La mañana que corrí los toros en San Fermín

Sí señoras y señores, amigos míos y lectores sufridos y leales de este blog, ¡cómo no iba yo a recordar, siquiera eso, aquel día que corrí los toros, como se dice habitualmente, de San Fermín! Forma parte de la historia periodística sentimental de mi propia y ya larga vida.

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Fue hace ya algunos años, muchos, imagínense cuantos. Pero yo tenía que hacerlo por encima de cualquier cosa. Por lo pronto y de entrada, ya de reportero intrépido, había hecho los metros, todos, los pasos incluso, de la famosa Calle del Castillo que algún día caminaría de otra forma. Lo hice para el periódico Informaciones, entonces dirigido por Juan Luis Cebrián, hoy presidente de Prisa, académico y excelente periodista y quien está en alguno de mis libros. Lo que sí les puedo decir es que, por si fuera poco, yo tenía toda la levadura ‘hemingwayana’ en vena, en mi propia sangre, desde hacía mucho tiempo, muchísimo, desde niño.

Tuve además la infinita suerte de conocer a don Ernesto durante sus estancias en España. Incluso un premio que llevaba su nombre, y que daba el diario Pueblo, me quedé con la gana de llevármelo, pero no pudo ser. El premio fue para “el señor de la columna” como yo llamo al maestro Manuel Alcántara, que continúa a pie de obra escribiendo todos los días en la cadena Vocento. Una lección de periodismo diaria en el fondo y en la forma. Y así más de veinticinco años. Así que el premio, lógicamente, fue para él y servidor se quedó de banderillero. Creo que eran mil dólares de entonces, una gloria bendita. Recuerdo emocionado el día en que le di la mano al premio Nobel de “El viejo y el mar” en aquel despacho de Emilio Romero en la calle Narváez de Madrid, donde estaba el diario Pueblo.

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¿Dónde estará esa foto decisiva en mi vieja vida de reportero? ¿Dónde? Lo que sí sé es que el artículo por el que merecí ser el segundo se llamó “La muerte del maletilla”, y contaba la desgraciada historia de un muchacho, casi un niño, que no pudo llegar a ser lo que quería. Un toro lo partió en dos en una plaza de pueblo. Un tema, más lírico con un golpe de drama dentro. Mereció el segundo del Hemingway, la tercera columna del periódico y, sobre todo, el haberle merecido un instante de mi entonces joven oficio de reportero.

Luego le encontré algún día en alguna plaza del sur, creo que en Córdoba, él en la barrera, yo -por especial deferencia del torero que toreaba-, en el callejón, el lugar emblemático de la llamada, todavía, fiesta nacional.

Y conté muchas cosas de él, de don Ernesto, mi maestro, mi profeta, mi gurú de contador de historias. Así que en cuanto pude ir a Cuba lo primero que hice, hace cincuenta años, fue acudir a la Casa de la Vigía, en la parte alta de La Habana donde vivía más tiempo. La casa soñada que por fin pudo comprar con el dinero que ganó con la versión para el cine de su novela “Por quién doblan las campanas” que transcurría durante la Guerra Civil Española.

Así que cuando murió don Ernesto, el mejor propagandista de la Feria de San Fermín con su novela “Fiesta” y sus reportajes en Estados Unidos, pedí ir a verlo, por lo menos en su despedida. Llegué a tiempo aquel siete u ocho de julio en el que lo enterraban en Idaho donde fue a morir, ya instalado en la depresión, en la más íntima y desoladora locura, y es que pertenecía a una familia dramática de suicidas. El día en que decidió hacerlo, como sus antecesores, bajó las escaleras de su casa, donde habitualmente cazaba el oso y donde últimamente ya no podía, no sabía, escribir aunque cobraba a dólar la palabra. Mary, su última esposa (se casó varias veces a lo largo de su vida) me contó que bajó las escaleras de la casa, desde donde dormía hasta el hall donde tenía sus escopetas de caza, y bajó cantando la famosa canción con la que se cierra San Fermín…

– Pobre de mí, pobre de mí, que ya no volveré a ver las  fiestas de San Fermín.

