Por qué lloran las tortugas

Tiene su razón el que en esta galería, casi siempre protagonizada por seres humanos que a veces son de todo menos humanos, hoy, hoy escriba para ustedes como siempre -que son, más que mis lectoras y lectores finales, mis fiscales, pero también, muchas gracias, mis abogados defensores-, les escriba digo, de las tortugas.

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Se debe a que en un estudio reciente sobre eso que se llama la audiencia en televisión, o sea, aquello que más ve el espectador, a lo que más acude, en lo que más se queda si lo encuentra, es sobre todo, aquello “que trate de especies animales”. Y entre ellas, aunque no las primeras, están primero la ballena, el tiburón y el lobo -más o menos por ese orden-, las tortugas.

Le gustan a la gente, a la gente en general sin necesidad de ser expertos en la materia. Prueba está en que hoy se adquieren en los sitios habituales, como compañeros más solicitados, aunque no estén al alcance de todos los bolsillos. Así que podría decirles que las tortugas forman parte de mi vida, pero no en lo que es mi oficio -aunque hay mucho galápago suelto-, ni en mi vida de viejo quelonio que es lo que soy, sino incluso en lo que confirma mi amor por la aventura.

Por ejemplo, yo he visto desovar a las tortugas en su propio sitio. En aquella isla de Costa Rica, más allá del río Tortuguero, donde estuvimos presentes en el gran paritorio emocionante. De noche y en torrente, esto es, cientos de grandes tortugas, apretando las pobres en el agujero en la arena previamente trabajado por ellas mismas y luego, huevo a huevo, su enorme, increíble, preciosa  puesta en vida de sus hijos.

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Huevos blandos, blancos, gelatinosos, que inmediatamente debían cubrir por si los depredadores, que esperan. Los cangrejos de roja cabeza y altas patas, los pájaros negros, tipo zopilote de playa, que sobrevuelan la escena. Los reptiles y visitantes peligrosos, entre los que nos encontrábamos aquel breve y valiente equipo del programa Trescientos Millones, que aún se sigue dando a retazos por toda América, y que hicimos para la Televisión Española en su día.

Y desde luego, aquellos otros depredadores que sólo buscan el sabor incluso de la propia tortuga, que debo descubrirles a ustedes, es riquísimo, mezcla de marisco y pez, que he saboreado muchas veces, sobre todo en esa famosa taberna llamada La casa del Capitán Tortuga, en Honduras, y concretamente en su capital, Tegucigalpa.

Pues a lo que voy: las tortugas lloran, no por los dolores del parto como se ha dicho en muchas ocasiones, no. Sino porque al mover la arena para hacer el agujero donde depositar sus huevos, como todos los años mientras viven, arrojan esa tierra de la playa húmeda de la mañanísima hacia atrás con sus patas delanteras, y esa fina capa arenosa se la van arrojando, las pobres, a los ojos, con lo cual las lágrimas tortugueras afloran inmediatamente, y en sus ojos oscuros hay una clara humedad que se te antoja de sufrimiento por el parto, y no por el esfuerzo del trabajo efectuado…

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Quizá no está bien explicado del todo, pero sé que, dada su generosidad, sabrán entenderlo. También les podría decir que en la coraza inmensa de una de aquellas madres descarriadas, pinté con tinta indisoluble, capaz de sobrevivir incluso al agua salada más profunda, mi nombre, Tico Medina, la fecha que no recuerdo tampoco de aquella noche inolvidable, y también el título del programa de televisión para el que trabajábamos.

No sé lo que habrá sido de esa inmensa tortuga laúd negra tirando a verde oscura, ni por qué mares del mundo navegará tanto tiempo después, si es que sigue navegando, aunque cada día, la pobre, tiene más enemigos y depredadores. Desde la inmediata biblioteca llena de extraños cachivaches que me cerca, veo dos cabezas de tortuga ya blancas, en el hueso, desde hace muchos años y en algún sitio de esta casa, ya de “restos de tantos naufragios”, hay en pie, colgada de la pared, una tortuga en su caparazón que me traje disecada de la isla africana de Annobón; que si miran en el mapa, está al final de la Guinea Ecuatorial, de cuando era colonia española. Creo que fui a realizar un reportaje, no sé para dónde, con el título de “El último lugar donde ondea la bandera de España”. Por lo lejos.

