Historia de un romance real

Aparte de que sea real, porque realmente está ocurriendo y además es un romance -que romance es una historia de amor, desde  lo de El Cid y doña Jimena, incluso antes- se trata de que el título lleva la razón. A ver si no.

Ella, Eugenia, duquesa de Montoro, además de otros títulos que la adornan, aunque ella poco presume de ello, ni falta que le hace, es bisnieta de una emperatriz, que se llamaba también Eugenia, y que fue esposa de un emperador, el de Francia. Él se llama Coronado, que es un apellido que de por sí todo lo indica

Y además ha sido el protagonista de la serie El Príncipe, que hemos visto a tope, en toda España y parte del extranjero.

Díganme ustedes si no, aunque sólo sea jugando a las palabras, que es nuestro oficio, se trata de lo que arriba indicamos. Se trata, sin duda, de un romance de amor real.

Y además, y por si fuera poco, los dos, Eugenia y José, lo merecen. Tal vez podríamos decir que lo necesitan. Son dos buenos protagonistas para una hermosa historia de amor, de verano, de primavera y de otoño, y que llegue hasta el invierno, tan inmediato, a pesar de estos calores.

Hace unos días, creo que se lo conté ya a ustedes, que uno no tiene más que una historia que contar, viajaba yo, como todas las semanas, hacia el sur, cuando me encontré a Eugenia de Alba en el AVE. A veces coincidimos.

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Muchos días la dejo dormir en su asiento de preferente, a ser posible sola, cuando llega camuflada y se me duerme nada más llegar al tren, porque es temprano cuando viaja, antes más, que ahora, rumbo a Sevilla a la que fue hermosa casa de su madre, en esa casa palacio que uno ha visitado tantas veces, tantas, y donde Eugenia se encontraba siempre como en su casa, porque era, sin género de dudas, la casa que mas amaba de las muchas que tenía su madre, a la que tanto, pero tanto tanto, se parecía. La dejaba dormir las dos horas hasta llegar a la estación cálida, donde ya se siente, está presente, la razón-sinrazón, de la Andalucía a la que pertenezco, sin género de dudas.

Pero el otro día, a la altura de los cerros verdes de Montoro, donde empiezan las tierras y las sierras del alto Guadalquivir, me fui hasta ella, que no cesaba de hablar por teléfono. Asiento de preferente, A, para no llevar a tu vera a nadie que no te pueda dar la lata.

– Eugenia, niña, que estamos pasando por tu ducado…

Se lo dije en serio (ya os lo conté un día), porque era verdad, pero ella sonrió como cuando era niña, más niña todavía, y aunque tenía la ojerita puesta, estuve a punto de decirle aquello, que es verdad de “andaluza y con ojeras, estás queriendo de veras…”.

Total, Montoro, el Guadalquivir al paso, paisaje de olivos, piedras rojas, a veces sobre las colinas de jaras, los cortijos blancos. Hablamos un ratito, lo justo para sabernos. Ella sabe bien que yo siempre he sido para con ella más que afectuoso, cercano, inmediato casi. En todos los momentos, fáciles y difíciles de su vida, porque esta niña, siempre, siempre, aunque parezca que no le importa, siempre ha necesitado del amor. Me explico, de la cercanía, de la inmediatez del ser enamorado. Y aquel día, de hace poco, esa mañana, yo sabía, solo con verla que tenía el corazón enamorado. Y más aún: correspondido.

Se decía, que dicen que dicen que dicen… que si una persona seria y resplandeciente, que si tal que si cual…

A José Coronado le conozco, es curioso, y es mejor a través de las mujeres que forman parte de su vida. Es como mejor se conoce a un hombre. No voy a traer aquí la lista de aquellas siempre bellas damas, conocidas mujeres, extraordinarias, que lo quisieron. Ello ya daría datos suficientes para retratarlo con un cierto acercamiento. No. Pero sí sé quién es como actor, como criatura de a pie, como hombre siempre en soledad, en la soledad silenciosa y compartida, su talento en la escena, su talante en la vida, su deseo de vivir, a ser posible sin que su propia sombra le acompañe, aunque comparta la soledad, silenciosa, que es la buena, la mejor del mundo.

