El Rey recibe a De la Quadra Salcedo

Ayer mismo, el rey Felipe abrazó, personalmente, a Miguel de la Quadra Salcedo. Era lógico, natural, necesario además para ese Gran Miguel que es, sin duda, el mejor de todos nosotros incluido este viejo cuerpo que me acompaña. Miguel anda de salud como aquel que decía que “era propietario de una delicada salud de hierro”. Cierto.

Hace treinta años que puso en marcha y con un éxito magnifico, la ópera Quetzal, de cómo hacer el milagro todos los años, de llevar un gran grupo de muchachos de las dos orillas, españoles y americanos, a conocer in situ la realidad y la historia de los países americanos, si bien partiendo siempre de la vieja España que los descubrió en su momento, hace cinco siglos.

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Miguel es un periodista excepcional, sin género de duda, único. Nosotros nos conocemos desde hace más de cincuenta años. Fíjense que, cuando yo fui la primera vez a las Aaméricas, hasta Colombia, buscando a los guerrilleros de la sierra, aún mandando Tirofijo; aún vivo el cura Camilo, que pasó de la catedra de filosofía al fusil aunque murió en patio de cemento con un revolver al cinto que no había disparo jamás. Cuando llegué a Colombia y el embajador, que era granadino, me invitó a su mesa, le pregunté nada más llegar:

–  Paisano, ¿Quién es ese pirata que está sentado en un viejo cofre de oro, abierto, por el que salen collares y monedas y cuyo rostro me es muy conocido?

–  Es un anuncio del banco de Colombia, y lleva una leyenda publicitaria, al pie: “No hagas lo que este pirata. Guarda tu tesoro con nosotros”. En efecto, ese anuncio lo protagonizaba el lanzador de jabalina y gran español Miguel de la Quadra Salcedo. Necesitaba una ayuda para seguir su viaje por el Amazonas.

Era, claro, Miguel. A veces escribo su nombre con C, a veces con Q. Lo que sí les puedo decir, es que es una mezcla mágica de San Ignacio de Loyola y el gran Legazpi, que dio la vuelta al mundo como saben. Miguel, esté donde esté, fuerte, gigantón, con su bigote de coronel de húsares, directo, los brillantes ojos del capitán de la aventura, y el corazón intrépido del niño.

La última foto que nos hemos hecho juntos, en América ha sido en Cartagena de Indias, con la reina Sofía, en al patio de aquel convento español del que escribió una hermosa historia de amor Gabriel García Márquez. Está la Reina, emérita pero siempre eficaz en lo que hace y en lo que calla, entre los dos, divertida, sonriente, en su sitio. A su lado, está Miguel con un guacamayo en el hombro como el viejo protagonista de la isla del tesoro.

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Al rey Felipe le dijo, ayer mismo, poniéndose en pie, que se había escapado del hospital y que casi no puede hablar, porque tiene rota la cadera y necesita oxígeno, constantemente para respirar. Fue en silla de ruedas, pero vestido para salir a la calle, ya, a jugárselo todo a una carta, como siempre hace, a la española. Es navarrísimo, y ha lanzado la jabalina, hace medio siglo, como un olímpico, desde luego en España como el mejor. A veces nos encontrábamos en el Madrid de las afueras para comer un pedazo de carne bien asada, en Joselito, y hablar, bien siempre, del rey de España.

Del padre antes, del hijo, también lo haríamos si los médicos nos lo permitieran. Llegó a ver a don Felipe en una silla de ruedas, vestido para el combate pero con una corbata, que tiene su sentido, puesta. El rey, que lo conoce desde que era niño, incluso antes, le dio un abrazo fuerte, este Rey abraza poco, y recomendó su ejemplo de entrega, sacrificio y eficacia, a todos los españoles.

A mí me enorgullece verlo y tenemos algún secreto común, de este y otro lado del océano. Ya tiene quien le suceda de su sangre, en esto, y además, su esposa, Sol, merecerá en su día el reconocimiento por su ayuda. Simplemente cuidando, despidiendo y recibiendo al viejo león formidable que, además, es fascinante.

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A veces, ya les digo, me llama por teléfono, cosa que yo no puedo hacer con él porque no tengo su teléfono. Siempre, siempre, hablamos de España y de América, por supuesto. Tengo a mano, un trozo de hueso que me regaló un día y que perteneció a un Lama del Tíbet. No hace mucho, quebrado como está, me invitó a un ágape que iba a celebrar creo que en Valladolid, en el que el plato fundamental sería una sopa, fuerte, basada en el jugo de un hueso de la cadera que iban a cambiarle pronto.

Impresiona verlo bajar de su Land Rover amarillo, inmenso, adaptado a sus quebraderos, que huele a ceiba y a maná de los indios de la gran reserva paraguaya. Siempre quedamos en vernos pero los dos sabemos que no nos dejan, por si acaso. Seriamos capaces de organizar cualquier locura. Eso sí, hispanoamericana. Me ha gustado mucho, querido Miguel, verte con el Rey, abrazado por el Rey, aunque este Rey abraza poco. Lo justo. ¡Cuántas veces que le hemos acompañado, o encontrado, en la geografía del cronista Bernal Díaz del Castillo!

En fin, nostalgia Miguel, y también lo otro: lealtad. Hace poco, hablábamos de aquella bajada hasta el pueblo de los tasadays, en Mindanao, en la isla filipina, en lo profundo, donde nunca descendía el sol. Lo hicimos por separado. Después lo hablamos por teléfono, como quien va al Escorial y regresa para contarlo. Un abrazo Cuadra con ce, Quadra con q, mi viejo amigo y maestro.

¡Qué pena que no haya podido acompañarte en alguno de estos últimos treinta viajes con el Quetzal, el pájaro de la libertad, en el pecho! Pero tengo tus botas, amarillas, las Panama Jack, los impermeables con el ave de las largas colas de colores, que solo has visto tú, tus camisas de la aventura…

El Rey hijo, debería hacerte pero ya, como poco, Marqués del Roncal, si es que ya no lo eres. Y yo me haría una tarjeta en la que se pudiera leer: Tico Medina, su fiel escudero.

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