Aún quedan buenos samaritanos

La copla, a la que tanto acudo porque es, como diría Manuel Alcántara, “el catecismo de la calle”, decía:

– Si tú quisieras mi sangre, mi sangre yo te daría…

Ole. Y además es verdad. ¡Qué fuerza que tiene la palabra sangre en sí! Yo la uso mucho porque creo que es ¡tan necesaria!

Esta mañana tenía un puñado de nombres conocidos, de temas de actualidad, de rostros que me han dejado su huella en el corazón… que parece un bolero, pero no. Nada como la vida misma. Escucho en la radio, que es mi pájaro en el hombro, que “se necesitan donantes de sangre” y también a aquellos que quieran dar, para cuando se marchen, lo que en el cuerpo tengan, que merece la pena, así que me he dicho: “debo servir para algo más que para contar mis escasas, mis grandes, mis muchas miserias…”.

Que mi vida esté sobre todo como un telescopio para apear las estrellas, como un microscopio para asomarme a la última e íntima verdad de los que parecen oro y son barro, de la última verdad, a veces incluso al revés, que de todo hay en la viña del señor.

Porque hubo un tiempo en el que llevaba colgando de mi cuello, mucho más poderoso que hoy, tanto que hace años, Juan Marsé, el gran novelista y académico, publicó creo que en el Jueves, en una espléndida serie de retratos a gente conocida, que yo tenía cuello de toro. Bueno, pues vale, defectos de nacimiento o de que sólo miro al frente y además con el paso del tiempo me han dejado el cogote de jirafa.

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Bueno, pues en aquel tiempo, yo llevaba con mi virgen de las angustias de Granada, una especie de onza de oro, de oro bueno, sí señor, por si acaso un día en una necesidad… En fin, que en esa otra medalla, lo que llevaba era mi sitio de “mandar si algo queda, si es que queda”. Yo era entonces corresponsal de guerras, de terremotos y de los cambios de régimen violentos en América. Pero también estaba mi nacimiento, la fecha sólo por si acaso, Spain, que no había más que verme, y por fin mi grupo de sangre, que no sé bien ahora si era positivo o negativo…. También decía press, que sin decir nada, decía cual era mi oficio.

No perdí la identidad como tantas cosas he perdido a lo largo de una larga vida como la mía, y no fue en conflicto bélico, sino en mi casa que es la suya, en un mes de agosto como este, cuando yo acompañaba al maestro Ortega Cano, con el que tanto me gustaría reencontrarme, a una cita en Pontevedra con motivo de sus fiestas patronales.

Bueno, pues me robaron en esa ausencia y en casa, en agosto de hace unos años. Entre otras pertenencias, se llevaron mi medalla de identidad, donde yo daba abiertamente hasta a cuánto hierve mi sangre tanto en la pasión como en la depresión, que son dos cosas distintas aunque la misma parezcan.

En cualquier caso, lástima que a la par que pido encarecidamente con el alma puesta en la palabra y en la mano, tenga que decir que se necesita sangre, sangre buena, que eso se sabe enseguida, porque yo he donado más de una vez sangre, en la mili siempre que la pedían, eso sí, nos daban a cambio un día de permiso y un bocadillo de sardinas. Pero uno se iba a la calle, glorioso, sabiendo que había servido para algo.

También llegué a obtener el diploma y una tarjeta, que conmigo viaja y me sobrevive, en la que se indica claramente que doy todo lo que sirva para los demás. O sea, yo soy donante total y así lo sabe mi familia entera, aunque a ver quién va a ver con mis viejos ojos cansados, llenos de bruma a punto de las cataratas, o a ver quién necesita mi viejo corazón, que tanto ha vivido y que ya ha sido operado en una urgencia, por lo que viaja conmigo un tensor de esos que hacen que la sangre fluya como un torrente y no como un charco de agua sucia.

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A ver a quién le puede servir, vamos a ver, estos riñones, que han sufrido dos cólicos nefríticos… Este aparato contra el dolor que habita ya de por vida aunque no se ve por fuera en mi propia médula y mi vesícula que se quedó en la mesa de operaciones en su día, y aquí donde me ven, la próstata.

Pero no es miércoles de ceniza, mis lectoras, que sé que son más que mis lectores. Aprovecho la ocasión para darles las gracias por su paciencia conmigo y además, la lástima en su momento, que ya llegará la hora. Lo que sí sé es que sólo tengo remiendos aparte de los ochenta y uno que voy a cumplir.

Pero si sirve para algo, de los huesos mejor es no hablar… El hígado, aguantando, en fin… Mi viejo cuerpo aquí está, que además, haremos el desnudo final, el estriptis de papel, pues está lleno de cicatrices, por lo que no puedo decir aquello que decía el viajero impenitente, el escritor Somerset Maugham, cuando escribía a bordo de un trasatlántico por los mares del mundo:

– Quisiera que hicieran de mi piel una maleta cuando muera, para así seguir viajando…

La cabeza funciona, la mía digo. Está rota en cuatro partes. A veces, acerco mi mano a las cicatrices y parecen los andes desde el cielo…

Bueno, pues si es necesario y acabo de enterarme, que si tienes la diabetes, que la tengo en grado dos, tampoco tu sangre sirve, pues aquí, a pesar de todo y a pesar de tanto, que lo dejo todo por escrito en esta especie de carta confesión catarsis, que les escribo hoy día de San Lorenzo, que cuando le estaban quemando en una parrilla los infieles por ser creyente, dice la tradición que fue y dijo amablemente:

-Esta parte ya está bien. Si queréis podéis darme la vuelta y empezar con la otra que está cruda todavía.

Más o menos eso digo en este documento. Lo que de mi sirva para el que lo necesite. Eso sí, después que me cenicen, que me incineren y me echen a la mar, la de mi tierra, la del sur, donde vi el océano por vez primera…

De todas maneras, he pedido la dirección del buen samaritano por si pueden apuntarme… ¡Igual sirvo para algo! Porque hay que ser generoso con los demás, darlo todo, después de todo esto. Y me voy al médico, que me tiene que hacer esta mañana de agosto un reconocimiento. Pero que por mí que no quede. Hay que ser solidario lectores míos, estéis donde estéis en el mundo, que así uno se queda más conforme, más contento con uno mismo.

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Nos necesitan aunque creamos que no servimos para nadie. Ya se encargarán los demás de decirlo en su momento. Y aprovecho la ocasión para enviarle un fuerte abrazo a mi amigo Raphael, que acaba de cumplir no sé si son doce años desde que le trasplantaron un algo de otro ser humano. Y está además mejor que nunca. Él mismo se encarga de decirlo, cada día y a cada hora como demostración de que aún quedan humanos en este tiempo inhumano que vivimos…

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