el momento exacto en el que se pinchó con la espina de una rosa. Tenía azúcar en la sangre.

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Alfonso de Hohenlohe, nombrado hijo adoptivo de Marbella

Bueno, pues en esa habitación nos veíamos todas las mañanas el príncipe Alfonso y servidor, y ahí él me contaba -que lo tengo grabado, lo que pasa es que no sé dónde, como siempre- todas sus aventuras venatorias, que eran muchas y en todos los continentes, y que están sin publicar en su carpeta, aquí en mi archivo más personal, aunque de él se publicaba mucho, porque siempre era noticia, y lo que decía importaba a mucha gente.

Era más que un play boy, que parecía al primer golpe, pero después tenía un corazón de oro, y era un emprendedor que arriesgaba mucho, a veces todo, en levantar una idea, siempre importante.

Me quedé con aquel puñado de historias, que sería hermoso poner en solfa. Pero la memoria, como siempre digo, está a mi lado. Menos mal. Por eso digo del príncipe Alfonso de Hohenlohe, que luego después del divorcio de la Fürstenberg, la gitana aristócrata, como ella misma se decía, tuvo más de un amor.

No es el momento. Sí el recordar a su última esposa, que murió de mala manera, la pobre, en la casa hermosa, aquella que tenía en la serranía de Ronda, que antes había sido convento, y en la que él cultivaba de forma exquisita- era un sabio en el arte de vivir- unas rosas bellísimas, altos cipreses del silencio y unas viñas francesas que le daban un vino tinto que él a veces regalaba a sus visitantes del cortijo, antes ermita. Se llamaba el vino Príncipe Alfonso y tenía mucho también de su apellido de alteza serenísima alemana.

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Yo lo tuve entre mis libros, mucho tiempo, después de vaciarlo, claro, como un pequeño homenaje a la amistad con aquel hombre que hizo incluso el milagro de plantar palmeras y caer florecer el milagro de los dátiles, en las casas más fabulosas de los reyes árabes lejanos. Les plantó fuentes que manaban agua dulce, les hizo crecer cúpulas azules y llevó sus alhambras de bolsillo hasta allí donde le reclamaron. Fue una persona importante que no se dio importancia y que puso de pie toda una forma de vivir sintiendo, en un lugar que era un paraíso.

Que sirvan estas cuatro letras, quizá cinco, en su homenaje, a la par que reivindico que sería bueno escribir quién fue, que las palabras se las lleva el viento de la tarde.

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