Carolina, ninguna como ella

A veces, aun en su silencio, en su deseo de estar, si es que está, si es que tiene que estar en un discreto segundo plano, Carolina -ni siquiera hay que decirle Princesa– es la gran primera dama de Europa, de aquella Europa antigua, que no vieja, que se nos ha ido como el agua entre los dedos, al caer del grifo dorado de la historia.

Metáforas aparte, que no está el día para metáforas; Carolina, la de Mónaco de toda la vida, sigue siendo la mejor, o de otra forma escrito: única en los dos más recientes sucesos de su Corte, de los que aún estamos disfrutando sobre todo con ¡HOLA!. Carolina vuelve a emerger, silenciosa, a veces sonriente, segura siempre de sí misma -cuatro eses juntas-, como la que no ha podido ser destronada, ni aun en su propio exilio. En un bosque, escaso de árboles sagrados que aún permanecen, Carolina, bien puede ser el producto de un cruce mágico entre una palmera y un mango.

Contiene, aun en la nebulosa de su propio deseo de no aparecer, apareciendo, como esa campana que se va perdiendo en la niebla del barco fantasma que sobrevive a su naufragio. Es la marca implacable del tiempo. Siempre que la vi en el Baile de la Rosa, donde fui un día hace muchos años, enviado especial -espacial más bien por el resplandor de la Corte presente-, navegando en su viejo barco maravilloso cuando aún era feliz o sobre todo -mejor dicho, y sobre todo-, vestida de negro en cualquiera de sus tres viudedades, aunque vivan aún dos de sus maridos. La Princesa Carolina de Mónaco es la Gioconda del museo agonizante de las últimas monarquías del Imperio austrohúngaro.

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Es una superviviente de su propia tristeza. No hay que olvidar que cada vez que se asoma a una de las ventanas ojivales de su palacio de Mónaco ve el mar, la mar feroz en la que murió el hombre que, sin duda, fue al que más amó. En su propio ataúd de plata, a la gaviota rota sobre el Mediterráneo le basta con abrir una de las páginas que llegan de fuera, de cualquier color, de cualquier calor, para averiguar que el mundo sigue y que sus depredadores viven, aletean, incluso aman o parecen fingir que aman, desde los altos castillos donde aquel rey de chocolate vivió, en la selva profunda alemana, hasta el pequeño yate fondeando junto al paisaje mediterráneo donde Churchill pintó desde el barco prestado de Onassis una de sus últimas acuarelas, La Marbella, que resucita lentamente después de las llamas de Marbella.

Palabras… palabras para descubrir aquello que se nos notaba a la legua “cuando todos estábamos enamorados de Carolina”, bajo la pamela, dentro del bañador, vestida de seda, desnuda de piel, desde aquella niña Carolina de hace tanto tiempo, cuando el Príncipe padre con el bigote a lo Errol Flynn, el honorable Rainiero, veía desde su catalejo cómo Cousteau llevaba al museo de la mar las últimas cartas de los agujeros negros del océano. Carolina siempre guardando su secreto, siempre un secreto en su sonrisa, por eso lo de Gioconda. Carolina escapando, creciendo, haciendo mermelada de frambuesa bajo las oropéndolas de la sierra francesa, y el secreto, el otro, quizás el mayor, aquel que comparte con su hermana Estefanía a la que uno ha entrevistado después de un largo viaje sólo para ¡HOLA!

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Mi vida entera está en la HOLA-teca, desde Madrid hasta Los Ángeles, donde aquella princesa rebelde que daba de beber a los elefantes del circo, vivía su luna de miel más caprichosa con un aventurero dorado de larga melena que le tatuó -yo lo he visto- una rosa en la parte baja de la cadera. Una flor azul que igual permanece en la geografía apasionante de esa dama, siempre tan falta de amor que lo buscaba incluso en el más cercano. Princesa valiente de las que ya no quedan, y que igual ya es abuela a estas alturas, que no tengo tiempo de buscar su árbol genealógico. ¿Quién conducía aquel día en la última curva del camino cuando iban dentro del hermoso coche de la Casa de los Grimaldi, la princesa en ejercicio, Grace de Mónaco y su hija Estefanía?

Ella, Carolina, lo sabe y lo guarda. Ella que es ya la leyenda. Por eso ahora, cuando se le casan los hijos, cuando la rodean los nietos, cuando ya sólo es una sombra dorada asomada en su terraza de la Provenza, al paisaje de las lavandas, hasta allí donde se levanta, donde se esconde, donde tal vez escriba, donde calla todo lo que calla, todo lo que sueña. La princesa del largo silencio a veces hace un paso de cisne, se pone las gafas de leer y recuerda.

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Que hasta ella, cuando otra vez su Reino vuelve a ser noticia, llegue -si es que llega- este ramito de violetas de un viejo admirador que sólo un día, de paso una Noche de la Rosa, le besó en la curva de la mano fugazmente, cuando ella -ella-, levantó las pestañas que son más bellas cuanto más sombra den a las ojeras del amor o el desamor, que es lo mismo, y dijo suavemente en la presentación:

– Oh, hello

Desde aquella noche, Alteza, que sepa que sólo usted ha sido mi princesa. He tardado en declararme pero por fin pude hacerlo en este día de tormenta, de este agosto insoportable. Ya puedo morir tranquilo.

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