La ruleta rosa

Vamos a ver. El rosa es un color, uno más, de los del arco iris. Tal vez el más bello de todos, que incluso se puede escribir que ningún rosa más verdadero que el del color Sorolla, don Joaquín, que vivo frente a su casa-museo de Madrid, y veo su fantasma en las noches de luna – de color rosa, claro- paseando por el jardín con el surtidor de agua funcionando levemente, suavemente, guapamente diría yo, aunque soy académico de dos o tres academias del sur, y debo tener mucho cuidado, no ya con lo que digo, sino con lo que escribo, que es mucho más implacable.

Aunque el maestro Juan Ramón Jiménez, al que yo vi agonizar, con su barba blanca, en aquella habitación de cuidados paliativos de la universidad de Río Piedras, en Puerto Rico, el de Platero y yo, ya saben, que escribió en su momento aquello de “no la toques ya más que así es la rosa”.

Y llevaba razón el premio Nobel, una rosa es una rosa, y no admite más definiciones. Aunque no estoy tan de acuerdo en eso, porque hay rosas de mucho tipo y condición, de ahí lo de la ruleta rosa, rosas de un color, distintas a otras rosas de largo tallo, incluso las rosas sin espinas, que no son rosas incluso por que les han arrebatado lo más importante que tiene la rosa, que es eso, la daga verde, a veces negra, que recuerda la verdadero condición de la rosa, que es la de que en un momento dado se apaga, más les digo, lo único que queda después, además de la olor -que mi madre decía que la olor era femenina- es eso, la química del pinchazo, más aun, ese punto de alfiler de sangre que con el tiempo se convierte en inolvidable.

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Dicho lo cual, les aseguro que el color de la rosa es imprescindible, por la sencilla razón de que sin su presencia, suavemente elegante, el mundo de los sentidos sería inexplicable. No existiría. De ahí que el rosa, aun sobre el papel, menos en el aire de la comunicación de todos los tiempos, es fun-da-mental. Y si no, ¿cómo podría yo explicar aquel día de las rosas azules, que le regalé a Liz Taylor haciendo La Loba en aquel teatro de Florida, cuando la visité para ¡HOLA!, claro, y me puso la mano en la rodilla, como si nada, y fugazmente, como es lógico.

A ver, ¿cómo podría yo explicar lo que sentí aquel día, en la isla elefantina del Nilo, cuando fui a ver -también para ¡HOLA!, siempre presente en mi vida y ahora más en mi memoria- a la mujer aquella, dorada leyenda, con la túnica de color rosa de seda india, que fue la esposa del hombre más rico del mundo, el Aga Jhan, al que sus súbditos religiosos aún pesaban en kilos de kilates todos los años? Aquella a la que llamo la leyenda la Begum y que está en la galería de las damas de leyenda que uno ha conocido a lo largo de su larga vida de contador de historias…

El rosa, además, que en un momento, como en la ruleta, mata. Sí, mata, morir de amor, el balazo rosa, de ahí que el juego terrible del revolver con una sola bala, cuando el gatillo, la vida es eso, un gatillo, pero de acero curvo, que igual que te ofrece el último suspiro, te hace viable el respiro para siempre. Es hermoso jugar a las palabras cuando se sabe que se juega limpio, sin un misil de plomo en la recámara. Por eso hoy, con estas calores, reivindico el rosa, la rosa pálida, incluso la rosa seca, la rosa que te quiero rosa, que es el color natural del amor. Porque si ayer Dylan, que sigue cantando por ahí, decía en esta misma esquina de los sentimientos, aquello de  “el amor mueve el mundo que vivimos”, era porque es cierto, porque luego el amor se convierte en el dolor y llega a ser lo mismo.

Rosa-roja

¡Qué sería pues del mundo sin el rosa! Y más si les digo que ayer vi que Estrella Morente puede tener el rosa en los ojos, ese rosa maceta de casa del Albaicín, cuando canta cosas de su padre. Hay un rosa, que es el rosa atardecer de la Alhambra, igual que hay el rosa amanecer de un barco de vela cruzando la línea rosa de donde se parte el mundo en dos mitades.