Y se quitó la vida. El médico le había prohibido viajar, ni tener ninguna emoción por pequeña que fuera.

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Llegué a tiempo de la despedida. Pude ver los restos de su existencia en el techo de aquella entrada a la casa familiar de los Hemingway. Adiós, le escribí a pie de obra. Y le tengo en una foto grande frente a donde escribo, hoy de nuevo, con esa paloma negra que me visita hace días, con el calor en el estrecho jardincillo del alfeizar de mi ventana de Chamberí donde tienen ustedes su casa.

Por  eso, a la hora casi del chupinazo, escribo, seis de julio, lunes de julio del dos mil quince, con la memoria fresca, para contarles de aquel día que conté para la televisión, para toda España y América, la fabulosa aventura del valor y del arte de un pueblo entero y, sobre todo, de miles y miles de habitantes del mundo entero que vestidos de blanco y rojo, corrían delante de los toros por aquellas calles llenas de gente que gritaba y sentía.

Me impresionaron sobre todo las chispas que salían de las herraduras de los toros al chocar contra los adoquines de una de las calles más importantes y dramáticas del mundo. Lo conté a mi manera, pero lo conté.

Por cierto, debo decirles algo con urgencia: corrí con los pamploneses, no sé debe decir hoy ya pamplonicas. Aquel día después de una larga noche sin dormir con el balcón abierto de par en par cerca de la plaza, me puse mi pañuelo rojo al cuello, que conservo. Me compré una copia de la hermosa cabeza de Hemingway, de Luis Sanguino, que conservo todavía, y me puse la camisa blanca del uniforme del valor, pantalón con faja y un periódico en la mano como mandan las leyes de la gran carrera.

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Y corrí, vaya si corrí, con el corazón en la boca. Pero debo decirles la verdad: corrí con los últimos, -había muchos- una vez que pasaban los negros toros de la tarde. Rodeado de amigos, de pastores, de leales que no querían que el reportero, ya en años, se quedara allí cerca de la telefónica, pero aquel olor a sudor valiente, a aguardiente fuerte, a cáñamo y esparto de la alpargata, aquel olor a España me acompaña siempre. Conmigo, viejos escritores americanos que no querían morirse sin vivir la aventura que tan bien contó “el gran reportero” tantas veces. Damas de todo el mundo exhibiendo sus mejores joyas -entonces no existía el largo brazo que ahora se lleva tanto para hacerte el “selfie”, creo que se llama-, inválidos de Helsinki en sus sillas de ruedas, niños en los brazos de sus padres protegidos por escoltas como armarios… y un servidor que aquel día volvió a sentir el sabor del vértigo, el aroma de la adrenalina, corriendo tras el grupo de los valientes que se jugaban la vida agarrándose a las talanqueras del camino.

Por eso, hoy, aunque sea con la verdad el final del post, cuento lo que viví un día para no olvidar jamás. Alguna vez he contado la historia de un portero de una plaza de toros, la de Talavera de la Reina, que se cayó sin querer en la noche al corral donde estaban los seis toros del día siguiente. No se atrevió ni a levantar la voz siquiera. Vivió, por decir algo, la más larga noche de su vida en una esquina de los toriles, rodeado de los animales bravos que al día siguiente habían de ser lidiados. Aparentemente cuando fue rescatado del pánico a la mañana siguiente, aquel hombre, que lucía un pelo negro y formidable el día anterior, cuando regresó de la angustia, tenía el cabello completamente blanco.

Menos mal que yo ya lo tenía después de aquel siete de julio, San Fermín. Por eso, desde entonces, conservo una estampa del Santo en la cartera de mis documentos, en el blog de mis recuerdos más trepidantes. Y por eso hoy me viene a la memoria, con más fuerza que nunca, el retrato final de aquel hombre que, a su manera, amó a España simplemente viviéndola para contarla. Y sobre su sitio final había, aquel día de frío, hielo y de llanto en Idaho, un grupo picoteante de pájaros negros… ¿Será por eso que una negra paloma pasea orgullosa por mi ventana desde hace unos días? Claro que, por fin ya sé hoy, por quién doblan las campanas…

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