¡Aquí sí que hay tomate!

La actualidad, “el tomate”, es inmensa, cotidiana, forma parte -nunca mejor dicho- de nuestra vida, incluso de nuestra historia. Es por eso que hoy, en este blog nuestro de cada día, que igual sirve para el desayuno que como valeriana para vivir el sueño, al tomate acudimos. Que no en vano estos días, el tomate, y más concretamente el tomate español, ha sido de nuevo noticia mundial.

Me refiero al recién celebrado setenta aniversario de la Tomatina de Buñol, hermoso pueblo valenciano sin duda, aparte de por esta razón, que yo lo conozco y no de paso, sino de haber hecho noche un día, aunque esta pequeña ciudad merecería de toda una vida para llegar a conocerla en toda su dimensión, si es que se llega.

Sin embargo estos días, y en todo el mundo, que gente de noventa y cinco nacionalidades hasta llegar a los ciento cincuenta mil visitantes, han tomado parte en esa fiesta roja como la sangre -sangre vegetal en todo caso- que, miren por dónde, coloca otra vez a España entera en lo que es, sin género de dudas, una de nuestras más asombrosas celebraciones.

tomatina1-a

Dicho lo cual, paso a decirles “la importancia del tomate en mi vida”.

Les cuento, forma parte, y fuerte, de lo que es el primer capitulaje de mi vida. O sea, está en lo que es el paisaje íntimo, imborrable de la cocina del modesto comedor de mi casa familiar de Granada. Pero también en lo que es mí propio nacimiento, porque nací en Piñar, pueblo olivarero de la provincia nazarí, y una de mis mayores aventuras primarias está en “aquellas madrugadas en las que llevábamos tomates de nuestras huertas hasta la inmensa historia, de los segadores que, con una hoz de la  Solana de Ciudad Real, cortaban -segaban, que es el verbo exacto- la mies de cebada o de trigo de aquellas solanas en las que no crecía el olivo, pero sí el pan del invierno para nosotros los humanos, y para nuestras cabras, por ejemplo.

El tomate era fundamental en nuestra alimentación, en nuestros cultivos, en nuestra vida diaria. Clave como el pan, como la sal. Verán, ahora mismo, en la lista de los sabores fundamentales de mi ya larga vida, está aquel tomate que en la madrugada cortábamos con primor y nocturnidad, porque era casi un delito, aquellos tomates aún en la mata, que todavía te dejaban en las torpes manos de chiquillo de ciudad, aquel olor a campo maravilloso, aquel verde tirando a limón, aquella última e íntima satisfacción, de aquella sal gorda que te acompaña en un bolsillo junto al tirachinas. Y si además, por un  milagro, podías añadirle un chorreón de aceite pues…  ¡Gloria bendita!

tomatina3-a

Pero es que además, si lo compartías con los segadores, incluso las espigadoras, que eran las mujeres que seguían a los de la hoz, por si se dejaban algo en el camino, ya era el sabor del cielo. Luego pues, siempre formaba parte de dos de nuestros sabores esenciales del verano.

A saber.

El gazpacho, que ahora es reivindicado, o la pipirrana que es el corazón sólido del gazpacho, o el salmorejo ahora de tan inmensa actualidad, que es otra cosa distinta que el gazpacho porque necesita o hay que añadirle algo de imaginación, de forma que no hay salmorejo que se parezca a otro, aunque estén trabajados con los mismos mimbres. Todo depende de eso que se llama el arte y el milagro de la muñeca de la obrera artesanal, que llega a convertirse en artista en su momento. Y debo decirles, en honor de la verdad, que hace poco fui nombrado caballero de la Orden del Salmorejo en el curso de una fiesta en la que, por si fuera poco, te entregan aparte de diploma y carnet, ni más ni menos que una capa firmada por el mismísimo maestro del arte de la tijera, premiado con la Aguja de Oro, el cordobés Elio Berhayer, de enorme y merecido reconocimiento.

