Viendo pasar las ballenas de julio

Eso, eso quisiera yo, verlas pasar como tantas otras veces. Pero las he visto en los sitios más diversos de la historia de mi vida, porque amo a las ballenas desde que tengo uso de razón -aquí, entre nosotros, si es que lo he tenido en algún tiempo-. Soy un pobre loco vagabundo suelto por ahí que se dedica a la historia de los juglares antiguos. Cuento cosas a los que quieran escucharlas y en mi viejo sombrero vuelto, por si quieren dejar algo, sólo hay piedras de río.

Bueno, pues desde pequeño amé a las ballenas, no sé por qué si en el mapa soy de secano. Pero las quise con el amor ese de lo imposible, como en su día quise al lobo llegando a tener incluso un collar de dientes de lobo que pude recoger de la colección de uno de los últimos loberos que yo conocí en los montes de Asturias.

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De las ballenas puedo hablar mucho, ¡he escrito tanto, pero tanto, tanto, de ellas! Hace ya mucho tiempo que tuvimos una casa que se llamó así, ‘La ballena’, en la parte más hermosa de Fuerteventura: al norte, frente a la Isla de Lobos, junto a Lanzarote. Una casa de una sola plantita, blanca, levantada cerca de un inmenso esqueleto de ballena que allí vino a morirse -tal vez de vieja, porque era enorme-, en esa isla que es como un galeón de arena clavado en la mitad del Atlántico.

Aguantamos hasta que el poderoso animal se quedó en la osamenta. Era una maravilla verla bajo el sol, sobre la más blanca arena del mundo, parecía un barco antiguo, varado, naufragado sobre la playa.

De aquella ballena, que no pudieron en su día llevarse más lejos los japoneses de los barcos pesqueros que buscaban el fruto del mar, el pez nuestro de cada día -y que dejaron que el sol la convirtiera en una leyenda-, quedó la casita que hicimos, con lo justo, en aquel rincón del mundo, mi mujer y mis dos hijos mayores. Allí aguantamos algún tiempo en la inmensa soledad de las dunas hasta que -un día de Santiago, por eso actualizo mi memoria,- la inmensa mar oceana nos llevó en una marejada feroz hasta casi donde no se podía ver ya la ribera.

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Mis dos hijos mayores y yo estuvimos ya dentro de eso que se llama “la tragedia azul”. Cuando la arena la respiras y ya sólo te queda la posibilidad del milagro. Mis hijos entonces tendrían alrededor de diez años y la inmensa marea los arrebató junto a su padre, sin posibilidad de retorno. Menos mal que la Virgen de la Peña, patrona de la isla majorera, y la fuerza eterna de la marea, que tiene dos tiempos, la marea que te lleva y la marea que te trae, hizo posible el que pueda contar la gran aventura, mi nuevo nacimiento.

Por eso estos días estoy celebrando -bueno, celebrando es un decir-, aquel nuevo bautismo en la arena de la isla inolvidable. Al día siguiente volví a echarme al agua al amanecer, junto a todos los míos, para no perderle la cara al mar, y vendimos el viejo coche dos caballos, rey de la arena, poniendo en venta los restos del naufragio. De la ballena sólo quedaba el poderoso cráneo, como una caverna de marfil, y la casa con un mosaico en el que se leía: La casa de la ballena.

Sobre mi mesa hoy, uno de aquellos colmillos del enorme animal, marfil puro y duro, y el mosaico aún campea en la casilla donde se ha levantado, además, uno de los hoteles cinco estrellas más fabulosos de Corralejo. Nos fuimos llorando, sin volver la cabeza y yo, tiempo después, escribí un libro que reunía mis crónicas del periódico de Fuerteventura, titulado “El galeón de arena”, que mereció el premio de literatura de viajes de Cuenca, con Manu Leguineche, por ejemplo, de jurado.

¡La memoria! Desde el porche de yuca de aquella casa, veía yo a lo lejos el chorro de agua enorme que la ballena dejaba escapar para avisar de su presencia, en familia o sola, o en aquellos momentos excepcionales en que yo, y a veces los míos, descubríamos la Isla de San Borondón -que sólo ven los viejos piratas-, y hasta la luz de Mafasca, que era un milagro boreal que sólo se veía en las noches sin luna.

¡Cómo me gustaría hacerme de aquel viejo mosaico que aún permanece! Pero me queda todo aquello que viví durante tanto tiempo. Cuando era todo verano para mi crónica, cuando en julio, en fila, pasaban cerca de mí con sus ojos abiertos siempre, las ballenas del océano.

