El día que besé a Claudia Schiffer

Aprovechando que en unos días la super super supermodelo -por tres veces super- Claudia Schiffer cumple los primeros cuarenta y cinco espléndidos años de su vida, me viene a la memoria, que es lo único que me va quedando, aquel día, mejor noche, porque fue de noche, en el que me permití la gloria bendita de poder besar a Claudia, la top más top de todas las top, con motivo -debo decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, como se dice en los juzgados- creo, de una entrevista que me fue concedida, raro honor, para la televisión en la que entonces trabajaba y que creo que era Antena Tres. Pueden comprobarlo.

Bueno, pues con esa hermosa circunstancia, hablamos la modelísima y yo, si no ampliamente por lo menos cerca, a la sombra de las luces en flor, eso sí, junto al coche que entonces promocionaba, aunque aquí entre nosotros, el coche era de una marca alemana buenísima, lo mejor era su ocupante: ELLA.

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Servidor que había tenido ya la suerte, de aparte de las nuestras, que son muy buenas, buenísimas, de conocer las grandes estrellas de la pasarela,  por ejemplo, Cindy, a la que tuve el gusto, el honor, de conocer personalmente cuerpo a cuerpo, en la casa ¡HOLA!, sí señor, en el ático un cumpleaños inolvidable. Y aparte de Naomi; a la que saludé, también, mua mua, cuando era la novia de Joaquín Cortés, aquel bailaor nuestro, gitano, que aunque promocionaba un perfume italiano, fue y dijo un día, “ninguna olor como la del puchero gitano que hacía mi abuela, en nuestra casa de Córdoba…”.

Bueno, pues la Cindy, que olía a leyenda, y Naomi a canela, yo diría que en la cercanía, Claudia, que tiene nombre de emperatriz romana aunque es alemana como saben, olía a manzana. Sí señor, a manzana, como casi a zumo de manzana, que es como decir a sidra primitiva, de la que se sacaba de los viejos manzanos de la asturianidad, en aquella casa que tenía en el Pomeral, Corin Tellado, la más grande escritora de novelas, que llegó a escribir cinco mil, y que yo de vez en cuando, como en peregrinación, subía a visitar a su casa del Principado, total, hace unos pocos años.

Claudia tiene de estatura física, digamos que uno ochenta, lo que obliga a uno, que es de la normal, a levantar si bien brevemente la cara para  oficializar el beso que da pie, a esta crónica de hoy día de agosto en el que las perseidas, hoy o mañana, habrán de llenar los cielos, como les decía ayer mismo creo. Claudia, bella, ojos azules, preciosos, dorada piel del sol de Mallorca donde acaba de emerger como una sirena en una playa de las pitiusas, y sobre todo, cercanía química además de la física, lo que casi me atrevo a decir que mi vida se divide en dos partes, una, antes de Claudia, y otra después de Claudia.

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Claudia riquísima, en todos los ámbitos, más de cien millones de dólares según Forbes, y sospecho que aun con su casa en Mallorca, lo que demuestra su talento natural. Hace unos días se la ha visto en el mismo restaurante al que va el Rey Padre, me sigo negando a llamarle emérito, cuando aún era soberano total. Un sitio único, en el port donde antes dejaba el yate don Juan Carlos mientras se tomaba, entre otras cosas, aquel pan con saladillo que tanto le gustaba, y que era en el fondo y hasta en la forma, un pan medio judío medio árabe de la niñez del  restaurador granadino, dueño de la bella terraza.

Claudia, hermosa, sí, hermosa, sin llegar a hermosota, que es un calificativo que ningunea a sus propietarias. Piernas bellísimas, con la facilidad y el arte de cambiarlas de sitio sin que llegue a ser el de la memorable escena aquella de la película de Douglas. Hablamos Claudia y yo: “Tu también tienes casi nombre de emperador, porque creo que de verdad te llamas Escolástico”…

Sería de emperador romano, pero cristiano, claro, si bien lo mejor de la entrevista; la mano tibia tirando a fresquita de Claudia, bien que la recuerdo, fue cuando el compañero que dirigía las dos cámaras fue y dijo:

– Debemos repetir, por lo menos, que no lo tengo claro, el final, la despedida.

Menos mal, porque además era la escena de “adiós niña” que yo a veces digo, pero que incluía el beso de regalo. Y además había que mantenerlo siquiera un instante, que para mí fue, debo decirlo, una eternidad. Veamos, cierro los ojos, los labios ligeramente húmedos, la boca sin llegar a entreabierta, pero un beso, i-nol-vi-da-ble, aunque fuera de adiós, de despedida, de aquella nena. Tendría entonces los treinta y cinco, que es una edad maravillosa, también los cuarenta y cinco, y según observo, hasta los sesenta en casos concretos, etc, etc…

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El piropo es largo porque merece la pena en tiempo de manzanas, y además, porque Claudia, que ha aprendido algo de español, sigue gustando del sol que ofrecemos a nuestros visitantes. Y porque a a mi viejo cuerpo le ofrece la oportunidad de compartir con ustedes un beso lindo, doble, en este momento que vivimos, tan lleno de los llamados besos de judas, con el sabor indiscutible de la traición y la mentira.

Claudia sigue entre nosotros, y ahora mismo me pongo a buscar la foto, que perpetua un momento imposible de repetir. A no ser que un día me plante a la puerta de su casa, de Inglaterra por ejemplo, o de la montaña mallorquina, para repetirlo. Llevando, eso sí, un selfie de esos, que ahora se llevan tanto. Para mí, que he tenido que recibir, y que entregar tantos gestos como este, profesionales sobre todo, digo, con estas breves líneas, como aquel  día memorable, cuando se acerca el cumpleaños de la Schiffer, es el humilde regalo de este ramo de palabras, reunidas, en nombre no solo mío, sino de todos aquellos, y aquellas, que como yo llevan su foto en la cartera, o en el frontis de su coche, aunque no sea alemán.

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