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La historia de amor, el romance, que se dice ahora, de José y Eugenia tiene las razones, todas, de su propia textura. Y además, la necesidad, la urgencia necesaria, de saber que los trenes, los que van, los que vienen, no pasan por tu estación todos los días. Se entienden, bien, se besan como debe ser, según la portada de ¡HOLA!, que no da una portada de ese tipo, espléndida, si no lo sabe de cierto, si no lo ha sabido de parte de las dos partes. O de las tres partes. Gusta ver a Eugenia que está cada día más bella, y sé lo que me digo, empinándose en sus altos tacones, sus poderosas pasarelas, para besar en la boca a este actor, que tampoco es  Pau Gasol, con la zapatilla de jugar al baloncesto.

Pero, hay confidencialidad, secreto, o mejor aún, “que todo el mundo lo sepa, que no nos importa”. Y sobre todo la lógica aplastante que a veces tiene una historia de amor. José tiene, cincuenta y siete años, Eugenia, cuarenta y seis, numero arriba numero abajo, aunque sus vidas, las dos, están en las historias de España, contemporáneas.

Son inteligentes, bellos, populares, más que famosos, que es otra cosa, y  además de estar viviendo en una de las edades más llenas, más ricas, más fabulosas, de la vida de aquellos que pueden presumir de ello, por cuánto han vivido, incluso por cuánto más han amado, o han dejado de amar, que el desamor es siempre una forma del amor.

Se han encontrado, poco a poco o de pronto, como una lluvia, o como un tsunami, y ahí están sin nada que ocultar, aunque se escondan. En principio, por que los dos son dueños de su propio destino, y porque ya pueden escribir su propia vida, aunque sea a veces con alguna falta de ortografía.

Osea que el viejo contador de historias intenta explicar lo inexplicable. Que están juntos y punto. Mas no importa, se encontraron, aunque cada uno estaba en su sitio, y han decidido seguir adelante, como decía la canción de Raphael, aquella de “digan lo que digan los demás”…

Sí, es un romance, y necesario además. Tiene la lógica de lo que es cierto, aunque quizá lo más importante de un romance, lo que le hace más verdadero, es lo que tenga de inexplicable. Eugenia calla, y quien calla, otorga, como dice el refrán español, y José, sonríe, y el otro día, ayer mismo, en el estreno de una película suya, que por cierto, se llama creo Sólo química, ha dicho que será lo que tenga que ser…

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O sea, la calidad, la intensidad del romance. Que es de verano cuando se conoce, pero también de primavera, porque son dos vidas que se encuentran o se vuelvan a encontrar, y también puede ser romance de otoño, por la intensidad de sus propias existencias. Y hasta de invierno, incluso, porque es cuando las vidas se tienden sobre la piel del oso, cerca de la chimenea encendida. En la penúltima curva del camino.

Vale. Fuera literatura. Esta es de verda, una historia cierta, que me alegra mucho recoger de entre las muchas otras historias, que quizá ni merece la pena contar. Me alegra el tema, me sonríen los protagonistas, el argumento, del viejo policía, que busca la verdad, siempre, y la princesa, porque lo es, que a veces encontró el amor, en el asiento de atrás de la Vespa de un periodista, me va. Es hermoso, contarla, en este duro tiempo que vivimos. Merecen lo mejor, los dos, por lo pronto, vivirla, a tope. Aunque solo sea eso que se llama un rumor de amor sin confirmar. Pero ha sido confirmado por ellos mismos, desde su propio silencio. Nos hacen falta muchas historias como esta. Al menos a mí, que no quiero convertirme en lo que dice el mafioso Soprano; en la serie inolvidable de la tele, a su psiquiatra.

– ¿Mi oficio, dice, doctora? Pues sepa usted que soy un gestor de deshechos y residuos urbanos…

Y es que es lo que yo digo, a veces se encuentra una brizna de oro en la basura…

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