Anthony Quinn, el hombre que fue cien hombres

¡Como poco! ¡Porque hizo más de cien películas! No llevo la cuenta, aunque debía, y además durante casi seis meses viajamos por el mundo -o yo tras él, tipo maleta-, de la ceca a la Meca, tratando de hablar en los ratos libres cuerpo a cuerpo, alma con alma. Escribí durante más de medio año sus memorias: A corazón abierto. Y el título respondía a la verdad: hablábamos cuando podíamos, donde fuera y como fuera, poniendo sobre la mesa -o donde fuera- el corazón, abierto de par en par, como una sandía de un tajo herida.

Teníamos que hacerlo en los ratos libres: en México, claro, de donde salió un día; en Madrid, donde servidor vivía y a él le gustaba venir de cuando en cuando a beber vino de Ribera de Duero y a comer callos a la madrileña de los de la Casa José Luis, cerca del campo del Bernabéu, callos a los que él llamaba “menudillos”; hablamos en Roma, donde rodaba una película y además tenía cerca el estudio de escultor donde hacía lo que de verdad quería, en aquel inmenso taller cerca de Bergamo donde nació el párroco del mundo, el Papa Juan XXIII. También viajamos a Londres, por razones de trabajo; en Nueva York, claro que sí, porque era de verdad donde vivía -aunque vivía en todos sitios-.

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En fin, la verdad es que aquello era alucinante porque parecía -así lo escribí yo entonces-, “como viajar con Dios de paisano”, que todo el mundo en la calle le reconocía y, sobre todo, le besaba la mano, lo abrazaba, como si de un viejo amigo se tratara, o como aquel día que fuimos a Chihuaha a comer una carne asada que a él le gustaba mucho, y de paso a conocer personalmente a una de las más asombrosas mujeres con las que me he encontrado en la vida, la viuda de Pancho Villa: doña Luz -“La Güera” según el legendario general mexicano-, y que nos enseñó en una larga mañana emocionante la casa en la que vivió con su marido, que también había hecho en el cine, en blanco y negro, don Anthony Quinn, el rey (como suena en inglés), que lo era, porque fue y sigue siendo uno de los grandes mitos de la historia del cine desde que Hollywood fue la meca del cine, que él fue uno de sus inventores.

La verdad está en cualquier historia de cine, de bolsillo incluso. Hijo de la pobreza pero guapo, de una enorme personalidad, porque fue uno de esos bellos feos que da el cine, cuando llegó de lo que fuera a los estudios de Hollywood…

– Cualquier tipo de papel que me den es bueno, señor Cecil B. DeMille, incluso de muerto si es preciso.

Y aquella damita, guapita, que estaba sentada en otra silla de lona, junto al legendario DeMille, que rodaba una película de faraones, habló:

– De muerto nada ni de constructor, uno más de las pirámides. Ni mucho menos, usted se queda conmigo. Me lo quedo pero para mí, padre mío.

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Y se lo quedó. Me lo contó mil veces cuando hacíamos Con el corazón en la mano, que así se llamó la serie inolvidable, primero en HELLO!, luego en España. A mí me llamaba Scheherezade porque le gustaba cómo contaba mis historias -que las tenía-, había días/tardes/noches en Nueva York, o en Los Ángeles, que me decía:

– Estoy cansado, mi cuate. Por Dios, cuéntame lo que tú quieras, que hoy no es mi día.

No le gustaban, por ejemplo, aquellas en que fue Papa de Roma, y Mahoma, y discípulo de Cristo en su tiempo, y hasta el rey del león en África.

Los sábados, porque era el día en que tenía que firmar los cheques de alguna de sus familias, de sus casas repartidas por el mundo. En aquel tiempo estaba escapando de la periodista romana, aquella que lo conoció entrevistándole -de gladiador-, y con la que se casó y le ayudó muchísimo en su carrera y en el desorden de su propia vida. Acababa Tony -o Quinn, según fuera-, de declararse a una chica mucho más joven que él, europea, que hacía las labores de su secretaria y que después fue su compañera hasta su muerte. Los sábados yo, ¡HOLA!, abonaba sus gastos, que eran muchos, durante el tiempo que tardamos en reunir todo lo que quería decir -porque había mucho que no podía decir-, y es el caso que los sábados, insisto, yo estaba al lado del momento doloroso y a la vez triunfal, en que tenía que mandar a sus casas su mantenimiento.

– Y a este, ¿por qué hay que mandarle diez mil dólares?

