Con el último emperador de Etiopía

Hace unos días -siempre quiero actualizar, insisto, la nostalgia, lo que yo viví en mi propia carne en su día, por lejos que parezca-, la fotografía del presidente Obama bailando en Nairobi formó parte de la sorpresa. Al mandatario, de profunda raíz negra, le encanta bailar, sobre todo lo que lleva en la masa de la sangre, la cadencia de sus raíces. No hay más que verle bajando las escaleras del  avión número uno de los Estados Unidos de América. Un amigo mío confesaba el otro día, y por escrito además:

– Lo hace igual que cuando Nat King Cole, el cantante excepcional, de color, descendía por las escaleras del escenario.

Cierto. Obama lo hacía valientemente, además rodeado de líderes africanos. Casi todos acudieron para tenderle la mano a un continente, el de sus antepasados, en su momento más difícil.

Y por eso acudió también, después de estar en Kenia, hasta Etiopía, siempre como oculta, casi escondida en lo que es su trascendental momento histórico. Fue ahí donde el periodista vivió uno de los más asombrosos momentos de su vida profesional. A ver,  si no.

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Habíamos ido un grupo de periodistas, viajeros, invitados al corazón de la gran África, del continente profundo. Nos esperaba el antiguo -que es mucho más que viejo-, país que a veces abría alguna de sus ventanas al exterior. Aun entre otras cuestiones, el pueblo de la Reina de Saba, mágico, legendario, tenía su propio emperador, el rey de reyes Haile Selassie, instalado de por vida en lo que se llamaba el eterno trono del león.

Nos recibió el Emperador. No puedo decir que me recibió porque fuimos un pequeño grupo de enviados especiales con motivo de la inauguración de la línea aérea Ethiopian Airlines.

– Deben ustedes siempre darle la cara con educación y humildad a su majestad imperial, que va a recibirles en el salón del trono. Nunca le darán la espalda. Nunca. Esperarán, si él quiere, a que él les pregunte. Jamás le interpelarán directamente y además no le mirarán a los ojos…

El jefe de protocolo era un hombre alto, mayor, vestido de blanco inmaculado de los pies a la cabeza -blanca hasta la corbata-, de manos inmensas. Llevaba un cordón de oro al cuello.

Hasta llegar a la altura del Emperador, una sombra mínima pero máxima, sentado en un sillón -debía ser de oro- de media altura pero sobre una escala de seis escalones. Junto a él, siempre sentado y con capa vuelta, vestido de  militar con una larga hilera de condecoraciones, corbata caqui, manteniendo en su mano una mirada de acero, directo -la suya, la del Emperador-, un perrillo pequeño de aguas, de esos que se llaman “de tocador”. Demasiado pequeño para un protocolo tan grande.

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El Emperador, de estatura breve, tenía un pie situado en un cojín con escudo. Tenía el cabello gris, elegantemente airado. Junto a él, reluciendo -al menos para mí- casi tanto como él, eso sí, a pie de la escala y un paso más atrás del breve trono, un grande olímpico, teniente de la guardia real. El más cercano mantenía, como les digo, atado por un cordón de plata un león domado. Aquel grande que sin embargo, y a pesar de su solemnidad, no apagaba la luz del Emperador de Etiopía, era ni más ni menos que ¡Abebe Bikila!  El etíope más veloz, el hombre más rápido del mundo en los últimos Juegos Olímpicos. Implacable, impecable, solemnísimo, como de piedra y ébano, se ofrecía a la curiosidad de los pocos que podían ver al Emperador en persona, con su aire de estatua de los cinco aros: Im-pre-sio-nan-te.

El viejo rey de reyes habló con nosotros, solemne, en su vieja lengua. Sabía hablar en inglés, claro que sí, pero el momento imponía el idioma de origen. Todo permitido menos llamar a la moderna Etiopía, Abisinia, la de los italianos. Hizo algunas preguntas más que respuestas, y en ningún momento dejó de acariciar el mínimo perro que le acompañaba, se parecía mucho a uno que tenía cuando venía a España a tocar las maracas, Xavier Cugat. No me atrevería a decir que era un chihuahua, pero de ese tamaño.

Tengo que decirlo. El Emperador en un momento ordenó:

– Díganle a Franco que le vengo siguiendo desde que era teniente.

El embajador de España, un hombre elegante, eficaz, buen diplomático, que creo que se llamaba Flórez Estrada, y que llevaba a su escolta de caqui imperial “como correspondía a un país como aquel, nimbado de la personalidad ortodoxa”, se lo diría en su momento al jefe del Estado español entonces. Yo no tuve oportunidad de hacerlo. Sí de romper, al final de la entrevista, el durísimo protocolo imperial, levantando la voz, suavemente eso sí, para decirle al solemne introductor de visitantes:

– Señor, ¿cómo podemos hacer para no dar la espalda a su Majestad Imperial?

Aterrado, porque escapaba de lo previsto, aquel gigante blanco, me indicó bajando la cabeza:

– Deben ustedes salir de espaldas hasta que, al final del salón, yo les indique.

Me aterré. Me veía en el suelo tropezando con aquella alfombra, blanca también, inmensa como un colchón de agua de un hotel de carretera de Florida.

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Pero el Emperador, que estaba atento aunque parecía de oro, levantó su mano -en la que por cierto, lucía una sortija con un león de melena grande, como Cecil que en paz descanse estos días-, y solamente la dejó volar, como diciendo:

– Perdóneles, déjeles ir…

Y así, eso sí, a una distancia comprensible, dimos la vuelta en el gran salón imperial que hoy rememoro para ustedes.

La historia sin embargo es cruel con sus protagonistas generalmente. El último emperador, el rey de reyes, fue derrocado de forma feroz, y se contaba que el nuevo presidente de entonces lo tuvo durante algún tiempo en su propio despacho, en una caja de munición rusa, bajo el sillón de trabajo de su despacho.

Por lo demás, subimos hasta arriba de las montañas de donde salió la Emperatriz de Saba, camino del Arca de la Alianza de Judea, y  tomamos café -el mejor del mundo sin duda- al pie de las ermitas: barro por fuera, oro por dentro. Y me traje de aquella Etiopía de entonces una cruz roja y dorada, copta, para mi colección de cruces, y una manta hecha de pieles de mono, que hubo rápidamente que dejar en un basurero del camino. Al cambiar el tiempo, aquella pieza maestra de la artesanía de las alturas abisinias despedía un olor insoportable. Fue necesario, y bien que me dolió desprenderse de su negra y brillante pie de cama. Como tantas otras cosas en mi larga vida de buhonero.

Tampoco me ha sido posible encontrar la foto única. Aquella entre el Emperador y su impresionante jefe de la guardia imperial. Pero no se ha ido de mi memoria aquella mañana, que hoy recuerdo con toda su rareza y toda su indiscutible belleza, para ustedes, que se lo merecen.

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