María Teresa o el dolor compartido

Porque sí, María Teresa, que no hay que añadir siquiera el apellido, porque se ha ganado a pulso a lo largo de muchos años de oficio, de arte, el que con “el sólo nombre basta”, ha podido comprobar que en este antiguo país, nuestro, aún llamado España, basta con que alguien se nos vaya para que alguien se ponga el luto. Pero ocurre, porque el dolor tan cerca siempre del amor, casi siempre, aflora inmediatamente y se demuestra.

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Es por eso que hoy acudo al retrato urgente de una dama, que no necesitaba de mí, de este viejo fotógrafo del caballo de cartón que cuenta lo que ha vivido. María Teresa Campos es una mujer 1, o sea, la primera entre las primeras. En su aguante, en su propia vida, en su hay que alegrar la vida de los demás aunque la mía este quebrada, en su profesionalidad, en su inmensa popularidad, en su cercanía, la Campos ha vuelto estos días atrás, con el adiós de su hermana Araceli, a demostrar su fuerza, su presencia vital cuando el pueblo llano, del que no sabemos  ni su nombre, demuestra claramente, lo que sabe agradecer, a los que de una u otra forma, están más cerca de cada uno de nosotros.

En la alegría, en la tristeza, en la sonrisa, que ella sabe regalar como nadie, o en lo más importante, de María Teresa, la Campos, es que ella tiene la extraordinaria y difícil virtud, que no se aprende en libro alguno, de preguntar como quiere preguntar la calle, de saber con elegancia y con eficacia lo que el planeta del silencio, la verdad del segundo de libertad, de cambio de canal, quiere saber. De despegar despacito, pero con mano segura, la otra piel bajo la que intentan sobrevivir, en el planeta de la gloria, en ese submundo increíble de la fama.

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Yo, siempre yo y me perdonan, pero es que insisto, esa es mi única sabiduría, mi única autoridad, que he trabajado mucho tiempo con su hija Terelu, su heredera, que acaba de demostrar con originalidad la doble moneda, del canto y el llanto, sustituyendo, a su madre en la presentación de los tiempos felices del sábado y el domingo, más o menos, acudiendo a la fiesta ya en pie, de sus cincuenta años, ese medio siglo grandioso Terelu, te lo digo yo niña, ahora o nunca, yo, que he estado cerca de Terelu tanto tiempo, por ejemplo, en su programa de la tarde de Telemadrid, dimos, en su día, la noticia histórica de que el entonces príncipe Felipe, ahora rey de España tenía novia, y que era periodista y presentadora de la televisión española, etc

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O sea, que incluso puedo decir que conozco a María Teresa a través de lo que en su hija siembra: la valentía, la forma de hablarle a la gente, mirándola a los ojos, cosa que parece fácil pero no lo es. Y Terelu aprendió de su madre, que lo hace con su acento malagueño lejano, su mirada, amada, sí, necesaria, y ese gesto suyo en la mano, aunque a veces, que los dolores, no digo los años María Teresa, no pasan en balde, y en eso la Campos, ahí está, mandando en la audiencia de los fines de semana, en el metal de su voz, porque tiene la inmensa fortuna de venir de la radio, donde la voz es pasaporte necesario…

En fin, María Teresa, que podía haber acudido al internet, donde está parte de nuestra vida, por suerte o por desgracia, muchas cosas no confirmadas, pero yo lo que quería, es contar desde la emoción, más que el compromiso, yo no tengo ya más problemas, que los que mi propia pasión despierta.

Querida María Teresa Campos, medio paisana mía, porque quiero que sepas que, en Tetuán, un hermoso dato para mí también, está la historia de mi familia nazarí, allí guardada en un archivo donde el nombre de mi pueblo granadino, Piñar, cuenta la historia de mi apellido y el de las  once torres de su castillo… Como me une también a ti, después de haber leído tu último libro, esa grana pregunta que te haces y a la que inmediatamente respondes, sobre si el amor es o no necesario…

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Lo es, María Teresa Campos, niña, lo es, por que mira, ese otro amor el del pueblo desconocido, ha sabido demostrártelo con la mejor de las maneras, ofreciéndole, más que solidaridad, que a veces es una palabra lejana, su amor, mejor te lo digo, tu cariño.

Que te sigo viendo y teniendo, y gracias por llamarme el otro día, “el conocido periodista”. Mejor el silencio, a veces, María Teresa, menos en tu caso, que te lo sigues ganando día a día, a veces con un bello puñal yemení, a veces, más veces, con esa orquídea, nacida en la terraza de tu casa de Málaga frente al mar más hermoso del mundo.

Te quiero aunque no te lo diga en directo los sábados ni los domingos, y te quiero, como a veces digo, por cuanto me enseñas cada día, desde que te conocí en Radio Juventud de Madrid… no estaban los estudios en Diego de León, cuándo eras una muchacha con tu dolor a cuestas, que siempre te hacía más guapa y más difícil. Tuyo.

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