Chicho cumple años

Hace unos días, este domingo pasado, en el programa ¡Qué tiempo tan feliz! donde la nostalgia es un amor y no un error, como dijo un ilustre de forma equivocada, María Teresa Campos nos regaló -sí, nos regaló, al menos a este que escribe el blog de casi todos los días-, la presencia en el estudio, en vivo y en directo de uno de los más grandes genios -y sé lo que me digo-, de la televisión española de todos los tiempos y se lo dice quien casi estrenó la televisión en la avenida de La Habana hace ya más de cincuenta años.

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Chicho Ibáñez Serrador cumplía los ochenta. Sentado con un hilo de voz, suficiente, pero con los mismos juveniles ojos de chiquillo expectante que siempre tuvo el gran maestro de la ventana mágica, encendió la lágrima del viejo cronista que esto os escribe. Porque en su mirada estaba presente como siempre -quizá más que nunca, porque el primer plano siempre es implacable-, su talento, su forma de ser y de estar, su manera mágica de ver más allá de la cámara, de intuir, de dar cuerpo a lo que sólo es una llama encendida al final de un plano oscuro.

María Teresa, con esa fuerza única que Dios le dio y que no da a todo el mundo, sin hacer daño, como siempre -sólo cuando quiere lo hace y es porque tiene que hacerlo-, le llevó de la mano por el camino difícil del recuerdo y de la emoción, sin hacerle daño, ayudando al maestro que se las sabe todas y que no ha perdido ni un miligramo de su interés por todo, haciendo que lo pequeño se haga grande y que lo  gigantesco se convierta en un juguete en aquella caja de zapatos en la que hacíamos agujeros para que los gusanos de seda cumplieran su oficio antes de volar,  quién sabe a dónde.

Chicho, para los que han llegado tarde a la mejor edad de la televisión de nuestro tiempo -cuando la hacíamos, como me dijo Laurence Olivier después de entrevistarle en el galpón de la avenida de La Habana, “en una caja de bombones”, mientras le esperaba el Rolls del embajador inglés-, ha sido mi maestro, como lo ha sido de toda una generación de inventores, aguantadores, contadores, obreros y profesores de aquello que se convirtió en algo más de lo que parecía un pararrayos, en una antena de televisión en los primeros tiempos de los viejos tejados de Madrid, cuando el que mandaba en la audiencia era ni más ni menos que el jefe del Estado, Franco, que nos conocía a todos por nuestro nombre de pila y apellido.

O sea, tiempos difíciles para moverse de la raya de cinta roja. Pero Chicho era hijo, es hijo, de dos grandes del arte de la escena. Su padre fue, es, Narciso Ibáñez Menta, una de las más fuertes personalidades de la escena latinoamericana -entonces se decía hispanoamericana, al fin y al cabo es lo mismo-. Hijo también de Pepita Serrador, una de las elegantes y brillantes actrices del teatro español.

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Hice con Chicho un puñado de programas. Abro la mano ya temblorosa del viejo contador de historias y encuentro que todavía la luz de Kryptonita de su talento sigue brillando, como en sus mejores tiempos de Superman, inventó la televisión cercana, apasionante, apabullante incluso, literaria a la vez, de gran caligrafía, es un gran director de cine, de ideas magníficas, siempre en el difícil cordón de titanio, de los funambulistas, jugándoselo todo a una carta, incluso su dinero…

En fin, eso que se llama un fuera de serie. Así que gracias, muchas gracias María Teresa por traérnoslo, por acercárnoslo, por llenarnos de ese raro resplandor de su presencia y su obra y su sonrisa de niño aquel día que voy a entrevistarle hasta su sillón de ruedas en su casa, y me dice:

– Antes de empezar, querido Tico, ¿has desconectado tu teléfono inalámbrico?

La primera en la frente. Siempre enseñando. Luego mordió su puro y continuamos. Y un día en Sevilla, hablando en el Círculo de Empresarios con el maestro Vasile también, resulta que nos divertimos tanto contándole cosas a la expectación que hubo un momento en que el genio argentino -perdón, universal-, propuso entre el aplauso de los espectadores entregados:

– Oye, Tico ¿y por qué no nos vamos por los pueblos de bolos, haciendo este dueto y nos ganamos una pasta?

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Siempre abierto, positivo, hacedor de estrellas, fabricante de leyendas, atento a regalar la sorpresa. Actor, además muy bueno, claro que sí. Recuerdo cuando vivíamos cerca, en el barrio del Niño Jesús donde hoy vive la infanta Elena. Fui a verle rodar aquella película de larga duración, feroz, tremenda, de los niños que hacen su revolución, necesaria, en la Isla de Tabarca donde tuvo un apartamento Sara Montiel y donde uno se quiere quedar siempre, a pesar de los turistas que todos los días la invaden desde Santa Pola.

Querido Chicho, viejo amigo, superviviente de ti mismo, nómada inmóvil, ¡siempre aprendí tanto de ti, me aguantaste tanto! ¿Cómo podía no funcionar un programa que sobre el papel presentaría Iñigo, dirigías tú y a lo mejor, yo escribía el texto? Fue un desastre, maestro. Menos mal que todos éramos académicos y el silencio fue la mejor propuesta.

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