La Infanta Cristina, Princesa del Amazonas

El título nobiliario, más diría yo, casi Real, del que escribo en el post de hoy, no podrán ustedes -sobre todo los expertos en cuestiones dinásticas, los reyes de armas, digo, que son los que en esto entienden- encontrar en ningún libro por antiguo que parezca. No. Pertenece a la distinción que un día, y en un sitio lejano, los jefes de una tribu del amazonas peruano instituyeron sólo para, de una forma simpática, coronar a la hija de un rey, que fue su rey en tiempos, según la tradición del pueblo de la ribera del gran río, una hija de aquel que llegó un día, mira por donde, hasta el lejanísimo lugar, que no hay más que mirar a un mapa, de Sudamérica, para encontrar donde está el lugar de la ceremonia.

Lo que pasa es que como en casi todo lo que cuento, miren por dónde, yo estaba allí.  El director de ¡HOLA! entonces, Eduardo Sánchez Junco, me envió hasta tan lejos para dar cuenta de aquellos días inolvidables en los que el cronista volvía al gran río, donde no me quiero ir sin volver, antes de que me vaya de este valle de lágrimas, con alguna sonrisa, las cosas como son.

Dicho lo cual, les cuento.

Iba la hija del Rey de España entonces, don Juan Carlos, hasta el lejano amazonas, de paso, hasta no sé dónde. No he querido concretar. Esperanza, atenta siempre al archivo de la Casa de ¡HOLA!, me ha ofrecido el dato concreto: Diciembre del 92, fecha clave además del quinto centenario del descubrimiento de América.

infanta

Y allí estábamos en aquella lancha, una más, aparte las de seguridad, nuestras y del gobierno peruano, navegando por el río oscuro, camino de aquel pueblo donde habríamos de llegar, con el viento moreno de cara, a veces también de cruz, que el río inmenso, que desde el cielo ven los astronautas, como una vena lejana, de la misma forma que ven como una cicatriz en la tierra la Muralla China, desde muy primera hora de la mañana. Íbamos encantados, porque sabíamos que tendríamos la oportunidad de asistir a un hecho tan insólito, al menos hasta entonces, como nuestro.

La infanta, ya hoy, por decisión Real de su hermano Felipe VI, no es Duquesa de Palma, aunque su última carta al Rey llevaba aun la corona de su título  en el membrete, iba feliz.

Me había llamado incluso en el avión que nos trasladaba hasta Perú desde España para sentarme a su lado, eran otros momentos menos tormentosos, y lo cierto es que hablamos un rato. La Infanta en la ventanilla y servidor a su vera. Poco después estuve en su boda, en Barcelona, en aquello que fue un gran día y que yo creo que conté para nuestra revista.

Hablamos, y a vuela pluma, creo recordar que la Infanta Cristina, hermana del Príncipe Felipe entonces, me habló de que el amor rondaba su corazón, no sé si su cabeza. Lo que sí les puedo decir es que la acompañé en algún otro momento como a un viaje también intenso hasta Los Ángeles, donde la vi bailar sevillanas junto a su hermana en una tarde -noche en casa del cónsul español en la ciudad del cine, en Hollywood, y rodeada de grandes estrellas, por ejemplo, Sophia Loren y Anjelica Houston, que me gustó mucho, por cierto.

Y allí estábamos de nuevo, a pie de Infanta, a todo motor, los yacarés asomaban sus ojos saltones a nuestro paso, los tiburones rosas seguían nuestra estela, y las pirañas esperaban como siempre a que alguno perdiera el equilibrio y terminaran, entre sus terroríficas fauces, devorados en unos breves minutos, según la leyenda.

En las riberas, los habitantes, ya preparados para el turismo, los yanomami por ejemplo, que van peinados como los antiguos franciscanos, que por allí pasaron hace siglos, esto es con coronilla, agitando lanzas, cerbatanas, gritando como si fueran guacamayos, o monos saltones de rama en rama.

