Yo conocí el gran secreto de Oriana Fallaci

Puse primero un magnetofón encima de aquella mesa, donde fumaba la mujer más importante de su tiempo, Golda Meir, primera ministra de Israel, rusa de nacimiento que tanto se parecía a mi tía Rosalía, en aquel enorme despacho de Jerusalén, azul, con las murallas de la Ciudad Santa para tres religiones al fondo.

Eran las nueve en punto de la mañana. Había llegado el periodista a Israel para cumplir con mi oficio de enviado especial. Golda Meir me recibió con un cariño de abuela, como si nos conociéramos de toda la vida, con un cigarrillo colgando de los labios. Hace muchos años.

– Usted dirá, joven. Pregunte lo que quiera, porque un periodista español siempre es recibido bien en mi casa. Descendemos de ustedes en gran parte, no lo olvide. Yo aprendí el viejo idioma sefardí en la casa de mis padres, cuando era una niña en Moscú.

Puse, ya digo, el primer magnetofón sobre la mesa en la que ya había un cenicero de cerámica de Fajalauza con una Granada azul, y el nombre de Granada, mi ciudad, en el centro. Enseguida lo lleno de ceniza, de su cigarro. Fumaba mucho. Volví a mirar en mi mochila, que ya llevábamos entonces, mucho antes de que se convirtiera en una moda, como ahora, y saqué un nuevo magnetófono. Lo puse al lado del otro, y cuando lo iba a pulsar, me dijo, poniendo la mano sobre los dos al mismo tiempo. Una mano de campesina de Tolstói.

– ¿Por qué dos, joven?

– Porque Oriana Fallaci me dio ese consejo hace años, en su casa de Florencia. Que con dos había una cierta garantía de éxito en la entrevista porque si uno se estropeaba, el otro seguía. Es difícil que se estropeen dos a la vez. Lo hago siempre.

– Conmigo no es necesario, créame, y menos si es un consejo que le dio Oriana Fallaci. ¿Sabe usted por qué? Pues porque Oriana, que me entrevistó un día para su serie de personajes históricos, conmigo no tuvo éxito. Hizo honor a su apellido, fue su entrevista una falacia. Mentira, casi en su totalidad. Desde entonces, cada vez que veo lo que acaba de hacer usted, me indispongo.

Acusé el golpe bajo mi chaleco de cremalleras. Directo y al corazón. Acababa de leer en el avión israelí que me había traído desde Madrid la entrevista de le periodista italiana con aquella mujer que ya era leyenda pura y dura en el mundo que vivíamos. Así que paré los dos magnetofones, y hablamos. Con el traductor, claro. ¡Cuánto me hubiera gustado saber, por lo menos, inglés…!

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La entrevista fue en su día portada de ABC -mi vida está en las hemerotecas-, y conocí más en profundidad a una mujer inolvidable, insuperable y única. De todas formas, en gran parte, ese conocimiento había nacido antes en la espléndida conversación mantenida por Oriana Fallaci, recogida en el documento Entrevistas con historia, un libro sin duda de necesidad para cualquier periodista de ayer, de hoy y de mañana. Entrevistas de enorme fuerza, de gran personalidad, que atravesaban la piel de aquella pequeña reportera, de tamaño físico digo, que se había convertido, sin género de dudas, en la más grande periodista de su tiempo.

Era reportera, claro, y periodista espléndida, valiente, enviada especial, única, excepcional contadora de historias y de una mágica personalidad. Enamoraba. Ahora acaba de salir un libro en el que se cuenta parte de su vida. Es un gran documento de Cristina de Stefano titulado La Corresponsal, por editorial Aguilar. Me lo he bebido en una noche de sed insoportable. Y lo he hecho, re-cor-dán-do-la, a golpes de corazón. Era una diosa en lo suyo.

La había conocido después de lo de la Plaza de las Tres Culturas de México, a su paso por España de regreso a la bella casa que tenía en Florencia. Ya es un dato decir que era florentina. Amaba el arte y vivía la vida a grandes sorbos, de un tirón, como era. Escribía igual sobre el casco de un soldado en la mitad de una guerra que en la habitación de lujo de un hotel de cinco estrellas. Un viejo amigo me pidió que le ayudara a que Oriana encontrara a El Cordobés, al que sin éxito estaba buscando para su serie de entrevistas que se publicaban en todo el mundo.

