De nuevo, Sophia Loren

También podríamos decir “como siempre, Sophia Loren”, porque sabemos que aún está ahí, o en su villa de Roma, que es una belleza, que le regaló Ponti, el hombre al que no solo le fue fiel toda la vida, sino al que amó hasta el último momento y al que recuerda siempre que puede, o en su casa de Norteamérica, o allí donde le dé la gana de ir porque ella fue un icono en su tiempo, y ya hoy, en la memoria, es todavía, sigue siendo, una leyenda.

Porque además del Oscar, Sophia Loren representó la enorme fuerza del cine de su tiempo sin haber llegado a Hollywood. En Francia la Bardot, en Italia ella, resplandeciente sobre otra mediterránea como Claudia Cardinale, a la que tuve el honor de conocer en Almería, cuando Almería era Hollywood.

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A Sophia le di un beso, si bien en la mano -ya han visto ustedes, han leído, que soy un coleccionista de besos, y no digo ósculos porque es una palabra fea para lo que representa- cuando nos la presentaron a la tribu periodística aquel día en el hotel castellana Hilton de Madrid, cuando vino para rodar la película El Cid, la tuve muy cerca. Aquel día, entre canapé y canapé -porque todo hay que decirlo, aunque nos dieran un bocadito de calamares, a veces, si les dejábamos una señal comprobábamos que eran de un par de días antes, pero el hambre no perdona-. Bien, pues, que aquel día acudimos, los especialistas en el cine a distancia, para verla. Recuerdo bien cómo hice para estar más cerca siquiera un segundo. Le dije:

– Me permito decirle, señora, que la tengo en mi memoria siempre.

Movió sus ojazos verdes uva hacia mí, y me preguntó en un radiante italiano, napolitano más bien, que es el italiano con acento, y adoptó un aire curioso, como si le interesara mi pregunta.

– ¿Y?

– Pues porque somos colombroños.

Yo, ya llevaba conmigo lo que era aquel palabro, aunque después me lo han echado a la cara como falso en más de una ocasión.

– ¿Y?

Volvió a responderme preguntando, que es una manera a la gallega de sobrevivir a cualquier pregunta.

– Pues que hemos nacido el mismo día, a la misma hora.

Adoptó un como aire asombrado, era ya entonces una gran actriz, y volvió a repreguntarme a su manera, que luego supe era de desconfianza napolitana.

– ¿Y?

– Pero es que además, nacimos el mismo año, señora, nos une el cordón umbilical de los números. O sea, usted nació en Nápoles, el día once de septiembre del mil novecientos treinta y cuatro, y servidor nació el día once de septiembre del treinta y cuatro, en un pequeño pueblo de los montes orientales de Granada, el mismo día, si bien desconozco la hora, tengo que preguntarle a mi madre, que además tiene los ojos verdes como usted, y se llama Lola, que ella seguro que recuerda el minuto exacto, que eso no lo olvidan las madres…

Etc. Lo que yo quería de alguna manera era ligar de palabra, por si me servía para la entrevista con algo distinto a lo que teníamos los demás, que era que sería doña Jimena en el Cid, con Charlton Heston.

Que amaba ya a su descubridor, el señor Ponti, que por allí, bien cerca siempre, hacía relucir su calva.

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Y que además, y eso era lo más importante de todo, que iba a estar entre nosotros un tiempo, eso sí. Y que el Cid, don Rodrigo Díaz de Vivar -tengo entre mis pertrechos absurdos la copia de una espada “tizona” como la suya, que pesaba veinte kilos como poco, de la altura de una persona de media estatura- después se descubrió que trabajó en un taller de Córdoba, un herrero de espadas, el mejor de los califas. Etc, etc.

Después de aquella película inolvidable que dejó mucho dinero en España, vino más veces por aquí, y siempre que pude le saqué a relucir lo mismo, aquello que nos hermanaba si no en lazos de sangre, por lo menos en el almanaque.

Todavía cuando nos vemos, en algún aeropuerto, Sophia Loren hizo luego una admirable biografía, como siempre, de la gran estrella italiana, en esta ocasión fue mi compañero José Antonio Olivar, que escribe sus versos hermosos en la lejanía de los años. La Loren y servidor se saludan, y hasta mua mua, dos besos en las mejillas, porque nos recordamos siquiera por el dato de nuestro nacimiento, que no es poco.

Lo que pasa es que a mí se me notan mucho los años, pero a ella no, porque sabe cuidarse tanto, y por eso la actualidad de este día nuestro, porque una marca bien famosa de perfume a escala mundial va a sacar un lápiz de labios llamado Sophia Loren, que va a tener el distintivo del rojo fuerte, que ahora por lo demás, se lleva tanto. Color sangre, que así dicho parece vampírico, pero que es mucho más, sin duda.

Digo yo que además de recomendarlo por su color, será también por la calidad de la marca y por la cantidad necesaria, porque lo bueno es que los labios de la Loren son el laberinto de Borges donde perderse. Y ese hoyito en la barba, que yo creo haber usado en alguna ocasión, literariamente digo, como el sitio ideal para dormir siquiera una siesta de verano, y permítanme esta subida de tono, pero es el otoño, que me desmaya.

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También en cuanto al Cid, tengo la necesidad de hacer un sitio para algo que me une a su recuerdo. De cuando estuvo entre nosotros en aquella película inolvidable el actor Charlton Heston, que lo interpretaba, entre otras cosas, la receta de la paella. Creo que fue en Peñíscola donde se hizo con ella, o se la dieron en pergamino enmarcado. Un día -y se lo agradecí vivamente incluso lo he contado varias veces en una visita para ¡HOLA!-, como siempre en su casa de Hollywood, me regaló una de aquellos inmensos arroces de sus tiempos de levante español.No les quiero dar la receta, por si termina nuestra amistad. Afortunadamente, al día siguiente, el gran actor mexicano Ricardo Montalbán, en su espléndida casa, como una pirámide azteca, en lo más alto de la colina de oro, me sobrecogió con una enchilada inolvidable, para bien.

La vida es así, hoy cara, mañana cruz, depende. Eso sí, de Sophia no he perdido el sueño de volver a encontrármela, ella está estupenda, acompañada de su buena memoria. Su lápiz de labios, pronto en juego, puede pintar la boca de un millón de mujeres del mundo, estoy seguro… ¿y por qué no este  eslogan?: “Bese usted como besa Sophia Loren”.

Digo yo. De ella ya escribí en su día, asomado al vértigo que electriza su figura. De haber tenido una Jimena como ella, yo también hubiera sido el Cid Campeador…

Quizá no entendieron lo que era un piropo elegante. ¡Cómo me habría gustado ser aquel soldado americano que la subió al tanque aquel en el día de  la liberación de Napoles…!

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