Un tranvía llamado Brando

Con motivo del adiós, siempre el adiós como epílogo del “hola”, de, a ver si lo escribo bien, la que fuera la tercera y última esposa del monstruo del cine que se llamó Marlon Brando, a los ochenta años de edad, en una especie como dicen de residencia de asilo en California.

Miren por dónde, esta misma mañana acabo de visitar aquella isla, que un día fue la privadísima residencia de aquel inmenso actor, inmenso en todos los aspectos, llamada Tetiaroa, en la Polinesia Francesa, que Brando conoció cuando rodaba la inolvidable película Rebelión a bordo, y de la que se enamoró perdidamente. O sea, a su manera, así que la compró y empezó a soñar con que un día sería su residencia definitiva, cuando ya hubiera roto su último pasaporte de regreso.

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Porque, sépanlo ustedes, a la isla de uno, de uno sólo, uno debe ir solamente con el pasaporte en regla, pero con el billete de ida solamente para que no haya retorno.

Dicho lo cual, esta misma mañana, con motivo de la muerte de la que fue la tercera esposa de Brando -les daré un dato, el actor que protagonizó de forma gloriosa, la serie El Padrino -, he buscado el prodigioso documental de aquel lugar ciertamente, sólo para dioses, que no llegó a terminar del todo el monstruo de Hollywood cuya vida fue un cúmulo de desaciertos y disparates totales, que incluso fue titulada La maldita, en la que la muerte, el suicidio, las drogas y todas las catástrofes humanas imaginables, dieron al traste con una leyenda, “la de un hombre único que, teniendo todo, nunca fue feliz”.

La mujer, que se recordada estos días, como la que fue la tercera esposa de un hombre que tuvo 16 hijos por él mismo reconocidos, escribió cuando Brando “dejó de estar a su lado” un libro que fue un escándalo en los Estados Unidos, aunque aquí llego “arreglado” poco después, y que se tituló Desayunos con Marlon Brando. Increíble documento que aún se podrá encontrar en las librerías de viejo que todavía permanecen abiertas milagrosamente y que son una fuente constante de la memoria.

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A veces las visito, más para el dolor que ninguna otra cosa, porque los libros que encuentro son míos. He escrito más de veinte, aunque no me atrevo a decir “y los que me quedan”. Los que me guardan están dedicados a mis mejores amigos, a los que absuelvo, dado que sé que han pasado momentos difíciles, como es habitual en nuestra profesión. Yo también lo he hecho.

Así que en la agenda de hoy, Brando. Forma parte de mi colección privada de leyendas, con las que respiré, cerca y vivas.

Porque Marlon Brando vino a España con motivo de aquella película, Sayonara, y por la cercanía con la puesta en el cine de Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams, donde una camiseta sudada, la suya, fue la bandera de toda una generación de jóvenes americanos de su época.

Así que nada mejor y más original entonces que entrevistar al actor insoportable, ineludible, increíble, a bordo de uno de los viejos tranvías que aún sonaban por las calles de la capital de España. Aquellos tranvías… hoy crepusculares de un tiempo que fue.

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La verdad es que no costó mucho trabajo subir al tranvía, amarillo, de raíles, eléctrico, que subía por la calle María de Molina, me parece recordar. Yo quizá fuera un soldado voluntario todavía. El actor se subió al tren dorado a la altura más o menos del Castellana Hilton, que era donde residían los grandes astros que desde Hollywood llegaban a España, siempre de paso. Bien, pues se subió al tranvía de la catenaria eléctrica, el trole, que llamaban los madrileños, ya por lo menos el trofeo de la fotografía para el periódico. Sospecho que se trataba de aquel Pueblo de la tarde, de tan intensa actualidad. Fotos, más que palabras.

Era un tipo diferente, en camisa, con el escaso cabello hacia adelante y una inquietante sonrisa. Todavía la tengo conmigo, pero es en el frente de una camiseta de aquel vivo Zapata inquietante, con los ojos oblicuos, que contó de una manera especial, brandoniana, la historia de la gran revolución de México. La verdad es que cuando viví en el gran país azteca, le pregunté a un nieto de Zapata, en Zacatecas, por su abuelo y por la película de Brando, claro. Y el viejo, que trabajaba la política y el pulque, se sinceró:

– Mi abuelo era más campesino, más del pueblo, era de otra manera…

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Pero es que todo lo que pasaba por Brando, sea el padrino de la voz ronca o sea aquel del tranvía, ponía en pie la extraordinaria estatua de un personaje, pasado por la personalidad de alguien que mereció todos los honores y todos los horrores del infierno y de la gloria.

Se nos fue, Brando, hace diez años. Hoy tendría noventa y uno… Se casó tres veces, vivió una vida digna de ser interpretada por él mismo en una serie fascinante y que estaba llenó de sus propios tics personales. Igual tenía ciento cincuenta kilos que se le veía cargado de bolsas de basura por las calles doradas de Hollywood.

Amaba a los perros y el ron de Colombia, que me lo contaron en la taberna de La Queimada, de Cartagena de Indias, donde compró un barco, una maqueta que hacían los presos de la cárcel, cosa que yo hice inmediatamente y que ahí sigue, naufragado en un océano de libros y que compré solamente para poder contar como hoy la verdad de ese galeón de velas desplegadas que me acompaña  sobre todo en mis últimos viajes transoceánicos.

Termino contándoles, de aquel día del tranvía, algo que no he contado, o poco, hasta ahora. A ver cómo se lo cuento…

Después de la travesía en “el amarillo”, Brando tuvo la amabilidad, quizá la equivocación, de invitarme a subir a su habitación, suite, imperial, del Hilton. El fotógrafo se quedó abajo o se fue corriendo a llevar las fotos exclusivas del tranvía. No lo recuerdo bien. Lo que sí sé es que Brando, que me firmó una foto suya simplemente con su firma, que no es poco y que a ver dónde está, tenía encima de la mesilla de noche, junto a la cama, una especie de trapo, breve, de color indefinible, que tampoco vamos a detallar minuciosamente.

– Es el paño más íntimo de mi adorable esposa india Anna… Su nombre se escribe con dos enes, no lo olvide. Y eso ya no tengo que explicarle más, creo, joven.

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