Por qué Walt Disney pudo ser español

Todos los días, o casi todos, el inmenso genio Walt Disney de una u otra manera es noticia. Importa, aunque hace ya muchos años que se nos fue, aunque la leyenda de que está hibernado en algún lugar secreto de los Estados Unidos -por su propio deseo-, es una historia que, aunque parece ser falsa, aún hay quien se acerca tratando de actualizarla.

Es como aquello que se refiere al genio americano, al creador de toda una nueva forma de soñar para los niños de todo el mundo -la definición de Disneylandia es perfecta, según dice mi buen amigo Juan y Medio: “A los niños los transforma en mayores y a los mayores, los convierte en niños“-.

2006-02-03-a

Lo que sí es cierto es que todos los días, todos, hay una historia clara en Mojácar, donde hay una calle que lleva inmerecidamente mi nombre. Bueno, sí sé por qué: simplemente -simple y llanamente- porque durante mucho tiempo defendí la historia de que el gran dibujante había nacido, como poco, de padres mojaqueros emigrantes del sur de España que en su día, con la maleta de madera atada con una  soga como tantos otros, escaparon hasta las lejanas tierras americanas, simplemente para alcanzar un pedazo de pan con que mantenerse, huyendo del hambre antiguo de los últimos cortijos del chumbo y de la higuera.

Yo, entonces hábil cazador de historias increíbles, levanté el grito del mito a todos los niveles, la radio, el periódico diario Pueblo, la televisión, casi en blanco y negro, que entonces empezaba. Y puse en pie lo que en algunos viejos periódicos se contaba.

Mojácar era entonces uno de los lugares más exóticos, uno de los pueblos más verdaderos de Andalucía, el Sur en estado puro. El pintor Perceval, un genio suelto, había popularizado brillantemente la estampa de la mujer,  que con la vasija de bello barro, con agua, con vino, con aceite… subía las calles estrechas de aquel pueblo al que aún no habían llegado los turistas de todo el mundo, como ahora.

playa-almeria

Además, África se veía a lo lejos, brillando en las noches de luna. Un viejo médico, que está en alguno de mis libros del Sur, había descubierto en alguna ocasión -su casa aún permanecía ahogada entre las buganvillas-, que Disney era hijo de un matrimonio muy humilde, los Guirado, que se habían marchado a las Américas, cuando las Américas estaban tan lejos, buscando, no ya fortuna sino el inmediato mantenimiento, y una familia del gran Oeste, del campo puro y duro, del Norte, el de los habitantes del cuello colorado como se decía a los granjeros, había aceptado al matrimonio que de tan lejos venía buscando techo, suelo y cielo donde alojarse.

Dicen que ya iba en estado de buena esperanza la andaluza, otros en cambio elevan la historia a la categoría, que podría ser cierta, de que era una hermosa mujer de ojos verdes y tristes que viajaba en compañía de un viejo minero almeriense, que había adquirido la enfermedad de la silicosis, y que iba poco menos que agonizante, sostenido por aquella dama del Sur que buscaba un horizonte mejor para “aquello que iba a llegar”. Llegó en su momento y fue recibido, en aquella casa inmensa y vacía, como una luz en la  monotonía de los campos de maíz.

“Y aquel niño creció en aquella casa lejana, como si de un hijo recién llegado se tratara a una vieja familia americana”.

No quiero hacer más largo el relato, que luego me regañan, una historia formidable que durante un largo tiempo continué buscando, incluso en los Estados Unidos. Aquel niño creado en el sur de España, la más humilde y la más luminosa del mundo, lo primero que vio fue un ratón en los graneros, y nació Mickey Mouse más tarde. Los animales que le rodeaban en los escasos árboles, las plantas que casi hablaban, todo un mundo fantástico, extraordinario, que luego crecería en su futuro, asombrando al mundo entero.

Años atrás, un día hablando con Salvador Dalí, en una casa de Cadaqués, le contaba la historia de Disney. El genio de los bigotes siempre aderezados con miel de su tierra, para que, según él mismo, “se posaran en él las moscas mediterráneas”, me respondió, asombrado:

– Es la misma luz de la que yo disfruto, es el mismo mar para los dos. Conozco a Walt de mis viajes a Nueva York, incluso él, que por aquí anduvo, vino a verme a mi casa un día. Es verdad. Un genio como yo y como él era, no pudo nacer en otro lugar que éste nuestro. No es oceánico, es mediterráneo, creador asombrosamente único… Sí, por su obra confirmo que su fino bigote es de Andalucía, de donde son los grandes creadores, como Federico.

