A Fran Rivera no le importa que le llamen Paquirri

Lo sé de buena tinta. A veces le llaman Francisco, a ratos Rivera, aunque esté Cayetano, y en ocasiones, que lo he podido comprobar, le atienden por Paquirri, que es el nombre de su padre que se nos fue aquella tarde en Pozoblanco cuando frente a la cámara decía, con los ojos verdes y abiertos a lo que viniera camino de Córdoba por las cuestas de Cerro Muriano:

– Tranquilos, vosotros tranquilos…

Y se nos fue el gladiador mirando a cámara, en directo.

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Desde entonces, aunque amo a Córdoba de forma imposible de remediar, lo que me sitúa en un problema constante en relación a mi tierra de origen que es Granada, no he vuelto a Pozoblanco, que es por otro lado, un lugar excepcional de Sierra Morena. Pero lo haré y pronto, no sé por qué lo digo.

Pero lo que sí les puedo confesar este día de calor de julio, es que desde que vino al mundo el hijo de aquel torero único, que fue su padre, Paquirri, le tengo un especial afecto. Casi cariño, diría, como quien asegura entre el respeto y la admiración, que son dos sentimientos del  ser humano.

Un día, hace ya algún tiempo, Jesús Quintero, ¿recuerdan?, me confesó en algún lugar del sur, que es de los dos al mismo tiempo:

– ¿Sabes lo que le pasa a Fran? Pues mira, que hace cosas en el ruedo, que no sabe que sabe.

Es la exclusiva voz del duende. De la magia, el hilo transparente. Lo que se lleva en la sangre de las venas. El sabor del tuétano. Los genes, que dijo mi viejo amigo el premio Nobel Ochoa.

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Y así es, porque por el otro lado, por el otro caño de sangre, le viene ni más ni menos que don Antonio Ordoñez, o sea, dos dinastías toreras, soberanas, dentro de la misma médula. Por eso a veces, en el momento de la boca reseca en la plaza, le sale el misterio que sólo han bebido los grandes. La casta, en su mejor definición.

Y eso no se aprende ni en una escuela ni se escribe en un testamento ante notario. Se hereda, simplemente, se recibe con la cinta del ombligo. Viene de la placenta a la plaza. Por eso, están ahí los nombres escritos de las grandes dinastías toreras. Y eso sin querer, incluso, aparece, revienta, es un chorro de luz en el sol y sombra de la tarde.

Pero fuera metáforas, mis lectores. Hace unos meses tuve la inmensa suerte de almorzar en un sitio único, en el parador de Ronda, sobre el tajo del asombro, con Fran Rivera y su esposa Lourdes Montes. Los dos me gustaron mucho, muchísimo. Ya como pareja se compartían elegantes; ella preciosa y él preciso, tan hermosamente avenidos. No es frecuente ver o encontrarse con una pareja que se complementa, se suplementa.

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Se hacen uno. Me gustan, había estilo, gracia, quietud, aún con el brillo de la pasión en los ojos. Ahora me dicen que hay días que Fran se escapa hasta los caballos que guarda en su finca de Extremadura. ¡Qué bonita casa la suya en Ronda! Con qué gusto están puestos sus negocios, la clase en marcha.

Me gustan mucho, aunque los veo poco. A veces me da la sensación de que, dada mi edad provecta, que no sé si se escribe con b o con uve, cada día me gusta menos consultar el diccionario aunque tengo dos sobre la mesa- Gabriel García Márquez, tenía cien para consultarlos a veces todos al mismo tiempo- he visto a Lourdes viajar en el ave, de ida o de venida hasta Sevilla, pero no me he atrevido a besarle la mano.

Es moderna, lo sé, culta de la ley y de la sangre, tímida pero valiente, que es capaz de sostener y hasta mantener la fuerza imparable, caníbal, de los paparazzi en misión de calle. ¡Los pobres! Pero no les da la espalda, sino la sonrisa y eso la hace más grande, más intensa, diría yo que más nuestra.

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Fran aguanta con sombrero o sin sombrero, que por cierto tengo que pedirle uno de esos que dice Triana, y que lleva al Rocío cuando hace la valiente peregrinación. A mí me emociona en la plaza, me sonríe en la calle, y a la hora de la verdad, es que sé que él sabe que su madre, una de las mujeres más hermosas que he conocido en toda mi vida, me tenía ligadura.

Cuando a mi compadre Curro Romero le ofrecieron la medalla de oro de las bellas artes de Sevilla, el hermano de Fran, Cayetano, siempre le recuerdo cuando uso el Loewe, tradicional, el siete, de toda la vida, todos los días, se acercó a mí en una esquina en el patio aquel de la academia, y me dijo:

– Muchas gracias, porque sé que querías mucho a mi madre.

