Doña Sara de la Mancha

Creo que en ¡HOLA! fuimos los primeros, hace algún tiempo, en jugarnos a una sola carta -la de su publicación- que la Carbonero era un acontecimiento. Tampoco había que ser un adivino para avisarlo. No había más que verla, pero es que además había más cosas: las historias, todas, siempre necesitan eso que se llama “la prueba del algodón”, o sea, hay sobre todas otras, una formidable que no falla nunca: el paso del  tiempo. Eso sin esperar mucho, para que no entremos dentro de eso que se llama “el resplandor de la nostalgia”.

Cuando escribimos aquello que está en la Holateca, es el caso que merecimos, que no es poco -por lo menos, a veces ocurre si no con mucha frecuencia-, que del departamento de prensa y relaciones de la periodista, recibimos un saludo de agradecimiento.

Vale. Menos da una piedra. Y sobre todo si se trata de una piedra preciosa.

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Sara Carbonero mereció poco después, al menos por mi parte, más por viejo que por sabio, el apellido de la Mancha. Hasta entonces esa distinción indiscutible había vivido junto a aquel raro resplandor que fue Sara Montiel, ya saben. Pero se nos fue Antonia, que era su nombre de verdad, y he esperado el tiempo, que todo lo fija o lo diluye, para enviar hasta su casa -su sitio hermoso de nueva vida de Oporto, junto a su marido, el ya mítico Iker Casillas, y su niño- el nombre que ya he anotado en mi carnet de urgencias: el de Sara de la Mancha, que como cervantino que soy, me gusta tanto. Tengan en cuenta que durante años asombré al mundo quijotesco con el nombramiento de presidente de la Asociación del Buen Escudero Sancho -sin el cual no hubiera sido posible la figura del caballero emérito-, título que ostenté durante mucho tiempo con sede en Alcázar de San Juan, donde hasta tuve un molino habitable que se llamó de esa guisa, que se diría en buen castellano de la época.

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En fin, que doña Sara, la Carbonero, aquí entre nosotros y para todos, continúa creciendo en el interés nacional e internacional. Por donde pase, arrasa. A las primeras de cambio por su belleza indiscutible, que es bien visible. O sea, no hay mas que verla. Creo, sin género de dudas, que se trata de una de las mujeres que yo he conocido -y he conocido unas pocas gracias a mi oficio, que algo bueno tenía que tener- y además, y esto es lo más importante, dama que en cuanto a su vida, su profesión, y su imagen de familia, más haya ido aportando, pasara por donde pasara, en un informativo de deportes, en un paseo por la playa, o saliendo de ese restaurante al que van de las afueras de Madrid, zona norte, cerca de donde hasta hace poco vivían.

Ahora, Sara de la Mancha se nos ha ido más lejos. Sé que su propio esfuerzo ha servido para que los portugueses puedan presumir hoy de tener a uno de los mejores porteros del mundo -el mejor mientras no se demuestre lo contrario-, y además me consta que en la excedencia que ha pedido la compañera. Llevamos, por otro lado, un tiempo, será por la cercanía, que reporteras de a pie de micrófono han hecho posible que sepamos mucho más de los lejanísimos astros, llegando hasta el fondo duro de su corazón de diamante, que en efecto palpita y hasta hay veces que se ve al otro lado de la piel de la camiseta…

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Lo dicho. Sara ya ha causado una gran y buena impresión en Portugal, país que me gusta muchísimo desde sus grandes escritores hasta sus paisajes, su cocina, sus pueblos del Algarve, etcétera, etcétera… También me consta que va a ser la reina de esa zona, preciosa y precisa, donde sé que ha causado enorme sensación, en todos los aspectos: como esposa, como madre, como profesional incluso. Sé que Sara, o al menos eso me han dicho, lleva un diario que ella conoce y que Iker tambien sabe de él. Sé que lee mucho, y que sería una buena corresponsal en Portugal, donde pasan muchas cosas, y que con el tiempo, ya lo verán, será una experta en los libros de Saramago, los versos de Camões, enorme poeta, y hasta en las chimeneas manuelinas que me gustan tanto, sobre todo si están arropadas abajo por los espléndidos mosaicos azules, que debían ser patrimonio de la humanidad.

Y termino, después de ver hoy el extraordinario ventanal sobre el gran milagro del agua al que podrá asomar a su heredero. Encima, Iker está  jugando mejor que nunca. Y  Sara, que se es grande también en los silencios, más todavía que en los gritos, va serenando su espléndida belleza. Belleza que no se asoma al rostro si no se alimenta en el alma.

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Dicho lo cual, contar que hace tiempo, hasta hace bien poco, si éramos malos nos castigaban con ponernos en los zapatos -que poníamos en el balcón en la noche de Reyes-, un puñado de carbón. A mí, a esta edad que soporto, no me importaría, se lo juro, el volver a colocar mis viejas botas chaplinianas de correcaminos, de cuentahistorias en mi ventana de hoy, si lo que me van a traer los Magos es carbón. Sí, pero del que guarda la Carbonero en la profunda mina de su forma de ser y su manera de estar.

Por si acaso, este año cuando llegue el invierno, volveré a recordar la vieja ceremonia, junto a esta carta que envío por adelantado. Suerte, compañera. Mucha suerte, niña.

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