Y en mis recuerdos de siempre está, de hace más de cincuenta años, aquel día que en una de las más increíbles, entonces, avenidas de aquel Berlín partido, encontré en un escaparate fabuloso, bajo la luz cenital de la nieve y el frío, como una joya encendida, roja, dentro de una bella bandeja de plata en la que se leía en varios idiomas, incluido el nuestro:

– Tomate del sur de España, de Almería, recogido ayer mismo en un lugar llamado Níjar.

Como una joya, porque era invierno cerrado, y yo fui a contar la Nochebuena en un pueblo junto al muro, en la compañía -sí, señor- de José María Carrascal, que era el corresponsal en Alemania.

Y es que era una joya en realidad por la presencia y por la esencia, y sobre todo con aquellos fríos de entonces.

2696494

Harto de recoger tomates, me contó un día, una noche, aquel muchacho de los campos de dalias, que se iba a Barcelona a buscar fortuna con una talega en la mano. Y al pie del larguísimo tren, del casi exilio, aquel hombre joven con aire de campesino andaluz. Me aseguró:

– Voy buscando mi sitio, a ver si lo encuentro. Yo soy cantaor. Tome nota de mi nombre. Me llamo Manolo Escobar.

Olé. El tomate del sur, como el de Buñol, una joya de la corona de la alimentación y el futuro de España en todos los aspectos. Mi madre decía:

El tomate, hijo, cuanto más feo tiene, mejor sabor

Y llevaba razón, yo a veces incluso lo usaba para mi propia presentación a la hora del baile madrileño, por si acaso. Era una definición.

Luego, en Murcia, últimamente he conocido los mejores. Partidos -de navaja a ser posible, mejor que de cuchillo de comedor-, en dos partes a lo ancho y con cuidado, en la época exacta y en su momento justo. Ni demasiado maduros, ni más duros de la cuenta. Si tienen su ramito arriba mejor que mejor, y un punto verde, no importa. Tengo yo unos amigos en la ribera del Mar Menor, como Jerónimo, el rey de los Palomos Deportivos de San Javier, que conoce el sitio como un tesoro, de los mejores en el mundo entero, como aquellos otros del pueblo precioso de Isla Plana, también en Murcia junto al mar, que los llegan a conseguir como los mejores del planeta Tierra.

Les diría también que, entre los productos del tomate, hay uno especialísimo, que es Jorge Javier Vázquez, y que estrena estos días, por fin, su obra de teatro, creo que en Málaga, jugándoselo todo a una carta. El gran presentador y buenísimo escritor, sigo esperando su próximo libro, ya, apareció fulgurante en aquel inolvidable “¡Aquí hay tomate!” de la tele, que dio con el tiempo paso a ese magnífico programa que es “Sálvame”, digan lo que digan, que yo lo veo, para aprender, casi todas las tardes.

tomatina5-a

Y además, les diré que uno de los grandes de la guitarra hoy, aparte la familia de los Habichuela, que son únicos, y del Sacromonte granadino, por más señas, les advierto, por si no lo saben, que se llama Tomatito, y que es , como el Andrés Segovia de la guitarra gitana.

De ahí que hoy, entre tanto nombre, digamos que inmortales, de nuestro columnario de cada día, menos el fin de semana que por lo general descanso, es un decir, estemos de acuerdo en que la Tomatina de Buñol debía ser -pero ya- reconocida como fiesta de interés, por lo menos cultural, o natural. Y termino con un verso, como se debe acabar una crónica o lo que sea, como ésta de hoy, tan llena de recuerdos, aquel canto de juventud que decía:

Qué pena la del tomate

Que lo cortan de la mata

Lo meten en una lata

Y cobran un disparate

Por eso es mejor que acabe haciendo, como hace para todo el mundo, en el tiempo de la sangre humana, el reconocimiento de esta gloria de lo natural, que es el tomate que sigue compartiendo mi memoria y mi futuro.

Deja un comentario

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer