Se llama Estrella de la Aurora, y de apellido, Morente

También se podría añadir, siempre, el segundo apellido, que es el de Carbonell y que corresponde al de su madre, genial bailaora entre las bailaoras de su tiempo, cosa que siempre dura, de por vida e incluso más allá.

Es bellísima. Ni guapa, ni linda, ni bonita, que son apellidos también que distinguen, no, es be-llí-si-ma. Con todos los adjetivos puestos, tal vez se trate de una de las damas sureñas más, más, del planeta Andalucía.

Pero es que además, ha nacido en Las Gabias, desde la que se ve la Alhambra encendida en todo su esplendor, y es hija, como saben, de Enrique Morente, una de las voces roncas más grandes del flamenco de todos los tiempos. Y se lo dice a ustedes quien lo siente, hasta el tuétano, y cuanto más tiempo pasa mejor.

Estrella Morente acaba de cumplir treinta y cinco años, hace unos días de agosto. Nunca es tarde, niña, para la felicitación, que si hay una edad importante de verdad para las decisiones, para las pasiones, es esa, -entre los dieciocho y los noventa- es la de los treinta y cinco.

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Por eso, la voz, el gesto, el garbo, el modo de estar y hasta la manera de ser le ha crecido de dentro a afuera, se dice en este casi afuera y no fuera, que no me equivoco más que cuando me da la gana- y le ha convertido en lo que hoy es. Mucho más, o además, de los ojos verde olivo, que es un verde concreto, y bien concreto, porque tiene el duende el compás, y también ese descompás querido y sin querer que tenía su padre, del que sin ser su gran amigo, por las cuestiones de la edad y la distancia, sí que fui su paisano, claro, y sobre todo su cantor, porque siempre dije lo que ahora digo en este raro documento de la última semana de agosto, martes y 25 por más señas.

Enrique Morente, cantaor único, irrepetible, de la genialidad, padre entre otros cantes, de la soleá con acento en la a, que a mí me gusta tanto, enseñó a su familia, toda, la Sara, que ya ha roto a cantar de forma definitiva, la otra noche en la memoria de García Lorca en el sitio de su sangre derramada, y que tiene desde que vino al mundo el arte, como una gota de mercurio en la placenta, y me perdonan la metáfora obligada, y que además, nada más romper a gritar lo hizo como quien canta y no como quien llora. Esa es Sara.

Luego está el niño, que ya está en el flamenco nuevo con toda su fuerza desde que rompió a vivir. Su madre es, fue y es, una enorme bailaora, además de madre de las de verdad, y lo que es mejor, sin falsete. Derecha y al combate. Tierna y dura según venga la historia de cara o de cruz. En fin, que de esta raza y de la otra por que Enrique padre no fue del todo gitano… ¡Ay si don Enrique, además, hubiera sido calé, con acento!

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Pero sí la gran mamá. Con lo que Estrella, a la que hoy ponemos de pie en esta estampa, que veo con gran sorpresa que lee en medio mundo, que yo pertenezco, se convierte en un icono vivo, tembloroso, palpitante, trueno relámpago y lluvia al mismo tiempo, que por ejemplo, hace unos días puso de pie a la gente bien sentada del Festival de Cante de las Minas en la Unión, donde uno hizo su pregón hace cincuenta años, más o menos, al pie de ese monumento que suda todavía, de los hierros del mineral, verdaderas esculturas dignas del genio Chirino, que aún permanece.

A lo que voy. Hace poco, lo del Festival de las Minas, ayer que la vi en la dos por las tardes del domingo, cantando, y bailando a Falla, don Manuel, al mismo tiempo y con el terrible y tierno compás del fuego y  la palabra- ¡qué hermosa, Estrella con el mantón al viento! ¡Qué airoso aire el de su acento! Y cerca, siempre cerca, ese torero grande, que no se da más que lo justo, que se llama Javier Conde, que torea como mi compadre Curro en sus mejores momentos. Y que vive en El Limonar, que hasta el nombre parece de una columna del malagueño Manuel Alcántara, mi maestro.

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Y Estrella de la Aurora, con la agenda llena, señora del califato de la Alhambra. La última vez que la vi, le di dos besos de luto, esos que no suenan, en la vigilia junto al cuerpo de su padre don Enrique, en la sociedad de autores de Madrid, bajo las curvas de piedra de Gaudí. En la penumbra de aquel día de llanto estuve junto a los suyos, la familia, alrededor de lo que ya era silencio de ciprés, caoba y mirto.

Estaba Estrella, abiertas las ojeras, llorando mucho, como Dios manda, y con una mano abierta puesta sobre el recuerdo de su padre. Después me fui corriendo a emborracharme, pero como no bebo desde hace años por prescripción facultativa, me harté de beber para adentro las lágrimas que me sobraban.

De todo lo que hoy aquí escribo tiene la culpa esta mujer, que aún tiene en la mirada el paisaje de la Torre de la Vela, porque es lo que ha visto desde que vino al mundo. Esta dama, que cuando canta me pone la carne de gallina. Por lo que dice y por cómo lo dice, de ahí que en la agenda de piel de mi propia piel trabajada, la tenga en la E. No sólo por lo de Estrella, sino también porque siempre, siempre, me trae la inmensa verdad del escalofrío.

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