A una modesta casa junto al mar, tanto que entraba la marea un día sí y otro no y había que cambiar las hamacas de sitio, le pusimos, en la ribera ya del océano de la Antilla, de donde era el hombre que dijo “¡Tierra!” en el barco de Colón, Don Rodrigo y no de Triana aunque así diga la tradición, le pusimos de nombre, La Tortuga, y con el nombre ha quedado para propios y extraños, en la inmensa playa onubense donde hemos sido todos tan felices, incluido este servidor aunque siempre estaba de viaje.

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He escrito mucho de tortugas, muchísimo, las tengo en un aprecio infinito desde siempre, más concretamente desde aquel día que me retraté, como hacían todos los turistas de la época, encima, ligeramente eso sí, encima del viejo residente de las Galápagos que, creo, se llamaba Jerónimo, y que hace poco acaba de morir después de más de trescientos años de vida, harto de lechuga y de aguantar a los otros también depredadores de la fotografía, y menos mal que se ha ido antes del selfie que habría convertido su más o menos paradisiaca vida, es un decir, en un purgatorio insoportable.

Mi hijo Ignacio y su chica, María, continúan la tradición, porque tienen en su casa de la sierra granadina otras dos tortugas domésticas, a las que vemos crecer a través de las fotos que nos llegan desde el patio en el que habitan, y son respetadas y queridas. Son más bien manejables, pequeñas, casi caben en una mano, las dos, pero viven, conviven, tal vez sobreviven, en la compañía de dos gatos, bellísimos, que las comparten y las quieren. Nunca llegarán los pequeños quelonios a ser como el gran padre de las islas de Darwin, pero sí son un referente de que a todos, a todos, nos gustan los animales, sobre todo a los del oficio, que somos varios, y en cierto modo, respetados.

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Podría seguir diciendo que volví a la vida, después de aquel aterrizaje ho-rro-ro-so, en la costa Limón de Costa Rica, cuando íbamos a entrevistar al comandante Cero, Edén Pastora, un viejo guerrillero inmortal, y estuvimos a punto de acabar entre los manglares del gran río que lleva el nombre de Tortuguero… también es casualidad. Tengo camisetas con tortugas de todo el mundo y, en el fondo, me veo ya un cierto parecido con el animal recién contado. Cosa bien natural porque todo se pega en el mundo menos la hermosura.

Me han dicho, hace poco, que la princesa Borbón que coleccionaba cerdos chinos en su tiempo, y hasta incluso ranas de todos los tamaños y procedencias, ahora tiene en su casa preciosa de Madrid, en el inmenso prado verde que la rodea, una formidable colección de tortugas. Beatriz, es genial. Tanto que, además de tortugas de a pie, cada una con su nombre a la espalda, como si fueran futbolistas, tiene otra colección de tortugas, también de diversos materiales maravillosos, de tocador, de espejo, de plata, de…

Quizá por eso, Beatriz se ha convertido este verano al arte vegano y sólo desayuna, merienda y cena, verde -que te quiero verde-, verde… como dice la copla aquella de Manzanita. ¡Ay, si hablaran las tortugas!

  • Buenas tardes. Mi nombre es María, vivo en Venezuela. Tengo una morrocoya desde que tenía tres meses de edad. Es adoptada. Ya tiene 17 años. Vivo en un apartamento y camina por todos lados; convive con mis dos caniches (un toy y un mini toy). Se la llevan muy bien. Sin embargo, me he dado cuenta que de vez en cuando, llora. Yo la acaricio a lo igual que mis hijos y nietos cuando vienen de visita. Es tremenda y juguetona, le encanta meterse por todos los rincones y alturas que pueda alcanzar, además, de que cuando viene visita, sale a saludar . No entiendo por qué llora; cuando me doy cuenta la subo a mis brazos la acaricio, no le falta agua y comida (ya no quiere flores ni lechuga ni nada similar; sólo alimento seco para perros, jajajajaja!! ); siempre le hablo, pero tengo esa duda: Por qué llora. Gracias.

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