A la princesa Diana,  a la que cada día se la recuerda más, le gustaban las rosas particularmente, y cuentan los que algo vieron, que su sangre, la derramada, era rosa, como aquella túnica del Dalai Lama en el Central Park de Nueva York, el Dalai, que acaba de cumplir, su sandálica majestad, siempre va con sandalias a pesar del frío, al que le acompaña Richard Gere, ¡ochenta años!.

Jugo de rosas bebe, y la rosa incluso se ha hecho comestible, sí señor, los modernos chef, sobre todo donde abundan las rosas, echan azúcar de rosas, aunque la rosa tiene como debe tener un cierto sabor amargo, aunque no emborracha como la amapola. Y es lo que yo digo… ¿cómo no va a ser bebible la rosa, si su leyenda, su historia en sí, marea tanto? Emborracha el zumo de rosas, y no se lo recomiendo, aunque me han dicho que los que más rosas comen son los galápagos domésticos, los que viven en la cautividad de las casas de las afueras.

A Houdini, el maestro de la huida, le encantaba regalar rosas, pero tenían que ser negras, cosa difícil, aunque el otro día vi una, sólo una, de color oscuro, en el jardín de la Fundación del Agua de Granada, donde tengo cita el día veintiocho, como copatrono que soy, en la plaza del Cristo de las Azucenas, del Albaicín de Granada…

Conocí, acaricié una guitarra de palo de rosa que tenía el maestro Segovia, y con la que me contó que sonaba como en ningún otro lugar Vivaldi, era natural, sobre todo de Las Cuatro Estaciones, la primavera. Y termino de jugar a lo rosa diciéndoles a ustedes que nada más rosa que el libro Hombre de la esquina rosada que escribió en su día el maestro ciego Borges, y eso que no conoció el rosa en su intensidad, pero que en alguna ocasión me pareció oírle decir que “el rosa es el color de la sangre olvidada”, que a ver si los blogueros o blogueras del mundo han escuchado tal cosa…

Y termino por hoy, harto de que el rosa sea ninguneado muchos días, como algo efímero, sin importancia. No es verdad, es como cuando se dice aquello de “¡bah, historias del corazón!”.

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Sí, sí, historias del corazón, como si nada, despectivamente, menospreciando. Y  ¿qué es el corazón, mis lectoras y lectores, si no el motor de la vida, la razón de la muerte, si se para, la pieza clave, de nuestra propia existencia? ¡Cómo habría podido celebrar Anne Igartiburu -que tiene, me dicen, el corazón depositado en un músico de mi geografía, joven y guapo, director de orquesta- esos cinco mil programas de su historia de mediodía, en la uno, y que se llama Corazón, por cierto? ¿Cómo tan feliz acontecimiento, al que no pude asistir porque no había sido invitado siendo como soy un experto en la materia, que soy de los pocos que han contado una historia tan hermosa como la de Anthony Quinn, para ¡HOLA!, con el corazón abierto y puesto sobre la mesa en un quirófano en la realidad? O, y termino, ¿cómo poder sobrevivir a la negrura total de los noticiarios inmediatos, los muertodiarios, donde hay más noticias tristes que alegres, porque las malas noticias son las que mas venden dada la condición humana?

Y me quedo. Es la hora de mediodía y mi santa esposa, más de cincuenta años hombro con hombro, tiene a punto el salmorejo. Que ya saben ustedes esta hecho con el corazón fundamentalmente, y además, su color es, como debe ser, rosa. Rosa salmorejo como Dios manda, y se lo dice a ustedes un caballero de la orden del salmorejo, que posee por derecho el regalo de una capa, diseñada por el maestro Elio Berhanyer, el genio de la costura, que aunque siempre dijo que el negro era un color español cien por cien, qué habría sido de él sin el rosa y el corazón al mismo tiempo. Lo que hoy hago público, en el día de la Verónica, la misteriosa dama del gran enigma bíblico de nuestra religión y nuestra historia, o sea, el rostro rosa de Cristo, escrito con el propio corazón de la  hermosa y vieja historia. Una historia de amor, de solidaridad, que permanece.

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