2004-01-02-b

Durante mucho, mucho tiempo, la historia del Disney español fue creciendo hasta convertirse en algo “que podía ser realidad”. Los cineastas americanos, los viejos historiadores británicos, los alemanes rigurosos, escritores de urgencia, enviados especiales de California, franceses diletantes, investigadores italianos… llegaron a ese pueblo, a Mojácar, convirtiéndolo en un sitio único para más que estudiar, o además de ello, vivir como en un paraíso.

Mojácar se convirtió en la meca de muchas cosas, ni la bomba aquella terrible, atómica, de Palomares, en el choque de aquellos dos americanos que explotaron en el aire, pudo con la historia de Disney. Yo, que venía de entrevistar al Negus de Etiopía, en Addis abeba, me retraté nada más llegar sobre uno de los motores de aquellos inmensos transportes de la muerte que se encontraron en el aire.

Nada pudo con la leyenda, pues, de Mojácar y su hijo Disney. Incluso algunos periodistas, escritores y novelistas del mundo se quedaron a vivir para siempre en aquel lugar del que yo dije: “Parecía el gorro blanco del hijo de un príncipe nazarí, en la mitad de aquel paisaje oscuro, bajo el cielo más azul del mundo entero”.

Era el tiempo en el que uno aún escribía con un toque de poeta. Hablé mucho de Mojácar, escribí, respondí a las preguntas de muchos que deseaban saber si era cierto lo de Disney. Indagaron, incluso encontaron fotografías macilentas, amarillas de otros tiempos, de cuando cerca estaban las minas, incluso de oro de las tierras almerienses. Durante años yo llevé una sortija de oro de Rodalquilar, con una piedra rojiza de la que había nacido el tesoro de mi mano izquierda.

Sin-título-1

Un alcalde discutido -pero indiscutible que hizo mucho por su pueblo también-, puso mi nombre, del periodista Tico Medina, a esa esquina por la que se subía al palacete de un pianista colombiano que vino para hacer un retrato y se quedó allí para siempre. Estuve a punto de quedarme con aquella casa con una gran terraza que había sido del doctor Zumel, el médico cirujano de los toreros de Madrid. Luego, cerca vivió don Antonio Bienvenida; muy cerca, un secretario de la Reina de Inglaterra que había cambiado todo por un paisaje y un mar antiguo; y hasta recuerdo que un familiar de Alfonso Guerra habitó en el mismo balconario.

A veces, dicen que se escuchaba la música de Gustav Mahler en el cielo más azul del mundo y en la esquina de mi nombre. Ahora alguno de mis nietos, de cuando en cuando, me envía ese lugar para mí, inolvidable. A veces aún me llaman historiadores de urgencia, que desean saber algo de la historia magnífica. Se han hecho documentales, se le ha preguntado muchas veces al mismo Disney antes de su adiós, y él ha respondido con una misteriosa sonrisa. Forma parte, más que de su negocio, de su historia. Incluso se asegura que ha estado en carne y hueso, disfrazado de turista, y se le ha visto en el pueblo solo, como un hombre misterioso que llevaba una cámara de cine y tomaba apuntes en un gran cuaderno de dibujante. Abajo, junto a la línea de la mar, le esperaba un Rolls blanco con un atlético chófer negro.

El otro día en Marbella me aseguraban, incluso sin preguntar, que había un banco en un  jardín marbellí, de cuando Marbella era Marbella -que vuelve a serlo de nuevo-, donde un hombre flaco, de gran personalidad, elegantemente vestido siempre, de rabiosos ojos de observador, paseaba con un perrillo en brazos, un can de tocador, antes de ir a comer todos los días, claro, a la casa de ese viejo amigo, Salvador, que ofrece el mejor pescado del mundo de la mar. Alguien descubrió que se trataba de Disney en persona, sólo que pasaba por allí, de riguroso, misterioso, incognito.

La noticia vuelve hoy mismo a mi memoria, sin siquiera dedicarme a buscar los viejos papeles que me acompaña

 

  • Qué interesante!!! Sí qué me impreciona con sus historias, cada qué lo leo aprendo mucho, ahora se por qué me encanta “Disneyland” y a mis nietos también!!! Qué gran historia para contarselas !!! Gracias Don Tico por su magía de escribir.

Deja un comentario

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer