Romance del torero herido y la esposa embarazada

Hace unas -en un rato libre, que a veces los tengo, no crean- he visto un capítulo más de aquella inolvidable serie americana de la televisión sobre los tiempos durísimos del tráfico mortal del alcohol en los Estados Unidos. Fue una serie espléndida que incluso hoy sigue teniendo su fuerza.

 En uno de sus capítulos, se dice:

– No cuentes la verdad si ensucia una historia maravillosa.

Más o menos. Sin embargo, aunque es una frase para la piedra trabajada o para un tatuaje, antes de lanzarte al océano del olvido hay que pensar un rato.

Gabriel García Márquez me confesó una tarde en no sé dónde, igual en aquella casa rosa llena de escaleras que tenía en Cartagena de Indias frente a uno de los mares más hermosos del mundo:

– Camarada, compadre, que sepas que por más que creas que he inventado tanto a lo largo de mi vida que sepas que antes que nada fui el que llevaba la sección de sucesos en un periódico colombiano. O sea, no creas que te lo inventaste, porque fue cierto en su tiempo.

Debió ocurrir seguramente. Todo está escrito con anticipación a lo que estamos inventando. No hay novela más grande que la historia de la vida.

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Y si no, ya me diréis mis amigos. El torero Paquirri, hijo de aquel otro Paquirri que se nos fue en un día dramático en Pozo Blanco, ha sido herido de gravedad por el cuerno de un toro, que además se llamaba Traidor, en Huesca, la hermosa y tan desconocida ciudad de la campana de la historia y muchas más cosas. La portada de uno de mis libros, La crónica del Pirineo de Huesca, lleva el hermoso cuadro de Beulas que perpetúa su leyenda. Las torres de su hermosa Catedral.

Pues allí, como ya todo el mundo sabe, porque además de ser una historia de sangre a todo el mundo le tira la emoción del gran hecho, Francisco Rivera -“no me importa que me llamen Paquirri” decíamos hace unos días en una de nuestras páginas de la memoria-, herido, cuando habría la flor de su capote, que es una rosa roja cuando se abre, fue enganchado y volteado por el segundo toro de su tarde.

Estaba como quien dice, el torero, volviendo los trajes de luces nuevos, los trastos, la ilusión siempre, siempre, renovada como quien empieza de nuevo. Rezó en su capilla privada y que viaja con él desde siempre: sus vírgenes, sus cristos, sus estampas, la devoción en el cuarto pequeño, por grande que sea, de la ceremonia del uniforme.

Y en el segundo toro de su tarde, la tragedia. A veces los toros, así hay que decirlo, crucifican. Matan. No es una broma estar ahí abajo. La realidad en el paseíllo incluso con el torero del parche en el ojo al lado. Viendo la vida con un solo ojo.

Y la cornada, de abajo arriba, rozando la aorta, rompiendo todo a su paso, cuando el cuchillo se convierte en bala. Esa es la teoría y la práctica de la cogida: “Rasga como un puñal, quema como un disparo”. ¡He contado tantas a lo largo de toda mi vida…! Y atravesando la plaza llena de sangre hasta la enfermería. “Grave, tal vez muy grave”. El torero, de raza, de casta, que “no tenía más remedio que ser torero, por genética incluso, por lo que pesa el apellido y el oficio”, desde el primer momento apreció el sentido del desgarro interior en un gesto de dolor inmenso. Dicen que entró en la enfermería suspirando con fuerza:

– ¡Viva la Virgen del Rocío!

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Que es el santo y seña de su vida, y en un suspiro también el nombre de su madre, Carmen, aquella dama del dolor y del amor, a la que tanto quisimos y de la que tanto escribimos en su tiempo. Todo se actualiza de pronto.

Aquella misma tarde, Lourdes Montes, su esposa, sintió en el sur, donde con una mano en el vientre esperaba junto al teléfono la llamada, esa que siempre existe y más si se puede vivir en la aventura directa de la televisión, como todas las tardes de los veranos del torero, su marido. Aunque hoy eran dos los que esperaban, dos en una al mismo tiempo, el hijo que está por llegar, llegando tal vez hoy, que el almanaque avisa, “cuando llega la hora, hermosa, impecable, implacable, del alumbramiento” la hora en punto de la esperanza conseguida.

Hace unos meses, se lo he contado ya a ustedes creo, almorcé con ellos en Ronda, en la misma mesa redonda sobre el Tajo, dramático y hermoso, en el parador, cerca de doña Mercedes, nuestra Presidenta, en el homenaje inolvidable y merecido a aquel señor de la sangre y de la profesión que fue don Antonio, fundador con su esposa de ¡HOLA!

Me gustó mucho aquella pareja joven, elegante, distinguida y cercana. Ya lo he dicho muchas veces. Poco después se casaron y fue una boda de las grandes, andaluzas, sureñas magnificas, que ¡HOLA! contó también en su momento. La cigüeña, que venía con la noticia de la buena esperanza. La historia que cada vez hacía más bella a Lourdes, su protagonista. Claro. Mi madre decía siempre, que se llamaba Lola y tenía los ojos verdes, que “la maternidad hermosea” y es verdad…

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Me gusta la cigüeña como símbolo. Esa cigüeña volando sobre el paisaje blanco de la casa sevillana, pero en el daguerrotipo goyesco a color. También el pájaro oscuro esperando en el paisaje de los olivos, las encinas, las higueras, las chumberas incluso…

Pocas veces se podrá decir que es una historia cierta, la de la mujer, subiendo del sur al norte con el hijo dentro a la búsqueda del joven esposo, roto, que desciende de las montañas azules del norte hasta el centro, casi de España, donde se encontrarían.

La una llena de vida, el otro, lleno de dolor. El dolor y el amor en la misma historia reunida, en el mismo capítulo, la plaza y la placenta, el vuelo blanco y el vuelo negro. Ya están reunidos, desde hace horas, la cicatriz oculta, debo decirlo pronto. En ese lugar, en Zaragoza,  este periodista vio una de las escenas más desgarradoras y emocionantes de su crónica taurina. Está escrito por mí, mil veces, porque será mil veces recordado.

Ostos sobreviviéndose, casi resucitado después de aquella cornada de Tarazona, Tudela, cuando en la oscuridad malva de aquel momento, el torero herido, el valiente Ostos, echaba hacia atrás la sábana zurbanaresca que era todo su traje de cruces, aquella cordillera inmensa, aquel cornalón terrible, el olor amarillo del que hablaba Hemingway en alguno de sus relatos -quizá en Por quién doblan las campanas-, me echó hacia atrás como si una mano grande me golpeara en el rostro…

Dice Ostos ahora, cuando nos vemos, que nos vemos poco, que “llegué a marearme de sólo ver la firma formidable del cirujano de guardia”. Puede ser. Hoy con el propio recuerdo me viene el escalofrió, la carne de gallina… Pues ahí, en otro momento, la historia es sin embargo más inmensa, más casi impasible, porque Lourdes, la esposa guapa del torero, le ha dicho a quien quiera escucharla:

– Yo no me muevo de aquí hasta que Paco no salga del sanatorio. Y si tengo que parir aquí porque me llega la hora, aquí que espero a lo que venga. Es el mejor lugar donde puedo hacerlo…

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El milagro es doble. Paquirri y su gesto de dolor, Lourdes y el suyo de amor junto a su hombre. No es una historia de aquellas del caballero audaz, que era cordobés y de montilla y que escribió historia de toreos y toros memorables. Lourdes y paco, en el mismo folio, en el mismo comic, en el milagro doble de las “sonrisas y las lágrimas”.

El torero otra vez golpeado por su propio oficio, Pozo Blanco, sin querer queriendo en la misma historia. Padilla, tuerto de toro, el Fandi, valiente siempre, y los hombres de plata de la cuadrilla, llevando en hombros al gladiador de Triana. Tan cerca en la cornada del ombligo. Una cuarta más abajo. Y también en su joven esposa, la vida, la niña que ya han visto casi sonreír en la esperanza.

Se llamará Carmen si es que no ha llegado con el susto. “Mi hija y yo estaremos aquí con su padre hasta que los dos, o los tres, regresemos a Sevilla”.

Lo diré por fin, aunque no me gusta decirlo nunca. La vida y la muerte, o mejor la muerte y la vida, en el mismo canto de la misma moneda. Pareja, habrá que ir pensando en hacer su visita, los tres, en brazos o dentro a la del Pilar que es la misma que la de Triana, sólo que hablan de distinta manera…

Cuanto antes mejor, Carmen y Francisco, y como en la copla, que siempre, siempre se repite:

-Mi niña y yo, donde esté mi ‘marío’…

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