El Papa Paco pasó por Paraguay

Me perdonan que le llame así, el Papa Paco, pero no es una falta de respeto ni mucho menos. El Papa Francisco es para mí, el gran revolucionario de la vieja Iglesia.

Es valiente, decidido, verdadero, y dice cosas que hasta ahora ningún otro Papa había dicho, y no es por desmerecer a ningún otro. He conocido en persona a varios pontífices, y ninguno es como él. Ninguno. Vi de muy cerca al Papa Juan, aquel al que llamaron “el párroco del mundo”, y estaba cerca aquel día, que con la corona papal puesta a la hora de sentarse en el carro pontificio, dijo aquellas hermosas palabras tan humanas siendo lo suyo tan divino:

-Espero que esto no se caiga con mi peso…

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Era un Papa en su tiempo rompedor. Luego tuve que seguirle más tarde porque en su día busqué el cadáver de Evita Perón, desaparecido hasta que lo encontramos, y salió a la luz la importancia que tuvo en aquel momento, en la resolución del problema, el Papa Juan XXIII, el nuncio Roncalli, en aquella historia apasionante que estuvo a punto de costarme la vida en Argentina.

También conocí al Papa Pablo, al que acompañé a su primer viaje fuera de Roma, a los Santos Lugares, cuando el enviado especial, entonces del diario Pueblo, que era servidor le ayudó, porque estaba allí, a bajar de la piedra hasta el lago Tiberíades. Y estaba yo, sólo, un milagro más que una oportunidad, metido en el agua hasta casi la cintura. La foto dio la vuelta al mundo.

Después, conté los viajes del Papa polaco en algunos países de América, y al Papa alemán le vi a una cierta distancia en la España que visitaba.

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Por eso, puedo decir, con entero conocimiento de causa, que este es un Papa distinto, en su forma y en su fondo, aparte del idioma que es el nuestro. El Papa Paco, como se le llama cariñosamente, es más cercano, es más nuestro, está más que al lado, dentro de lo que es el tuétano de la Iglesia de Cristo.

Aparte de todo lo que nos acerca: los viejos zapatos negros, zapatones de toda la vida, la cruz de plata colgada de su cuello, “que tampoco era necesario que fuera de oro”, esa cierta incomodidad que se le nota cuando se reviste de pontifical excesivo, el hacer que se abran duchas bajo las inmensas columnas, el pectoral, también de plata, el reloj de muñeca de toda la vida, la habitación donde duerme en el palacio vaticano, el coche que usa en sus desplazamientos, que suena a lata, y más que eso, los cambios de fondo, que como sin querer, está haciendo tambalearse a la vieja Iglesia que tiene que cambiar en tantas cosas.

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Ahora, el Papa Paco acaba de pasar unos días, duros e inolvidables para él y para su gente, su equipo, en Sudamérica. En Ecuador, donde el cielo es más limpio por alto; en Bolivia, donde sólo ha tenido un raro gesto de sorpresa cuando Evo Morales, al que yo conocí de jefe de los obreros cocaleros, descalzo, en los alrededores de la iglesia de San Francisco, en la ciudad más alta del mundo, el día de la gran huelga…

Y por fin ha estado y ha vivido el corazón inmediato de uno de los países quizá para mí más bellos y más desconocidos de América, y se lo dice a ustedes quien ha escrito tanto, pero tanto, tanto de ese sur en el que he vivido momentos duros, amargos, increíbles días de revoluciones, y de música, cuando las arpas olían a pólvora y cuando uno podía comprobar que los héroes de las viejas guerras, aquellos soldados antiguos del Gran Chaco, los que jugaban al ajedrez bajo los grandes árboles de los parques de asunción, que no pagaban, precisamente por ser héroes, en el autobús.

Gran país Paraguay. La canción del agua, titulé aquella serie de reportajes que están en mi libro La Crónica de América. Y es ahora cuando al recordarlo me vienen a la memoria aquellas mujeres paraguayas, las lindas guaraníes, para las que el Papa en su última misa, que ha tenido en la iglesita de la Patrona, tan cerca de las misiones jesuíticas, aquella gran obra.

El Papa, que es jesuíta como saben, ha tenido palabras de emoción y de agradecimiento. Unas frases sentidas, verdaderas y cercanas. En mi casa, que es la suya, tienen junto al ñanduti, que es el primor del encaje que trabajan en sus largas esperas las mujeres paraguayas, pequeñas, fuertes, de ojos luminosos, convertidoras del sueco en fruto, aguantadoras excepcionales, esa cerámica chata, grande, ahora coronada por un verde popular de casa, que es más que un macetero, una verdadera obra de arte, de las mujeres campesinas del Paraguay.

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Como sus canciones, como sus vestidos, como lo son sus trabajadas, barro y agua, al mismo tiempo que la injusticia, el no tener nada más que lo puesto y dar las gracias, por “tener tanto”…

Para ellas ha tenido el Papa Francisco, que se me hace haberlo conocido siendo sólo un valiente capellán de los pobres, en aquel suburbio de Buenos Aires, cuando el cantante Atahualpa Yupanqui, mi viejo amigo, el guitarrero de los “ejes de mi carreta”, me llevaba hasta aquel localito donde unos italianos antiguos hacían la mejor pizza de toda la gran ciudad.

En aquel sitio que hacía esquina a la avenida más larga del mundo, donde al final, se levantaba la gloria bendita de la iglesia grande de nuestra Señora de Luja.

– Pues ahí donde le ves, ese curita con cara de obrero, es jesuíta y se la juega todos los días en su trabajo por los demás…

¡Ay si algún día este Papa Paco me da la oportunidad de poder preguntárselo personalmente! Fíjense si es grande, que ha estado a unos metros de su país, Argentina, que hace frontera con Paraguay  y ni se ha acercado siquiera.

Es fuerte y grande lo que ha hecho el Papa Francisco; tan cerca de casa, de su casa, de los suyos, los de su idioma, y su actitud, pero en el gran sacrificio para que nadie diga que estuvo en casa a ver los suyos. Total, diez minutos del avión vaticano…

Otro pequeño, inmenso, sacrificio para ese párroco de blanco, que a veces sube cansado las escaleras del avión pontifical con una vieja cartera de cuero negro, como en sus tiempos de cura en aquel barrio de Buenos Aires cuando los aires no eran tan buenos….

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