Tengo cien libros de ballenas conmigo. Las he visto procrear, juntarse en el prodigio de su amor, en la laguna del ojo del indio de México. Ruidosas, alegres, confiadas, sin saber que después del acto de amor, cuando allí vuelven a parir, saben que allí cerca esperan las orcas, las asesinas de sus hermanas, para devorar los restos de la placenta que hacen rojo el azul de la mar, y persiguen a los jóvenes ballenatos que pueden escapar de sus madres.

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He escrito mucho, muchísimo, de las ballenas del mundo. He comido en el sur del sur del mundo, en Chile, de su krill, esa comida poderosa, millones y millones de pequeños crustáceos de la mar, como gambas mínimas de las que cargan sus estómagos inmensos antes de iniciar su vuelta al mundo buscando el sustento… Luchando, escapando.

Tengo un colmillo con su historia, un trabajo, grabado de algún viejo capitán a bordo de un barco de Dios sabe que historia. Ayer vi la horrorosa noticia de que en las Feroe, las islas lejanas, volvieron a asesinar a más de cien calderones -ballena pequeña-, para seguir una tradición antigua. Lo que antes se hacía por necesidad, ahora se hace por un cierto interés periodístico. ¡Ay, el día que se harten las ballenas del mundo! ¡Acabarían con la civilización de la tierra en pocas horas!

No he sido capaz de comer la carne de la ballena. Imposible. Ni en el mejor restaurante japonés de mis viajes lejanos. Me sentiría caníbal como poco, como si devorara la carne de un hermano mayor, de mi propia sangre. Tengo el grito de las ballenas en las profundidades, las medidas de su cerebro, las he ido buscando para contarlas a lo largo de toda mi vida. Tengo un cinturón de piel de ballena que cuando cambia el tiempo, se extiende o se arruga. Dibujos, mapas, historias… He acompañado a los últimos balleneros por ver cómo disparaban sus cañones para cazar a los más inmensos cachalotes, cuando la mar deja de ser azul, para convertirse en un mar de sangre… sólo para contarlo.

-Si quiere usted, periodista, dispare, basta con que apunte a proa del barco, sangriento, y después dispare, es una sensación de adrenalina distinta, diferente… Pruebe, pruebe, ¡hágalo! Así tendrá una gran historia que contar.

Y no lo hice. Era un barco japonés con el sol redondo en la bandera. El paisaje en el Pacífico, cerca de la isla del fin del mundo, Pascua, de donde no todo el mundo puede contar porque no la ha visto.

Yo sí, y la tengo conmigo. Algún día les hablaré de la inmensa soledad de los Rapanui, de vuelta al océano, mirando al volcán de los ojos negros.

¡Las ballenas! Sus historias, sus leyendas, el bramido de su presencia, el viejo tridente de los antiguos cazadores, abrazo del parador de la Gomera, uno de los más hermosos del mundo donde estuve a punto de ir este verano, siquiera unos días, los de los cabos de las islas portuguesas, que todavía salen en grupo a cazar la ballena. Los almacenes antiguos -abandonados hoy-, de los puertos del norte de España, el cementerio de los últimos cazadores en lo alto de Luanco, ese libro único, el Quijote de la mar, que se llama Moby Dick, que para el cine hizo Gregory Peck intrepretando al capitán Ahab, aquel que buscaba perdidamente la ballena blanca, con una pata de palo, infructuosamente…

Un día, cuando yo buscaba en la mañana de Fuerteventura lo que el océano dejaba en las playas, entonces vacías, hoy llenas de alemanes ricos y de españoles que siquiera por diez días, sueñan la gran aventura de la mar, siendo del mapa interior, entre otras cosas increíbles, un tesoro.

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Aquella caja de munición inglesa, sin abrir todavía, con las marcas negras en la madera…  ¡Cuántas botellas de ron vacías con mensaje dentro! Algunas yo envié desde la del náufrago, que era yo con mi carta personal, y algunas me han respondido…

Y aquel día que la mar oceana me trajo una pata de palo llena de conchas, de caballitos de mar secos, de corales latiendo -porque los corales muertos están vivos y podemos, si pegamos la oreja, escuchar su corazón de madréporas-.

Hago muy largo el cuento. Siempre tengo el deseo de escribir de una vez por todas ese libro que nunca escribo, no sé por qué. Tal vez porque conozco cómo suena el corazón de una ballena. Gris, porque sé cómo cantan las ballenas del verano y porque se ha escrito tanto de ellas.

Menos mal, por si no lo saben, que las ballenas, del ojo inquietante, saben leer… porque viven en el fondo del mar, y nuestro planeta -me lo dijo un día hace muchos años en el mar de Cortes de México, el propio Cousteau-:

– Parece mentira, el mundo nuestro, nuestro planeta, mire usted cualquier mapa del globo, debería llamarse agua, de tierra sólo tiene una cuarta parte… Y en el agua reinan las ballenas.

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