Querido cerdo…

Hasta hace bien poco, incluso hemos escrito sobre el particular en estos encuentros: el mejor amigo del hombre es el perro. Luego, el mejor amigo del hombre es el libro.

Y ahora, y ustedes perdonen por la comparación, que puede llegar a ser odiosa como se dice habitualmente, resulta que, según todo parece indicar, el mejor amigo del hombre, con perdón, es el cerdo.

Me explico. Acabo de leer en lo que es la prensa de la mañana, y naturalmente recogido en lo que después han dicho la radio y la televisión -cosa que es bien cierta porque primero es lo escrito y después lo hablado y lo visto-, que siempre recordaré cuando, en Nueva York, el legendario periodista y padre de la televisión, Alfredo Amestoy, el del pelo blanco, ondulado, al estilo Aristóteles Onassis, el griego de oro que tanto amó a Jacquie Kennedy

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Alfredo Amestoy con Iñaki Gabilondo

Bueno, pues los dos, mucho mas jóvenes, nos íbamos de madrugada, quizá la alta noche todavía, a ver salir el periódico New York Times (espero haberlo escrito correctamente), al corazón de Broadway, sólo para oler la tinta del mítico periódico norteamericano que aún continúa.

Salían los grandes camiones llenos de aquellas grandes páginas en las que, si bien entendíamos los titulares, sabíamos que poco después serían la carne de la noticia de los telediarios, de urgencia como poco. Los camiones, aquellos llevaban una gran página con un dibujo de esos americanos formidables que son la crónica de la vida, un cómic actual en el que se veía a los periodistas de la radio y la televisión coronados de cámaras y micrófonos, leyendo lo que el New York Times decía aquella misma mañana.

Dicho lo cual y especifico que lo que soy es, fundamentalmente, un periodista de periódico, de los de papel hasta que no llegue la hecatombe final, que será el día que el mundo acabe y que, de seguir así, será mas pronto de lo que imaginamos.

Bueno, pues ya entonces los temas del cerdo tenían un cierto interés, pero no en demasía. El cerdo, el marrano, el puerco, estaba ahí el pobre, que no se atrevían a poner su nombre en los teletipos, pero es el caso que -aunque Walt Disney le dio importancia en su día, en sus dibujos y con éxito-, el pobre animal estaba ahí, al final del prestigio, siempre en el barro, la mirada triste bajo los grandes parpados que son sus orejas y mereciendo el desprestigio de su condición, aun sin saber que el cerdo fue el primer perro del hombre.

Y sobre todo -tomen nota-, porque se está demostrando una vez más, que es el animal más parecido al hombre y a la mujer, aunque lo dudo dada la distancia que nos separa, y no quiero ser machista en la apreciación. Ni mucho menos.

La ciencia acaba de confirmar que el corazón del cerdo es lo más parecido en el mundo al corazón del ser humano. Y tanto es así que se confirma que del cerdo, abierto en canal y no para la matanza habitual sino para la investigación, se están extrayendo venas, vísceras y sobre todo, corazones para el repuesto de los seres entre los que me encuentro.

Bien que recuerdo aquellos días en los que uno trabajaba cerca de aquel enorme actor que fue Jesús Puente, y que nos hacía reír o llorar según quisiera su papel en el cine, en el teatro, en la televisión… dónde actuara. Además, se había casado con Licia Calderón, ¡tan linda!, a la que quisimos tanto, y era también propietario de una extraordinaria colección de arte que yo había visto con él en aquella hermosa casa de las afueras de Madrid, donde no todos tenían acceso.

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Éramos viejos amigos y recuerdo -insisto en la palabra “recuerdo” para que se sepa que no es oídas, sino que yo casualmente o causalmente estaba allí-, en aquella fiesta de verano, creo que de la televisión, donde trabajamos juntos, cada uno en su historia, Jesús sin peluquín ese día, que no le hacía falta, la sonrisa culta, abierta, cercana… Iba por toda España con un gran camión, buscando gente que contara su historia, y  como era natural en aquella tarde noche que me viene a la memoria, se nos acercó el camarero habitual, correcto y solidario, a ofrecer lo mejor de su casa en la bandeja.

