Carmen y Curro dejan la ‘Bellasombra’

Y bien que lo siento. Vamos, me acuerdo de aquello que se decía en las postales de mi tiempo, de cuando era soldado, que hacíamos la mili con lanza, como dicen los clásicos:

Si yo tuviera millones,

como tenía Alfonso XIII,

te regalaría un cortijo

como tú te lo mereces.

Pero como no los tengo,

te regalo esta postal

hará que pases tu día

con toda felicidad.

No era un poema de Machado, don Antonio. No, pero bueno, hacía el efecto necesario. La postal en color, escrita a mano desde el cuartel, hacía lo que tenía que hacer: enamorar, soñar.

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Es por eso, sin hacer más largo el paseillo, lo que les cuento. Si la suerte -la de la moneda digo, que la otra, la de diario, a veces me acompaña-, esa casa no salía de la familia porque me la quedaba yo. Bellasombra es una maravilla, compadre, y no quiero comisión, sabes que no. Es la casa más bonita, o una de las más bonitas, que yo he visto en mi vida, y mira que he visto casas.

Bueno, pues Bellasombra es una joya. Está a las afueras de Sevilla, que ya es estar, y en ella han vivido durante años su felicidad completa -y no es una frase-, Carmen Tello, inteligente, bellezón, elegante, sevillanísima, y su esposo Curro Romero, que no necesita más presentación porque, se sabe en el mundo entero, se trata de uno de los más grandes toreros de la historia de la humanidad, incluido Pedro Romero, casi su fundador.

Los dos, Carmen y Curro, se han decidido y la han puesto a la venta. No sé cuánto valdrá, o sí lo sé, pero no quiero manchar esta crónica romántica y un poco triste con una cifra importante. Pero lo cierto es que Carmen y Curro, después de mucho pensarlo, lo han anunciado incluso.

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Se van a Sevilla corazón, en un lugar más lleno, más habitado. Con los años merman las medidas y ellos lo han resuelto bien. Yo conozco esa casa donde he estado alguna vez y les aseguro que, además de llamarse Bellasombra porque a la puerta hay un árbol enorme, precioso, sospecho que del otro lado del océano, tipo ombú, que es ya una joya natural, como cuando paso por la Avenida de las Américas de Sevilla y aplaudo, siempre que vaya al otro lado del conductor, a esos enormes árboles de los tiempos de la Gran Feria, de asombrosas raíces, en las cuales no me importaría habitar, con el permiso de la municipalidad, claro.

Al otro lado de la hermosa sombra del guardián vegetal está la puerta de la casa, elegante, precisa, preciosa, de colores suaves, incluso hay un color salmorejo, y donde está, entre otras prendas, la sala donde mi compadre -que bautizó a mi hijo José, por cierto-, guarda su colección de trajes de luces, los de uniforme de su oficio, que no es otro que el de torear, o sea, como hacer arte, en reunión con el valor. Especie de ballet y campo de antiguos gladiadores que, delante de la gente, hacen profesión de la vida y de lo otro, al mismo tiempo, con la mayor elegancia posible.

Al otro lado de la casa está la piscina, romana ella, bellísima, rodeada de una escolta de palmeras traídas en barco expresamente, altísimas, de Egipto. Es allí, al final, donde creo que Curro Romero, al que tengo en mi vida como una alegría excepcional, tiene un gallinero verdadero, donde él mismo, que viene del campo -de Camas como saben, donde apareció un tesoro inmenso-, cuida de sus animales de pluma, de las que como Hernán Cortés hacía -dicen las crónicas americanas-, cultivaba sus huevos, que frescos y recién encontrados, cálidos aún, lleva a la cocina, donde una cocinera experta en la materia se los fríe como debe ser, con puntillas, como las combinaciones de las princesitas europeas.

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Dicho lo cual, les especifico de esta manera las cosas para que sepan que esta casa es un monumento al buen gusto y a la eficacia, también al tiempo que vivimos, pero quieren irse allí donde el Guadalquivir pueda ser hasta navegable, porque les confiaré el secreto de que mi compadre, el maestro Curro Romero, quiere ir de cuando en cuando a jugar al dominó con sus amigos de toda la vida, en aquella taberna de Triana, donde él, además, aporta su presencia, su palabra escasa pero solemne y verdadera, y la caja del tesoro de su juego de marfil envuelto en un tapete de terciopelo verde como si de una esmeralda colombiana se tratara.

O sea, que igual a esta altura ya la vive otra familia, aunque pienso que septiembre está cerca y es el momento, en tantas cosas, para mudarse. Lamento no poder ofrecerles ni vídeo, ni serie de fotos tipo postal para su recreo, que soñar no cuesta nada pero lo que sí quiero es comunicar que esa de la bella sombra es también de la buena sombra, porque sino ni Carmen Tello ni Curro Romero la habitarían tanto tiempo.

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Igual si la alquilan me pongo en la cola, aunque tenga que escribir día y noche sin parar, y con la gracia y el estilo del buen amigo de esa casa, académico merecido, columnista de ABC y alma y duende de Sevilla que es Don Antonio Burgos, patrimonio de Andalucía, que entre otras cosas, me enseñó a querer a los gatos, si bien en la distancia, y que ha escrito esos libros que a mí me hubiera gustado tanto escribir, y del que aprendo tanto cada día, porque lo busco y lo leo, mientras suena el agua que salta de mi memoria. Ahora en estos encuentros, que puedo comprobar que por lo menos hay quien los lee en este difícil momento en el que vivimos, siempre buscando una sombra donde quedarnos.

¡Ay, compadre Curro! ¡Cuánto me acuerdo de cuando íbamos a almorzar aquel jamón, de verdad, que nos ofrecían envuelto en papel de estraza, debajo de aquel puente de Sevilla!

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