Isabella Rossellini, la hija de dos leyendas

Si difícil es ser hijo de una leyenda, imagínense serlo de dos. Y además, de dos como éstas.

Ella, Ingrid Bergman, que aparte de haber sido sin género de dudas una de las mujeres más bellas de la historia del cine, ha sido una de sus más grandes actrices de todos los tiempos.

Él, Roberto Rossellini, director de cine italiano revolucionario en su tiempo, genial, capaz de convertir cualquier tipo de película en su mano en una obra única. Su  producción es hoy una pieza de arte y de compromiso allá por donde se proyecta.

El talante de Ingrid, la guapísima sueca, y el talento de Rossellini, que tenía las dos R del Rolls como dijo alguien, equilibrio y potencia, hicieron que, digo yo y creo que digo bien, Isabella sea como es: distinta.

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Dicho lo cual, y como está siendo actualidad, siempre de un día para otro, en el filo de la navaja de que “no hay nada que envejece más rápido que un periódico de ayer, más todavía si el periódico de ayer vuela en el aire como una efímera mariposa aunque permanezca sujeto por un alfiler, en una colección privada”.

Yo tuve una andina, espléndida, que perdí en alguno de mis numerosos viajes, con todo encima, por el mundo. Aquí me tienen, que acudo a “La Rossellini” porque estos días presenta su última película que trata del “amor entre los animales”. Hoy, lo que ya estaba en mi cabeza y en mi corazón también, viene a vernos, a estar con nosotros unos días, la hija de Ingrid y Rossellini. Bienvenida sea, este es más o menos su retrato.

Edad, sesenta y tres, creo. Actriz total desde que su madre la parió. Irremediablemente distinta. Carita redonda, rostro de luna, elegante, personal, valiente en su vida y en su obra, que entre las cosas que la distinguen está el hacerlo todo bien, por ejemplo capaz de alternar la responsabilidad de ser vicepresidenta de una de las firmas de la belleza del mundo entero más importantes como Lancôme, con cualquier tipo de interpretación artística. Desde “La fiesta del chivo” que vimos hace poco en el cine, después de haber sido libro en la obra de Vargas Llosa,  hasta vivir su papel de imagen de la belleza, desde hace muchos años, primero en la serenidad de su propio rostro y después, aguantando ante el espejo la fuerza de los años, con elegancia y presencia.

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Cuando vino por España, no hace mucho, asomando en su rostro todo su mensaje, la entrevisté en el Ritz de Madrid por encargo de ¡HOLA!. Estuvo como siempre está, crecida, formidable, haciendo de su propia estatura (es una dama, normal) sobre sus tacones, aunque aquella tarde estaba descalza, brillante, directa y comprometida. Tanto es así, que en un momento determinado, después de mucho hablar, con intérprete, de su casa de belleza, me confesó sonriente, respondiendo a mi pregunta:

– ¿Y es la cara, Isabel, el espejo del espíritu? ¿Lo que asoma al exterior es producto de lo que vive en el interior?

Sabía lo que se jugaba, pero echó por delante su corazón y grabó en la piedra la hermosa frase, que además es cierta, aunque el dolor, físico, no puede camuflarse:

–  No. La cara no es el espejo del alma.

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Con eso ya es suficiente para contar de su valor, como en la mili, reconocido. La Rossellini, que se nos casó con un director de cine, revolucionario, y que además, en los contratos que firma sólo exige un par de cosas: ventanas grandes a la calle, un coche esperando por si se le ocurre pasear la ciudad que visita. Y no una nevera portátil, que es el consuelo de tantos artistas de trabajo por el mundo. No, si acaso una sola botella de agua.

Se comenta que a veces, la pueden ver cerca de donde esté, en soledad deseada, esperando un taxi o un paso de peatones. A su madre, Ingrid, la vi de paso en el Central Park, corriendo, dentro de su chándal deportivo. A unos pasos de ella, un escolta o un enamorado, pero ella, por delante, con las aletas de la finísima nariz abiertas. No me dio tiempo, además me jugaba mucho, a preguntarle nada. Yo vivía en el Saint Pierre y estaba de paso. Ella iba a su aire dejando detrás como la cola del paso fugaz de un cometa. A Rossellini siempre acudo cuando tengo ganas más que de recordar de aprender.

Y aviso. Si la Rossellini necesita un chófer, ya sabe dónde me tiene a su paso por Madrid. Tengo ochenta años, ya lo sé, pero mi carnet de conducir está rigurosamente a punto, en regla.

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