Aquella noche en Madrid con los duques de Windsor

Sí, con los duques de Windsor y en Madrid, más concretamente en el estudio del bailarín Antonio, aquel tras la Avenida de América que se convirtió en un museo del baile español con el tiempo.

Actualizo en este blog, que cada día compruebo que comparto con más queridos lectores de todo el mundo -muchas gracias, muchas gracias…-, que hace poco se han empezado a ofrecer a la curiosidad mundial unas imágenes del Duque de Windsor cuando era rey Eduardo de Inglaterra, en las que se ve a la actual Reina de Inglaterra, doña Isabel -que me cuentan que todos los días, todos, a la caída de la tarde se bebe una copita de vino dulce de Montilla, de Córdoba, observando el paisaje que la rodea a través de los altos ventanales góticos de su castillo-, doña Isabel niña, haciendo el saludo de la mano alzada, que inmortalizó Adolfo Hitler. El gesto nazi por excelencia.

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Vale, un documento sorprendente hoy, en blanco y negro, que ha merecido sin duda el asombro de todos los medios del mundo. Alemania enemiga entonces de Gran Bretaña.

Veo en la cinta al rey Eduardo, rubio, elegante, como siempre, sobre el césped real, siempre joven, como muchos años más tarde del documento impactante. Pude convivir aquella noche larga, ciertamente inolvidable, en la que él ya no era el rey Eduardo, que había perdido su corona por amor, como todo el mundo sabe. Acudía a la cita del mejor bailarín del mundo entonces, incluido Nijinsky, y se lo que me digo: don Antonio Ruiz Soler, sevillano, invitaba a un muy reducido grupo de personas a recibir en su estudio, a los Windsor, para los que iba a bailar en exclusiva en su teatro privado a la hora bruja de la madrugada.

Era una cita imposible de olvidar. Además, bien recuerdo que mi entonces ya viejo amigo el genial bailaor -bailarín, lo que quisiera- me había invitado personalmente: “A la puerta de casa tienes la tarjeta. No me faltes. Harás una buena crónica, estoy seguro”.

La hice, ¿cómo no? Hay por algún sitio una foto que mereció la última página del primer cuadernillo de Pueblo, diario de la tarde, en la que se me ve en el centro, entre Antonio y el Duque, brindando con champán francés, y servidor, como el Duque que fue rey, de esmoquin. El mío alquilado y, debo decirlo, en la casa Gerardo de la calle Príncipe de Vergara, cerca del cine Goya, entonces calle del General Mola, por más señas. Con chaleco, claro que siempre me gustó llevarlo, incluso en verano, porque te ajustaba la cintura generosa.

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Elegantísimo, debo decir, el señor Duque sin género de dudas, con una breve flor, blanca, natural, en la solapa de raso. Posiblemente se trate, y debo reconocerlo, del hombre más elegante que he conocido en mi vida. Cerca, apoyada en una columna del estudio, lady Windsor, la mujer, la dama que había hecho posible una de las historias de amor más poderosas del siglo.

Debo decir que no era tampoco una mujer bella, o sea, de las que al menos exteriormente justifican una historia como aquella. Tenía la voz ronca y fumaba en una larga pipa de espía de la Primera Guerra Mundial. Llevaba un solemne collar de perlas blancas y algo así como una rosa centelleante en el pecho, no excesivamente glorioso. Recuerdo que escribí en mi bloc de bolsillo “muy delgada”.

Tenía, eso sí, un aire de garza negra herida en el ala, con el pelo recogido en un moño sobre la nuca. Eso sí, tenía el resplandor palpable a primera vista de quién era, lo que era y por qué era lo que era. Luego, sentada siempre rodeada de mujeres de la alta sociedad española, algún sombrero que otro, claro, manteniendo una copa corta de vino dorado, nuestro, en la mano, con una espléndida sortija episcopal. La media negra y el zapato brillante.

Antonio besó a los dos en las cuatro mejillas, dos por dos, y bailó para ellos extraordinariamente. Le veo ahora mismo, comentando a los Duques, otra persona no él, que nunca lo habría hecho aunque fuera verdad -que parece ser que lo era-, que Franco, el jefe del Estado, le había dicho noches antes en algún sitio donde bailó para él, con su voz asombrada:

– ¡Antonio, es formidable! ¡Parece usted de goma!

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Los Duques se levantaron, como es natural, para aplaudir al gran genio de la danza española, que años después tendría que acudir a la silla de ruedas para caminar por el mundo. Yo le entrevisté en alguna de sus casas, incluso en aquella que tenía sobre el paisaje del campo de Cádiz, en Arcos de la Frontera. También en su villa de las afueras de Madrid y hasta en su casa de Marbella, tan cerca de la de la duquesa de Alba. Casi puerta con puerta.

El Duque aquella noche -el que fue rey Eduardo-, me dio una mano pequeña y fuerte, y Wallis, su esposa, me alargó una mano flácida, el brazo largo, los dedos como los de una cigüeña imperial. El Duque olía a lavanda, pero de las lavandas de las colinas de la Provenza italiana, y ella, exactamente, a misteriosa dama que estuvo a punto de ser reina de Inglaterra, pero que al final, renunció a un imperio.

Y entre los dos, ella ligeramente más alta que él, con su sonrisa dorada, una moneda que “nunca se volverá a repetir”, como escribiría el poeta Federico, del torero Sánchez Mejías.

A ver si un día les puedo mostrar la foto, igual en la hemeroteca, tengo que buscarla. Forma parte de los documentos imposibles de repetir, les tendré al tanto. Es parte de mi tesoro, de verdad, incalculable.

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