– Vive en París – le decía su secretaria íntima- y está estudiando a fondo, haciendo una tesis sobre Napoleón Bonaparte.

Quinn, de una personalidad impresionante y al mismo tiempo tan brillante siempre, firmaba mientras decía:

– Pues ya podía estar estudiando la vida de Lincoln que es americano y vivió más cerca…

A veces le preguntaba por su familia, con su sonrisa de pirata me confesaba que debía tener “que el supiera, diez o doce”, y que había conocido a muchas mujeres en todas sus vidas. Era cristiano a su manera y me contó, una noche de Chianti en una terraza de Roma, cerca de la Plaza de España, que el papel más difícil de su vida había sido cuando interpretó al Papa que vino del frío, el de las sandalias del pescador.

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Hablábamos, hablábamos, hablábamos… y yo caminaba a su sombra, en una nueva versión de don Quijote y Sancho. Las memorias se llamaron Con el corazón en la mano, y era verdad rigurosa porque siempre lo hacía, al menos conmigo -y para ¡HOLA!, que le fascinaba-. Puedo decir que el título respondía también a un dato interesante en su vida: “Me operaron del corazón en Londres una vez. Se me paró y lo tuve en un quirófano a mi lado y yo lo veía latir, y latir, plop plop plop, mientras le hacían una limpieza a fondo, en una mesa de al lado…”

Era un monstruo. Una tarde, en Heathrow, me puso encima de las piernas un guión de cine.

– Me lo han traído hoy mismo. Es sobre tu paisano, Picasso, creo que merece la pena que le eches una mirada porque tú vas a seguir viajando conmigo. Sabes de mí más que nadie.

Era cierto. Verdad, éramos muy amigos. Había dentro de aquel Quinn cien Anthonys más. A veces, sin tener en cuenta el cambio horario, me llamaba a mi casa -que era la suya- de Madrid, para avisarme:

– La nena, la pequeña, se acuerda mucho de ti. Voy a ponerte unos mariachis que están conmigo hoy aquí, en el Distrito Federal.

– Pero si son en Madrid las tres de la mañana, Quinn.

– Por eso, es hora de las mañanitas. ¿Leíste lo de Picasso?

– Sí, tuve que traducirlo del inglés, vamos, mandé que lo hicieran de tu parte.

– ¿Y? ¿Doy el tipo? Sabes que el maquillaje hace milagros…

– Lo das, pero más por dentro que por fuera, le he cambiado el título, igual te gusta, igual no.

– Dime, dime…

“Pablo”

– Pero “Pablo” puede parecer Escobar. El colombiano del narco.

– Pues entonces, Picasso a secas, o sino, “El genio y el toro”.

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Total, que quedamos en vernos, pero hasta ahora. Echó el telón de su vida, impresionante, llevándose mucho al otro mundo. Debe haber ido donde sólo van los grandes, los gigantes. Luego vi que publicó un libro -o alguien lo hizo de su parte-, en el que contó mucho de lo que ya habíamos contado nosotros en sus recuerdos. Era un pirata genial, un artista colosal. A mí me habló tanto, por ejemplo, de Marilyn Monroe, que llegué a conocerla, como poeta sobre todo, que era una poeta colosal. Algún día hablaremos de ella largamente, se lo debo a M.M, siempre tan maltratada por la vida, tan desgraciada la pobre niña rica.

Se murió, creo, en una última casa de las muchas que tuvo, rodeado de algunos de sus hijos. No sé qué habrá sido de su obra como escultor, le gustaba mucho trabajar en la fragua con el fuego y el hierro. Uno de sus hijos, que vivió mucho tiempo en España, heredó su mirada y su arte. A veces, en una película o en una serie de televisión, veo el apellido Quinn. Aquella niña morena, aquel muchacho, espalda mojada…

La casta, que permanece. Creo que hizo de Picasso en su día, el actor inglés que fue un Oscar por su interpretación como Hannibal, el caníbal. Lo hubiera hecho mejor don Anthony Quinn, que menos mal que estuvo a punto de llevarme con él para siempre, sólo para que le hablara en los ratos en los que no quería abrir el cofre de su alma de viejo corsario. Porque la verdad es que, el que era un Scheherezade, era él, el gran contador de su propia historia, el hombre que hizo de cien hombres, y que ahora quieren llevar al cine. No le va a ser fácil a quién le corresponda.

Quinn era eso, capaz de imitar a todo el mundo, pero realmente inimitable.

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