Cierto. Ciertísimo. La comprendí, hasta la entendí. Sabía que era una mariposa en un volcán. Era guapa, la más guapa, valiente, quizá más de la cuenta, era única. Siempre quiso querer y que la quisieran. Cuando se nos fue, aquel día no del todo entendido, me había dejado, de días atrás, un  mensaje en el telefonillo de mano, “gracias por lo que has dicho de mí el otro día, Tico”.

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Fue en el programa de Terelu en Telemadrid, donde trabajábamos la Campos hija, Rosa Villacastín, y servidor, además de algunos otros brillantes amigos y compañeros. La defendí, como siempre hice, porque con ella había que salir al camino con la verdad en la mano, como si fueran las tablas de la ley, para defenderla por encima de los vientos y las tempestades que le cercaban. Siempre lo hizo. Su padre, don Antonio Ordoñez, el abuelo de Fran, ya muriéndose, en el tren que nos acercaba al sur, me confesó ya desnuda la cabeza, con el cáncer que le habitaba, mientras su compañera, su mujer de entonces, Pilar, se fumaba un pitillo en el andén de la parada:

– Tico, sé que aprecias mucho a mi hija Carmen…

– Apreciar es poco, maestro, la quiero mucho, que no es lo mismo.

– Lo sé y por eso te lo digo… ¡pero me está haciendo sufrir tanto!

En fin, que se me va el santo al cielo, que sé que Fran espera que Lourdes le dé el heredero de su historia de amor. Suerte pareja. A ver si nos volvemos a ver aunque sea en la preferente del AVE. Y que me alegra saber, maestro Francisco, que va usted a torear como siempre, la de ronda, vestidos de goyescos los dos, con su hermano Cayetano.

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Me atrevo a decir que Lourdes estará en la barrera, porque no la dejan estar en el callejón. Fran, que este racimo de palabras sea el regalo de bautismo de este viejo contador de historias que tanto admiró a su abuelo, don Antonio, que escribió desde el dolor lo que no está escrito de su padre, y que me gusta mucho de vez en cuando comprobar que en los carteles como dice el pasodoble, “han puesto un nombre, que yo si quiero mirar”…

Paquirri Ordoñez, y olé, Paquirri Ordoñez, y olá, con acento en la a, como manda la gramática del duende.

  • Don Tico que bonito.homenaje a.una gran dinastia. Grandes todos. La.gente no los entiende pero es la envidia de no tener lo que se hereda en la.cuna. Dignos herederos Paquirri y Cayetano y junto a ellos unas extraordinarias mujeres. Gracias Sr. MEDINA!

  • Hermoso homenaje a grandes dinastias pero mas importante a grandes personas. Todos ellos seres extraordinarios y ahora Francisco y Cayetano Rivera Ordonez son los herederos de algo que no lo entiende la gente porque como usted tan correctamente lo ha dicho, se trae desde la placenta. Gracias por tan hermoso articulo Sr. Medina. Gracias a Francisco y Cayetano por el arte que tienen y por ser quienes son. Gracias a Lourdes y Eva dos grandes mujeres junto a dos grandes barones. Dios los bendiga siempre con su luz.

  • Don Tico, que cosa mas bonita a escrito vd.
    Desde el twiter que dedico al gran paquirri/padre le doy las gracias.
    Antes lo admiraba, ahora mucho mas.
    Reciba un gran abrazo
    Eva

  • Hermosas palabras las suyas a los RIVERA ORDOÑEZ. Mucha gente se identifica con su scrito. Se nota que tiene una gran experiencia en redactar textos. Me ha gustado mucho.¡Enhorabuena!.Es un gran maestro como redactor. Muchas cosas que dice son verdad.Los RIVERA ORDOÑEZ deben estar muy contentos y satisfechos con sus palabras. Mucha gente piensa de esa manera.Debemos defender nuestra fiesta y promocionarla por todo el mundo. Que sepan que somos un país sensato y leal con su cultura. Mucha gente viene a visitarnos por las corridas de toros, para disfrutarlas en directo. Se apasionan y se emocionan mucho cuando salen bien,no lo olvidan nunca y siempre lo recuerdan. Un gran saludo y un gran abrazo maestro.

  • Esto es lo que pasa cuando alquien escribe no solo con la cabeza sino con el corazón, que sale algo precioso y yo que comparto esa admiración le estoy muy agradecida por que me ha encantado. Un saludo Sr Medina.

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