Shirley MacLaine siempre vuelve

Las leyendas siempre, pero que siempre, vuelven. Con más de ochenta años -ochenta y uno reconocidos exactamente en los viejos libros del cine- ha regresado la enorme Shirley MacLaine, que espero haber colocado en su sitio la hache de su nombre. Lo digo porque el primer reportaje que le hice -creo que fue en Pueblo-, le gustó mucho, incluso me dio un beso en la mejilla que aún conservo apretando mucho la nostalgia -un beso de paso, de labio fino- aunque, eso sí, me hizo un inciso:

– Espero que en el próximo ponga usted en su sitio la hache de mi nombre.

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Era, es, genial. Ha cumplido los ochenta como siempre en la compañía de su propio misterio, porque vive en la realidad de sus sueños. Es una dama genial que cumplirá los cien, cuando los cumpla, sin apearse de su realidad.

Sé que viviré en otra vida, así que no me preocupa lo que me pueda pasar.

Lleva razón, ¿quién puede demostrar lo contrario? Ahora acaba de resucitar, claro, puesto que la muerte no le preocupa, con una nueva película después de un largo, larguísimo, silencio. Elsa y Fred, que por lo que dicen los expertos no se va a a llevar un Oscar, aunque en ella está junto a Shirley ni más ni menos que ese eterno galán, Christopher Plummer, que también tiene una hache difícil de colocar en su onomástico.

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Lo importante es que la cinta acaba de ser estrenada en España, y que la “loca maravillosa” está como siempre, genial, como su vida. Yo la conocí -siempre hablo de lo que es el verdadero tesoro del viejo pirata, lo que conserva de su memoria-, en directo cuando vino hace algún tiempo a este país nuestro buscando la magia del camino de Santiago.

Era un tiempo aquel en el que la mochila era noticia, y más si la acarreaba una de las mujeres doradas del Hollywood de entonces: la Maclaine. Divertida, rompedora, mágica entre las mágicas, capaz de hacer de su vida un saco de viaje. Últimamente, sus últimas señas creo que están en aquella casa divertida, solitaria, de Santa Fe, en los Estados Unidos donde vive en ilusa realidad rodeada de su colección de cactus y sus tres perros.

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– Son los únicos que me permanecen. Es a los que solamente permanezco fiel. A los hombres menos, porque no se lo merecen, además tenga en cuenta que he conocido a los mejores y a los peores hombres de mi tiempo.

A veces escribe, y escribe muy bien. Sueña con los sueños. Nunca fue bella del todo y sé que me perdonará lo que le digo, pero estruja la naranja de la vida hasta el final, aunque a veces tenga el sabor del limón. Pero eso sí, no le gusta vivir con los recuerdos aunque ya ha escrito a estas alturas un par de libros de memorias y algunos de su filosofía especial, como una mezcla de Lobsang Rampa, aquel monje del Tíbet que escribió “El Tercer Ojo” y que luego se demostró que era un fontanero inglés que leía muchos libros del techo del mundo.

Todo menos la tristeza de los recuerdos– confiesa siempre – Lo mejor es echarse al camino… siempre.

– ¿Con mochila o sin mochila, Shirley?

– Con la de los años, que no es poco. Últimamente sólo viajo hasta mi casa frente al océano, en Malibú.

Le han preguntado, con motivo del estreno de su película, a esta mujer de ojos grises, pequeños, y vivos como los de las perdices.

¿Y el amor, tiene ahora sitio en su vida, usted que ha sido una mujer que tanto amó?

Responde siempre, sentada encima de la silla india de sus años, vestida con un traje sin costuras, como Cristo, Papa de su propia religión de seres que todos los días llegan con buenas intenciones desde el espacio.

– Sólo amo a la vida, que no es poco. Y además, sé que hay otros mundos fuera del nuestro, no olvide que vivo donde vivo, en el desierto americano, porque recibo la visita de infinidad de ovnis…

¡HOLA! ha estado varias veces en su casa, que es única, rara, hermosa, como es ella misma, luminosa, a veces que no se sabe si es de este mundo o de otro. Dicen que a solas fuma en una larga pipa de los indios de la pradera, y que escucha músicas extrañas. Podría ser una muy buena contactadora con los otros planetas. Debía vivir en otro sitio, por ejemplo en Puerto Rico, en esa inmensa base de escuchas del espacio donde uno ha estado por ver si oía algo de los que están ahí y nos observan.

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Siempre escribe un libro mágico, vendido de antemano. Sabe que España es un lugar único para eso. Ya tiene el pelo blanco y esa mirada de niña que acaba de ver un ovni. La película, la de hoy, “Magnolias de Acero”, ¿recuerdan? Las cosas como son, pero si está ella con aquel, creo, célebre cura galán de “El Pájaro Espino”, ¿sí? Aquel que siempre llevaba una señal de carmín en el alzacuellos, eso sí, en Australia…

Todo el mundo coincide en “esa chispa que brilla en sus ojos”, y es verdad, como una niña que descubre un cometa. Eso sí, una niña que ha cumplido ya los cien mil años.

A ver si encuentro su libro dedicado aquel día en el Hostal de los Reyes Católicos de Santiago de Compostela, cuando llegó allí una peregrina de mochila y bastón, que decía llamarse de segundo apellido Beaty. Y sobre todo su consejo:

– No hay que dar un paso atrás, nunca. La nostalgia no sirve para nada. Siempre adelante, adelante. Al camino, al camino…

Que es lo que yo vengo diciendo. A ver si lo consigo.

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