Hasta que llegamos donde estaba previsto que arribáramos en nuestra aventura. Íbamos a  lo Lope de Aguirre, camino de la emoción. Tambores de bambú y piel de jaguar, danzas alrededor del fuego y ese sol abrasador del amazonas, que mezclado con el viento, dora hasta de noche aunque durmamos con un ojo abierto y otro cerrado como los antiguos piratas en el vaivén de los chinchorros colgados de la popa, porque en la bodega era imposible dormir, entre las ratas y los caballos del descubrimiento.

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Fue una ceremonia fácil. Comimos, creo que armadillo frito, no me hagan ustedes mucho caso, y como un ratón riquísimo, asado a fuego lento, con sabor a cochinillo, que ya está en los tratados más modernos de las nuevas cocinas del Perú, una de las mejores del mundo. La cerveza estaba trabajada a mano por los nativos amazónicos, y allí mismo coronaron, sí, la coronaron, porque le colocaron con suavidad y cuidado una especie como de laurel romano, trenzado, que es posible que doña Cristina guarde entre sus emotivas pertenencias, aunque ahora viva, quizá merecidamente, en su lejanía de Ginebra, aunque la Reina Sofía, su madre, se encarga de hacer más corta la distancia siempre que le es posible, que una madre es una madre, como dice la copla flamenca.

Que madre no hay más que una.

Y a ti te encontré en la calle.

Vete si no te trae cuenta.

La cantaba Pepe Pinto en Villarosa, muchas noches de flamenco entre azulejos y manzanilla. ¡Soy tan viejo!

Allí fue doña Cristina, infanta de España, hija de rey, nieta de rey, por don Juan digo, al que quise tanto y con el que discutíamos nuestros tatuajes, los suyos mejores que el mío, porque se hizo leones y dragones en los dos brazos mientras era marino de la Real Inglesa por el Mundo.

Ceremonia inolvidable que fue recogida en ¡HOLA!, como siempre, con lo mejor de la cosecha fotográfica. ¡Hace ya casi veinticinco años! Los mosquitos picaban sin respeto, como debe ser, ardía el fuego de las raíces  de los arboles de la cerveza, y desde la orilla, a medio salir, observaban con sus ojos de flamenco, ojos gordos y no grandes, los cocodrilos, todo aquello que era superior a lo turístico de cada día. En el mercadillo de la plaza de las cabañas redondas, bajo las palmas, las nubes encima ya de nosotros, doña Cristina hizo juramento de lealtad, siempre en nombre de sus padres los Reyes de España, y volvimos rápido, a las lanchas, bajo los grandes plásticos para la vuelta a casa. A la Infanta le regalaron algo más que el título de Princesa del Amazonas. Escuché decir a un guardia que nos acompañaba:

– Ya sé por qué le llaman alteza… ¡es tan alta!

Lo era. Lo es. Lo sigue siendo. No merma la Infanta Cristina, no. Por encima de avatares y problemas, que los tiene. Y que en su día lo podremos comprobar sentada en el banquillo, si se sienta. Que la justicia haga lo que tenga que hacer, que el Rey, al que ya le blanquea la barba, cumpla con su ley, que es o debe ser la misma para todos. Pero que la infanta Cristina, que ha dicho hace poco “no puedo prescindir de ser  Infanta, porque soy hija de un Rey”, sepa, que este viejo cronista, que tantas veces le acompañó por el Mundo, no olvida ese título lejano y pintoresco que le fue concedido aquel día junto aquel poblado del Amazonas peruano.

Yo, señora, me traje un muñeco de trapo y coco que compré allí el día de la ceremonia amazónica mientras sonaban los tambores de la tribu. Dicen que es su amuleto de la suerte, así que casi todos los días la recuerdo, al paso, camino de donde se abre la flor metálica de la televisión. Que sepa, que al menos ese título le va quedando. Menos da la piedra implacable de la historia y la justicia.

  • Hola Sr Medina! Que maravilloso escrito, en el ha resumido el sentimiento de muchas personas que piensan igual que Usted acerca de la Infanta Cristina. Ella fue despojada de un titulo nobiliario pero el hecho de haber sido hija y nieta de reyes nadie lo puede anular de un plumazo. Un saludo saludo afectuoso para Ud y sepa que me encanta leer su blog y deleitarme con su infinito caudal de historias de la vida y de celebridades que ha conocido en su andar periodistico.

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