Adiós, Lina, adiós

Hacía tiempo que esperábamos que ese día llegaría, también para Lina. Estaba malita hace tiempo. De hecho, Linamorgan, todo junto, empezó a morirse cuando se fue su hermano. El que con ella compartía su soledad de dos, su  misterio. Porque Lina era  la alegría, la fuerza, la gana de vivir, de convivir, de sobrevivir incluso.

-¿Pero tú sabes , de verdad, de que está enferma Linamorgan?

Linamorgan estaba enferma, aun no se ha sabido del todo. Estaba así porque ni hablaba, ni se mantenía en pie, y habían retirado, dicen, de su lado, de su vera, los espejos. Lina no quería que nadie viera a la Morgan.

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Si acaso, su persona de confianza, dicen, que se lleva con él, tantas horas de Lina, cuando Lina era jugando a las palabras todaLina, Lina llena, cuarto creciente, la Lina de las noches de Madrid, la luna de las noches de la Latina, donde la están velando, a estas horas, y hasta que llegue mañana, que la llorará el Madrid, de papel, de los periódicos, de las radios toda la noche llorándola.

Pero es que Lina no merece una a ausencia de siquiera horas. ¿Cuántas veces habrá uno hablado con Lina Morgan para repartir su alegría hablada, con los demás?

Hace muy poco, muy pocos años, Lina y servidor recogieron juntos, ella primero, yo después, y Di Stefano, aquel Oscar de la edad, de los abuelos, porque Lina era abuela de todos, sin tener nietos. El padre Ángel, que tantos días, cuando nadie sabía nada, la visitaba en la residencia, como yo decía “de cinco bastones”, donde tan poco tiempo estuvo, o en la clínica donde permaneció ingresada. Entre venas de plástico, aguantando, aguantando, y pocos empujando la puerta que ella no quería que nadie abriera. Porque deseaba que la recordaran como era, llena de vitalidad, alegrando la vida a la gente, siendo como era, eso una cómica, pero cuando la palabra cómica adquiere toda su fuerza. Como Chaplin, le gustaba que le dijeran la Charlot femenina, con la misma alegría que recibía el piropo de reina de la Latina, alegría de España.

Nació en tiempo de guerra. De la nuestra, y creció entre los despojos de la dureza. Siempre quiso ser actriz. Le gustaba incluso hablar con el acento de la gorrilla y el mantón. Era la más madrileña de las madrileñas. Ayudaba, siempre que había que ayudar, aunque decía “que la mano derecha no sepa lo que hace la mano izquierda”. Tenía una hermosa colección de abrigos de visón, dicen, pero  sobre todo el blanco, que llevó la última noche de la revista Júbilo. Por ahí andará esa foto de cuando dijo:

-Entre todos, más de cuatro siglos…

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Se reía de ella misma. Acabo de contar en la televisión del sur que acaban de llamarme por teléfono, que “era feliz, viendo a la gente ser feliz, con lo que hacía”. Era muy coqueta, claro que sí, y a veces la acompañaba alguna sortija, casi episcopal, centelleante.

Hace unas horas he dicho para no sé  dónde, en su homenaje, después de que llegue su cuerpo,  rendido hasta el teatro de la Latina, donde reinó, hasta más allá de su marcha.

Estos días era noticia el cruce de piernas de  Sharon Stone, en la película Instinto básico. Vale. Es verdad. Pero ahora en unos instantes, el cruce de piernas más imposible de imitar es aquel de Linamorgan, cuando cruzaba  en un paso de baile genial sus piernas de muchacha, tonta, que seguía creyendo en las palabras de los hombres guapos.

Y esa era su vida en la escena, el romance de una niña tonta con el amor que no llegaba nunca, y si aparecía, el final era el de la soledad, la amargura de aquel tango, i-nol-vi-da-ble, que bailó, con Marcelo Maestroiani.

No hizo más películas que aquellas, casi todas, que fueron escritas para ella. Quizá no lleguen a treinta, pero siempre, hasta en la increíble mujer barbuda, fue una apoteosis de tristeza, de resignación, de “a pesar de todo, nunca se debe perder la esperanza”. Linamorgan, todo junto, ya saben, hasta el final, aguantó su soledad, su vida, entre el aplauso de la gente que siempre la necesitaba.

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Ella era el remedio para la enfermedad de la tristeza. Gustaba a todos, a los viejos, hoy la palabra gana más fuerza que nunca. Aunque era una joven de setenta y ocho años cuando se fue. Las luces del final de la comedia, mientras cae lentamente el telón, se van apagando suaves, tristes, amarillas. Dicen que ha dejado una fortuna. ¿Bueno, y qué? Nada heredó esa niña de barrioque siempre quiso ser artista.

Yo mismo no podría pagarle la mitad de las veces que por una entrevista dio de comer a los míos, siquiera una vez. Pero es que además, a mis hijos, a mis nietos, les hacia reír, se sentaban a la primera hora de la noche, para ver a Lina. “Cuando salía, la luna de Lina”. Así que hoy me gusta recordarla, claro que sí, como fue cincuenta años, como será los próximos cien a la hora de los grandes reencuentros. Estoy seguro que cuando haya llegado allí, donde sólo arriba el barco de los náufragos de la leyenda la estaría esperando  aquel sabio del humor, que fue Chaplin, con su bombín puesto, sus botas ladeadas que un día se comió del hambre que tenían, con su bigotillo y su bastón:

-Ea, Lina, te estaba esperando para decirte que gracias por haber hecho mucho mejor el mundo en que viviste. Y además, estos días, sigues haciéndolo. Espero que no te moleste si alguien ha escrito que Chaplin,  yo,  dije como digo hoy, que fui como Lina Morgan en versión masculina… ¿te importa?

Porque esta modistilla, esta saltarina, esta muñeca que se nos fue, hizo posible el milagro de convertir, el humor, en amor.

¡Te seguimos necesitando, amor! ¡Nos haces tanta falta en este triste mundo en el que vivimos!

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