¡Ay, aquella Marbella!

Tampoco hace tanto tiempo de la Marbella del post de este día doce de agosto en el que fiel a mi cita les escribo. Porque veo que de una u otra forma se quiere, se desea, se puede, se ne-ce-si-ta, no diría yo que resucitar porque Marbella, en primer lugar, es un milagro geográfico, un lugar único al pie de esa alta sierra azul en el microclima que la hace única y nuestra.

A veces bajo a Marbella con el deseo de volver a vivirla, a sentirla, a degustarla. A veces una conferencia, un pregón, acaso una celebración, un encuentro. Y este nómada inmóvil que soy lo hace con conocimiento de causa, sabiendo que voy a volver a sentirme en el mundo de los cinco sentidos como en los mejores tiempos de mi vida. Marbella es única, blogueros. Y os lo dice quien vivió sus primeros años de vida exterior, aquella cita mundial con las estrellas, aquel trozo de meteorito que veían desde el cielo en la noche los astronautas.

Aquel día, cuando para mí -sólo para mí-, Arthur Rubinstein, el mejor pianista del mundo de todos los tiempos, tocaba a Falla al pie de las flores de papel de su jardín, en su linda y casi humilde casa de la colina azul. O aquella mañana que nos recibió en su casa sobre el mar, prestada, de la Punta de la Plata, el rey de Arabia Saudí, que se restablecía de una operación que le devolvió la vista en Barcelona, ¡y lo hizo en un salón grande con las ventanas cerradas al mundo más luminoso!, que era el de aquel lugar al final de Europa, a un paso tan sólo de aquella África de sus recuerdos donde había sido uno de los primeros beduinos del petróleo y de la arena.

O la Marbella de Jaime de Mora, personaje único también para los periodistas, hermano de la reina Fabiola, que después se conquistó por derecho propio. Personaje original que nos dio tantas veces de comer a los periodistas. O la reina Geraldina de Albania, en su mínimo palacio de orquídeas y cipreses, en el ya largo exilio histórico de la propia leyenda… O aquel príncipe árabe que había sido cosmonauta y que lo primero que hizo fue abrir en lo alto de su casa, el mar al fondo, un pequeño estudio astronómico para seguir viajando a las estrellas.

– Tenga en cuenta que desde aquí se ven más cerca que en ningún otro sitio del mundo, incluso sin telescopio…

O Deborah Kerr, crepúsculo dorado, al pie de las bugambillas que un día se trajo en una maceta de Hollywood… O los primeros tiempos, legendarios, del grande Alfonso de Hohenlohe, al que casi, casi, escribo su libro de memorias . Alfonso, inventor de este pedazo de tierra único y que luego replanteó -y yo lo vi con él- en los lejanos desiertos de la gasolina.

2007-10-19-a

Tiempos aquellos cuando los periodistas, en el largo tren, bajábamos hasta Marbella, el paraíso del estilo, la gracia, el charmeAquel Marbella Club inolvidable que aún da resplandor. El Conde Rudi, que tiene una biografía maravillosa, una de las personas con más estilo -más estilo personal- que yo he conocido, y que sigue queriendo que ya, pero ya, la escultura del príncipe Alfonso sea puesta en el lugar de honor, de amor, que necesita.

Ahora veo con satisfacción que Marbella vuelve a hacer honor a su nombre: Mar-bella, y todos los personajes de aquellos tiempos sobreviven en mí. Veo a Banderas y a la princesa de Bismarck, y aún aquella casa que fue de la Duquesa de Alba, donde yo escribí sus memorias y al mejor James Bond de todos los tiempos, el inglés que se nos fue porque quizá no atendimos bien del todo, aunque aún sigue recordando el sitio donde mejor vivió de su ajetreada vida. O Churchill pintando al borde del yate de Onassis… ¿Dónde estará ese paisaje?

O aquella Marbella, la de Soraya, la ex emperatriz, aunque yo creo que no se deja de ser emperatriz si se ha ido realmente -nunca mejor dicho- una vez en la vida, aquella a la que siempre llamamos “la princesa de los ojos tristes”. Tantos, y tantos, y tantos, que te hacían escribir aquello de “cuando en Marbella había más estrellas en el suelo que en el cielo”; y el restaurante de Salvador donde siempre había una mesa de esquina para los reporteros, enviados especiales, es algo que nadie tenía, aunque por allí pasaran también muchos personajes discutibles, incluido Sinatra, y bien que lo siento el dar su nombre en esta crónica de resplandores.

Vuelve por sus fueros aquella que fue la ciudad de los sueños, el pueblo de las luces, el paraíso de los paparazzis. A veces pienso, ¡qué hermoso sería poder escribir un libro sobre aquella Marbella fascinante que dio tanto brillo a la España de la crónica social en el mundo!

O Khashoggi, aquel saudita que decían que era el hombre más rico del mundo, que vivía arriba, en la parte alta, y al que yo entrevisté a bordo de su yate, al que le había cambiado el brillo de su nombre, el Nabila, que era el nombre de su hija, y al que le pregunté, en la mar mas hermosa del planeta Tierra, el Mediterráneo aquel:

– Es que señor Khashoggi, dicen que está usted arruinado, porque ha vendido el nombre de este barco, del oro que lucía a la plata que vemos…

Y aquel hombre de la chilaba que vivía sobre el paisaje de Marbella, me llevó hasta el letrero del inmenso yate maravilloso y me contestó sonriente como sólo lo hacían los moros ricos que iban a sus sillones de mimbre a beber el agua de Lanjarón en aquella meca de la Alpujarra:

– Prefiero que usted lo pueda comprobar personalmente. Mire – me dijo dándole lustre al nombre divino: Nabila… – le he cambiado el nombre, sí, pero no de oro a plata, sino de oro a platino, que es mucho más importante aunque parezca menos brillante.

¡Tiempos aquellos de aquella Marbella! Walt Disney paseando por el parque marbellí, Lola Flores escribiendo conmigo su libro en “Los gitanillos”, o yo con ella…

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Marbella vuelve a resurgir. Lo merece. Ha esperado mucho. Siempre hay sacrificios en la vuelta. Pero Marbella lo merece, lo que se tiene, se tiene.

Querida Marbella, que nos dio el pan a tantos, entre los que me encuentro. Siempre que hay mucha luz, hay mucha sombra. Ahí empecé yo a preparar el libro de Arturo Fernández en su linda casa de Guadalmina. Entrevisté a Luis Miguel en su casa como una pecera frente al mar, el viejo canónigo, los espetos, la luna más luna de todas las lunas. Te quiero Marbella y tú lo sabes.

A pesar del largo silencio, Marbella vuelver a ser Marbella, ¡me alegro tanto!

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