Doña Letizia y las dos erres: de reportera a reina

La verdad sea  dicha, para empezar. El título, que no es porque esté delante, es muy bueno pero no es mío. Bueno, es de la casa en el espléndido reportaje de hoy, en nuestra revista, sobre el viaje triunfal de los Reyes de España al mágico México, del que yo he escrito tanto, tanto, a lo largo de toda mi vida.

Desde hace tiempo, tengo una vieja carpeta ya, en la que se lee,  a boli sobre fondo azul: “De reportera a reina”.

Y dentro, todo lo que me parece bien guardar. Sabía que algún día la reina Letizia iría a México acompañando a su marido el Rey. Cada día el pelo y la barba más blancos. Claro, como corresponde a un hombre con responsabilidades, muchas, y complicaciones, no pocas.

Sabía que algún día, insisto, los Reyes irían a México, a su visita necesaria. Y también sabía, porque conozco México muy bien, porque México es un país en el que hay que poner mucho sentimiento y al que yo dediqué gran parte de mi vida  profesional. Y familiar incluso. He vivido allí mas de dos años, frente a la fuente de petróleos del DF, al final de la calle Reforma. Y con mi esposa y dos de mis cuatro hijos.

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Y el que vive en México, el que sube al Popocatépetl, el volcán que protege a la ciudad más grande del mundo, ya no se olvida jamás, de allí por donde pasó. Estoy lleno de México, como está el despacho de nuestra directora en México, Mamen;  periodista espléndida de cuyo último libro, por ejemplo, van no sé cuántas ediciones, a ver cuál será su próxima novela. Cuanto antes mejor, que de la primera, la del té, ya se llevan quince ediciones.

La joven y bonita y buena reportera Letizia Rocasolano hace ya muchos años que era casi una niña, antes de ser presentadora  de los noticiarios de la Televisión Española, se fue a México echándole un valor incalculable. Y lo hizo bien, en aquellos meses duros, durísimos, en los que cumplió con su primera función, la de periodista, la de enviada especial, la de casi como corresponsal de España, en el sitio.

Dejó una huella extraordinaria, de la que se ha hablado tanto, y cumplió con su sueño, aunque no del todo. Pero así se escribe la historia, no hay novela más grande que la vida misma. ¡Cuántas veces hablamos el maestro Torcuato Luca de Tena, corresponsal de ABC en México, y servidor, entonces corresponsal de la Televisión Española en toda América, de aquello que fue el título de su novela Dios escribe derecho con renglones torcidos!

Así que volvió la joven reportera, allí donde nació e inició, muy duramente también, la nueva historia de su vida, y se asomó a la ventana de su futuro, nunca mejor dicho.

Porque asomada a esa ventana la conoció aquel joven príncipe, que buscaba novia, pero para casarse. Lo demás, ya se sabe.

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Sí, es bueno reseñar que, en México, doña Letizia lo ha hecho muy bien. En su forma de ser y de estar. No le era fácil. Por si fuera poco, la primera dama de México, a la que popularmente llaman allí la Gaviota porque fue famosa protagonista de una larga serie de televisión, es una dama muy bella, y que conoce como nadie el secreto de los medios. En su ropa, en su forma de ser retratada, en su manera de subir o bajar las escaleras del hermoso palacio de la gran plaza donde está el mural apasionante de Diego Rivera sobre el descubrimiento y, sobre todo, la conquista de América.

Lo han hecho muy bien los Reyes de España en todos los aspectos, en la gran cena de gala, en la presencia de la Reina de rojo vestida impactante, fascinante, inteligentemente en silencio. La sonrisa fina, esa es una tierra llena de asturianos que lo dieron todo para quedarse en México y hacerlo más grande. Ella ha sido, por ahora, la última. Escribo este blog en el mismo día de su retorno, cuando vuelan sobre el Atlántico, en el regreso de la pareja real. ¡HOLA! les contará minuto a minuto la estancia de la pareja en ese país que es tan hermano nuestro, por tantas cosas. Bien que recuerdo el día  que se arrió la bandera de tres colores de la república española y se alzó la constitucional, la roja y amarilla, en el pequeño chalet cubierto de hojas secas donde estuvo hasta aquel día la antigua embajada de España en México.

El Rey, actual, ha dado las gracias a los españoles que un día se fueron, en la Guerra Civil, y fueron recibidos en el país azteca del águila, el nopal y la sierpe como hijos que volvían a casa con lo puesto y la ausencia.

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El rey don Felipe VI lo ha agradecido, en público, oficialmente, con la fuerza de un rey de sangre, que agradecer los servicios prestados a la república. Me alegra el pensar que hace años un día, escribí este titular, de reportera a reina, usando una sola ese, para las dos actitudes, que hoy es el prólogo de la crónica formidable de nuestra revista ¡HOLA!.

La verdad se la digo a ustedes, mis sufridos lectores, ¡cuánto me hubiera gustado escribir la crónica de esta visita, a pie de avión, como siempre, como aquel día que el padre del Rey, don Juan Carlos, visitó por primera vez el casino español, o cuando la Reina doña Sofía bajaba la escalinata sagrada de la pirámide de la luna, cuando yo la subía, penosamente!

Y la Reina entonces como si volviera de un paseo por el parque de Chapultepec.

– ¡Tenías que haberte quitado el chaleco ese que siempre llevas Tico, ¡estás sudando mucho!

– Es que los años no pasan en balde, majestad. ¡También me duelen las piernas!

Y ella respondió, como si nada con su sonrisa de siempre.

– Ya sabes, que son las agujetas de la historia.

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