Don Manuel huía, iba a lo suyo, pero hice el contacto. Y no acudí con ella a la cita, sin embargo, ahora que tengo el corazón abierto como una vieja sandía robada, en un barbecho partido en dos, puedo contarlo. Fuimos amigos de corresponsalía, de “adiós, ya nos veremos”, bebimos vino tinto de la calle de la Ternera y paseamos el viejo Madrid. Cuando la devolví al Hotel Palace,  donde tantas entrevistas hice a lo largo de toda una vida, me dijo:

– Sube, que quiero enseñarte algo.

Lo cuento como ocurrió. Pocas veces lo he dicho así hasta ahora, lo guardaba para mis memorias, que por cierto debo empezar inmediatamente. Me lo piden mucho, sobre todo desde lo de esta herida abierta que es este blog. Mi terapia.

libro

Primer piso, suite de lujo, claro. No faltaba más.

– ¿Quieres un vaso de Chianti, de mis viñas de Florencia? Es vino de este año, de la última cosecha.

– No tengo tiempo, Oriana, bella. Me están esperando, mañana salgo de viaje…

– Bien, tú te lo pierdes – hablaba un español de América, musical, hermoso- abre ese cajón de la mesilla si quieres conocer a mi hijo…

Trague saliva. Claro. Por muy grande que fuera el secreto, ¿cómo iba a poder guardarlo, en el cajón de la mesilla, junto al teléfono?

Abrí el cajón. Era profundo. Había dentro un frasco de Chanel nº5 – aquel perfume que se hizo famoso cuando Marilyn Monroe, la pobre Marilyn, respondió a un periodista que le preguntaba, sobre “qué se ponía al ir a la cama”, y ella respondió con gesto de niña sorprendida: “Sólo me pongo tras las orejas unas gotas de Chanel nº5”.

Más o menos, que no recuerdo la frase correcta, aunque ya es un clásico. Y dentro de aquel frasco cuadrado, parecía navegar un trozo de piel, flotante… como un pañuelo al viento…

– Es el hijo que no pude tener. Adiós, ya nos veremos dios sabe dónde, ni dónde, ni cuándo.

Luego, Oriana, tan dulcemente amarga, escribió, igual fue antes, un libro breve y bravo, titulado Carta al niño que nunca nació. Lo dio todo por el oficio  divino y diabólico el mismo tiempo. Me dijo el nombre de hombre, de aquella historia. Lo he guardado, no sé por qué. Estaba muy cerca de ella. Luego Oriana se enamoró locamente de un griego que se llamaba Alejandro Paganoulos, al que también dedicó uno de sus más hermosos documentos. Una declaración de amor y casi de guerra al mismo tiempo. Oriana sufrió mucho a lo largo de su vida.

Subí a su casa de Florencia, bajé hasta su estudio de Nueva York, en aquella casa del village, de grandes árboles y perros dálmatas. Ya estaba habitada por el cáncer. “Estoy cerca de la clínica, donde me están viendo, pero esto avanza de forma imparable”. Me dedicó su libro Entrevistas con la historia. Me volvió a confesar que aquel hombre al que entrevistó, el gran gurú de los persas, no era él, porque el Sagrado tenía un dedo menos, y ese los tenía todos en la mano. Jomeini, una de las más difíciles entrevistas de su tiempo.

2

Se nos murió a todos, sobre todo a todos los que en esto estamos en aquel otoño triste de hace unos años. ¡Qué malo soy para las fechas! Aunque todo, o casi todo, está en el Internet. Siempre que escribo de las mujeres más grandes que conocí a lo largo de toda mi vida, ella está ahí, con su aire de triunfadora, siendo en el fondo una perdedora. El libro, estupendo, de Cristina me actualiza, con un golpe de tristeza, la figura de aquella mujer que entrevistó a las grandes mujeres de su tiempo, tan libre, tan discutible, tan valerosa… Dicen que aprendió a ser como era un día que Hedda Hopper, la gran chismosa, le aconsejo.

– Ten, en este oficio, una lengua de víbora. Escribe con veneno, que de esta forma, no serás querida, no, pero si serás, por lo menos, temida, respetada.

Era la Fallaci. Y conmigo, viéndola, leyéndola, sintiéndola, aprendí más que en ningún otro lugar. Hacía de la guerra, como corresponsal, un lugar heroico y formidable. Llevaba con ella, siempre, aquella sortija con una perla blanca, su Hispano Olivetti, de viaje, y su magnetofón de mano.

Sí, quizá debo escribir mis memorias ya. Tengo un título para ellas. Es fuerte, pero es mi vida. Se llamarían, quizá, quizá… Oro, incienso, y mierda. A ver si termino por decidirme…

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