– Jamón de Jabugo, una joya, don Jesús…

Y adoptando el aire del payaso triste que por fuera hace reír y por dentro está llorando, manteniendo en alto la copa de vino tinto, don Jesús, que va y comenta:

– Lo sé, Gloria Bendita mi amigo, pero aunque ningún médico me ha prohibido su consumo, le contaré que no como jamón desde hace tiempo, por amistad eterna. Por una razón solidaria. Sepa que he sido operado del corazón, a vida o muerte hace muy poco, ¿lo sabe no? Bueno, pues el día de la cirujía me colocaron dos válvulas de cerdo… ¿Sabía que por dentro somos iguales? ¡Cómo voy yo a ser, sino es lo que soy, el mejor amigo del que más ha hecho por mí! De ahí que lo que más me gusta en el mundo, que es el jamón, no lo puedo, o mejor no lo debo comer, por lealtad y agradecimiento.

Nos alegramos de vernos buenos y Jesús Puente demostró su humanidad, con rigor y con amor al mismo tiempo. Como quien pregona una amistad desde el compromiso.

Tiempo después Brigitte Bardot, en su casa de París donde la visité para ¡HOLA!, aquel día que le dije que teníamos que hablar sobre el amor, claro, y ella respondió: “Mi compromiso es, sépalo usted, hablar sólo de los animales para mi fundación, a la que, ya sabe, le he dedicado toda mi vida”.

Y yo le respondí, con el desparpajo aún de la gente del oficio, y como quien se lo juega todo a una sola carta. Hay fotos.

– Pero no se olvide, señora Bardot, que yo estuve enamorado de usted como una bestia.

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Nos reímos un poco y habló del amor, si bien con nostalgia. Ella ya había cumplido los años justos y estaba en la lucha de cómo hacer que los burros, los pobres borricos de Afganistán, sobrevivieran a los misiles de los hombres. Era otra forma de amor, pero era un manifisto. ¡HOLA! le ayudó en su romántico combate.

La princesa Olivia tenía un cerdo vivo de compañero habitual, aunque estaba desde tiempo atrás aficionada a las ranas -a ser posible de brillantes o de porcelana china-. Sin embargo, durante un tiempo, su alteza vestida de hippie, frecuentaba Madrid con aquel cerdo, creo que vietnamita, como quien lleva un dálmata o un elegante galgo de compañía. Era comunicativa, directa, y durante un tiempo perteneció a la corte del rey Julio Iglesias I, a la que yo, como juglar de papel, también pertenecía.

Ahora se llevan mucho los cerditos vietnamitas, que son por lo visto buenos y silenciosos, fetiches caminantes que dan buena suerte y feliz compañía. Silenciosa no porque, cuando están  contentos, emiten su alegría de la forma habitual: gruñendo. Porque un cerdo es un cerdo, y es que ya lo dice el refrán: “El que hace un cerdo, hace ciento”.

Historias de estos animales hay muchísimas, y hoy día los buenos cortadores de jamón ganan el oro, como los corredores de coches de la Fórmula 1. Yo conocí en la Sierra de la Alpujarra, en el pueblo de Trevélez -el lugar más alto de España en Sierra Nevada-, a un conocedor: un sabio del jamón que conocía la bondad, la categoría del pernil, por su oído, como si fuera un experto en violines austriacos. Primero pinchaba aquella carne colgante en el gran almacén cerca de la nieve y después pegaba el oído como quien escucha el alma de una guitarra de palo de ciprés del Generalife.

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Era ciego y unía a su fino olfato de conocedor la nariz del experto y la carne que la habitaba. Y definía sin equivocarse. Ya se ha muerto.

Siempre sentí por el jamón, perdón, por el cerdo en general, una simpatía profunda, aunque asistía con devoción y sorpresa a lo que eran “las matanzas del cerdo”, en la casa de mi abuela Concha. Una ceremonia única de los sentidos y la tradición, inolvidable. Luego tuve la suerte de hacer los pregones del jamón de Jabugo de Trevélez, del jamón de Teruel, etcétera. Tengo algún premio colgado entre los libros de mi oficio. Siempre, por lo menos, volvía a casa, con un jamón de verdad en los difíciles tiempos de mi juventud.

No podía tener con el cerdo mejor compenetración a pesar de su escasa frecuencia. Incluso llegué a ser, con Matías Prats padre, Caballero de la Orden del Guijuelo; momento del que recuerdo el premio, lo primero, y después una boina con el nombre del hermoso pueblo de Salamanca.

Así que perdonen si, entre tanto nombre de grandes estrellas a lo largo de estos meses de convivencia que me estan dando vida -sin género de dudas, la terapia del viejo reportero-, hoy escribo con ternura y al mismo tiempo con actualidad, de un viejo amigo al que desde hoy debemos tratar con más respeto. Los  científicos aseguran:

– Es el mejor amigo del ser humano porque es, en muchas cosas, el que más se le parece y al que más está ayudando, desde el corazón a las arterias.

Ya decía yo.

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